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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

25 de febrero de 2016

El exilio, el desarraigo

Dividida en dos

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Ilustración:  Virginia Rivera

Nacida en Madrid, hija de argentinos, exiliados, revolucionarios, sobrevivientes… Demasiado para asimilar, demasiado para procesar, más aún cuando la información completa es recibida en una época tan convulsionante como puede ser la adolescencia, un boom de emociones internas, contradicciones y explicaciones coherentes de hechos antes incomprensibles para mi…

Creo que actualmente, después de dos años y pico viviendo en la Argentina, puedo hacer una reflexión desde el lado de la pertenencia, eso que nunca supe ni lo que significaba… Hoy es un término que puedo más o menos entender y abrazar con entusiasmo. Fueron muchas las diferencias compartidas con mis iguales a lo largo de mi vida (entendiendo por iguales a mis compañeros de la escuela, universidad…) Quizás no eran tan “iguales” como yo pensaba. Ahora puedo entender por qué era diferente, siempre… Aquí en Buenos Aires puedo sentir también esa diferencia, pero hay algo dentro de mí, inexplicable quizás, que me proporciona cierta tranquilidad, cierta coherencia interior… Por primera vez en mi vida, pude sentir que pertenecía a algo, aun cuando todavía no puedo definir qué es ese “algo”, sé que al menos está dentro de mí, y me aplaca ciertas angustias.

Soy muy consciente de que la educación que me inculcaron mis padres es bien diferente a la que recibieron mis “iguales” en Madrid, no solo por argentinos sino también por revolucionarios. De mentalidad avanzada, me tenían prohibido todo contacto con la religión, en casa se tomaba mate, se hablaba de política y psicoanálisis, así como de literatura e ideologías… La música que se escuchaba iba desde el tango a Serrat, pasando por Pink Floyd o Dire Straits. Mis padres nunca se casaron porque no creen en el matrimonio. Tampoco vivieron nunca juntos. De pequeña, solía acompañar a mi padre a su carpintería. Yo me divertía mientras él trabajaba. Lo extraño era que además de con las maderas, trabajaba en la radio, de escritor, como periodista, de obrero y electricista, muchas profesiones que tuvo que aprender o inventarse, como bien dice en ocasiones, para ganarse la vida. Durante toda mi infancia, hacia el 21 de diciembre de cada año que se podía, armábamos las maletas para emprender viaje hacia la Argentina. Era todo un evento para mí, siempre impulsada por mi madre, que se empeñaba en intentar darme esa estructura familiar que no tenía en mi cotidianeidad. Aún recuerdo esa intensa emoción que me recorría el pecho cuando llegaba al aeropuerto de Barajas... Ni hablar en el avión, o en el arribo a Ezeiza, donde nos estaban esperando con mucha ilusión nuestros familiares. La primera vez que emprendí vuelo a estas tierras tenía 9 meses. Mi madre siempre me recuerda la cantidad de veces que yo enfermaba con fiebres altísimas dentro del avión y las miles de aventuras que vivíamos... salas de espera, eternas esperas... Pero todo siempre rodeado de esa intensa emoción. Realmente no creo que pudiera entender bien por qué debíamos irnos tan lejos para encontrarnos con esa familia anhelada, pero lo vivía como una necesidad imperiosa.

Llegué a Buenos Aires en julio del 2013 y todo ese imaginario infantil se había evaporado. Tan sólo quedaba mi tía, que fue quien me hospedó los primeros meses, ya muy mayor y jubilada. La realidad era otra y ahora era a mí a quien le tocaba armar una vida en esta tierra de la cual provengo también.

La argentinidad de mis padres, sin embargo, la viví con muchas contradicciones. Por momentos, era todo un orgullo; en otras ocasiones, deseaba que fueran españoles, para entrar dentro de lo que se entendía como "normal". Cuando me enteré de que mi padre era cordobés, incluso llegué a engañarme a mí misma y a mis compañeros del colegio, diciéndoles que por fin había descubierto de dónde era mi padre: "Es de Córdoba, Córdoba de España". En mi interior sabía que se trataba de otra Córdoba, mucho más lejana... pero el contexto que me rodeaba no era muy afín a las diferencias. Padres casados (la gran mayoría por la Iglesia), o divorciados, grandes familias, domingos familiares en casa de los abuelos... esas cosas. Con mi madre, no había solución, era de Buenos Aires y no había más que hablar.

Con el paso de los años, fui de nuevo abrazando la dualidad cultural que compartíamos. Empecé a entender que eso me podía enriquecer al fin y al cabo. Yo no tenía un pueblo familiar al que acudir, tenía otro país. Lejano, sí... pero infinitamente más provechoso. Siempre intenté mantener contacto con la gente que tenía acá, aunque todo debía ser por carta o rara vez vía telefónica. El carteo con mi tía o con mi abuela me ilusionaba muchísimo porque me hacía pensar que, al otro lado del charco, tenía a personas que me querían, casi simplemente por el mero hecho de existir. Eso me extrañaba mucho, pero me ponía muy contenta a la vez. Me generaba mucha curiosidad pensar que, a pesar de la distancia, hubiera gente que se preocupaba por mí, por mis cumpleaños o mis estudios. Incluso, de muy pequeña, mi abuela se encargaba de coserme vestiditos que después me enviaba con alguien para que yo pudiera también decir que tenía una abuela que me cosía la ropa.

Lamentablemente, con el paso de los años, muchas de esas personas queridas fueron muriendo, enfermando, o simplemente distanciándose. Es tan difícil la distancia... Llegué a Buenos Aires en julio del 2013, a priori sin un objetivo claro, y todo ese imaginario infantil se había evaporado. Tan sólo quedaba mi tía, que fue quien me hospedó los primeros meses, ya muy mayor y jubilada. La realidad era otra y ahora era a mí a quien le tocaba armar una vida en esta tierra de la cual provengo también.

Creo que pude empezar a entender lo que fue la generación de los 70' en el año 2010, cuando vine con mi padre al juicio contra Jorge Rafael Videla. Creo que, a priori, mis padres no entendieron bien por qué decidí ir yo también. En mi interior tenía claro que debía ir, fundamentalmente para hacer justicia. Mi padre iba como testigo y víctima ya que estuvo preso de 1976 a 1979. Vivimos unos días muy angustiantes, en protección de testigos y con muchas dificultades que no vienen al caso. Una semana, seis aviones. La realidad es que fue un impacto muy fuerte para mí toda esa experiencia porque, por primera vez, pude ponerle cara a toda esa historia que me habían contado y que formaba parte de mi imaginación. Pude mirar a la cara a Videla y a Luciano Benjamín Menéndez, así como a varios torturadores del D2 de Córdoba. Pasé miedo, pero también sentí alivio. Sólo en el momento en el que mi padre se levantó del asiento, el nudo que tenía en el pecho se desató y las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos. Fue entonces cuando empecé a entender qué fue la militancia. Miles de compañeros me abrazaron e intentaron contenerme. Yo sólo deseaba que la tierra me tragase. Necesitaba estar sola y procesar. Mientras, me preguntaba, ¿cómo se gestionará esto ahora? Tenía que volver a España, a mi trabajo, a mi otra realidad que nada tenía que ver con esta. Un país que desconoce lo que es la memoria, sólo inmerso en el silencio y el olvido, después de 40 años. 

A partir de ahí, pude empezar a analizar toda nuestra historia desde otra perspectiva. Entender a mis padres mejor y a mí misma también. Soy hija de dos luchadores, que pelearon por unos ideales hasta poner en riesgo sus vidas. Por suerte, no eran los únicos, ahora lo sé. No eran unos locos de la vida, eran militantes que defendían la idea de que un mundo mejor era posible. 

Exilio implica muchas cosas. Implica desarraigo, implica soledad, implica lucha constante, implica ser diferente, adaptarse al otro, vivir con constantes procesos de incomprensión, reflexión, enriquecimiento... Muchas cosas. Ahora puedo entender cuando mi madre me explicaba lo que había supuesto para ella tomarse un barco, sola, con la ropa puesta y una maletita con sus libros.

El exilio de mis padres siempre estará presente. Exilio implica muchas cosas. Implica desarraigo, implica soledad, implica lucha constante, implica ser diferente, adaptarse al otro, vivir con constantes procesos de incomprensión, reflexión, enriquecimiento... Muchas cosas. Ahora puedo entender cuando mi madre me explicaba lo que había supuesto para ella tomarse un barco, sola, con la ropa puesta y una maletita con sus libros. No poder volver a su tierra en 8 años, tener que robar en el supermercado para poder comer, tener que armarse una nueva vida con 32 años en una tierra tan extraña en aquella época, cuando recién acaba de morir Franco y de instaurarse la democracia. Entiendo por qué decía que, siendo profesional, le costó tanto implicarse en esa disciplina que, prácticamente ni existía en España. Por qué tuvo que trabajar siempre tantas horas, llegar a casa cansada, agotada, estresada, y lidiar conmigo. Entiendo por qué hoy, con 70 años, debe seguir haciéndolo, porque el exilio y su condición de psicoanalista autónoma le impiden tener una jubilación digna. Entiendo su incansable lucha.

En definitiva, creo que aún hoy soy incapaz de explicarme o ponerle palabras a eso de la identidad. Creo que, por ahora, tendré que seguir viviendo con esa dualidad que me caracteriza. A veces, la abrazo con entusiasmo. Otras, me penetra una soledad incomprensible que escapa a toda explicación razonable. Hoy estoy yo acá y ellos allá, el mundo al revés. Hoy soy yo la que se tiene que adaptar y son ellos los que me explican a veces ciertos códigos que se me complican. Sin embargo, pasaron 40 años y después de este tiempo vivido acá, en ocasiones también me siento más adaptada que ellos y a ellos los veo más españoles que nunca. Es muy extraño lo que digo, pero es así. ¿Será que el tiempo nos hace de los lugares en los que vivimos? ¿Será que eso de la pertenencia no tenía tanto que ver con el lugar de nacimiento como se suele pensar? ¿Será que somos de los dos lugares? ¿Cómo se gestiona esa dualidad, si fuera real?

* Melisa Flores es hija de sobrevivientes y exiliados en España

 

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