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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

24 de marzo de 2016

La memoria institucional del Ejército Argentino

De vencedores a víctimas

La imagen que el ejército construyó para sí y presentó a la sociedad respondió tanto a la obligación de tomar posición frente a los debates sobre el pasado reciente como a la necesidad de construir una memoria edificante para las nuevas generaciones de oficiales. Cómo se construyó esta narrativa. El rol de Balza y su mensaje al país. Un texto de la investigadora del Conicet que echa luz sobre uno de los aspectos menos difundidos en torno al momento más oscuro de la historia argentina. 

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Militares argentinos, 1980. De la serie "Violencias". http://www.eduardolongoni.com.ar/

A pesar del silencio y el ocultamiento que rodean a la desaparición de personas en Argentina, el Ejército tuvo un papel activo en la construcción de sus memorias sobre la llamada “lucha contra la subversión”. La imagen que el ejército construyó para sí y presentó a la sociedad respondió tanto a la obligación de tomar posición frente a los debates sobre el pasado reciente como a la necesidad de construir una memoria edificante para las nuevas generaciones de oficiales. En los últimos 35 años, en la memoria del ejército conviven tanto continuidades como transformaciones que son fruto de las negociaciones y confrontaciones que la institución ha mantenido, para dentro, con el relato sobre la “lucha contra la subversión”; para fuera, con el discurso de los organismos de Derechos Humanos y la memoria de los desaparecidos.

Luego de diciembre de 1983, las nuevas autoridades del Ejército se negaron a reposicionar su lugar en la vida democrática cuestionando los legados del pasado reciente, y en particular, el hecho de haber “vencido a la subversión”. Por el contrario, lejos de tomar distancia del pasado, ese presente del Ejército se derivó de él. Al punto que la figura de los combatientes de la “guerra antisubversiva” constituían el actor propis para la afirmación de la vocación y la agencia de soldado. En esos años, el pasado reciente constuía una fuente de sucesos ejemplares dignos de transmitirse e imitarse entre generaciones de militares. Las primeras consideraciones públicas sobre la represión se caracterizaron por su tono denegatorio y triunfalista. Esto es, se negaba el carácter clandestino y sistemático de la desaparición de personas y la existencia misma de los desaparecidos y se reafirmaba una interpretación en clave de guerra y bajo las prerrogativas de los vencedores.

El Mensaje al País, pronunciado por el jefe del Ejército, general Martín Balza (1991-1999), el 25 de abril de 1995 introducía un cambio en este continuo narrativo. Balza admitía ante las cámaras de televisión la tortura y el asesinato cometido por hombres de la fuerza sin dar mayores precisiones respecto de las responsabilidades de la institución. Con este giro, Balza buscaba mejorar la imagen del ejército con relación al frente externo y el interno. Hacia la sociedad civil, “busca[ba] iniciar un diálogo doloroso sobre el pasado” y el uso de los recursos escénicos de la televisión aportó un tono emotivo e intimista a su pronunciamiento. Hacia el interior de la fuerza, intentó restituir el “pacto de silencio” alterado por las declaraciones del suboficial del Ejército Víctor Ibáñez y del marino Adolfo Scilingo sobre los “vuelos de la muerte”, así como separar la responsabilidad de los ex comandantes y generales de cuerpo – en su mayoría ya en situación de retiro- del resto de los cuadros en actividad.

Balza buscó también fortalecer la imagen de un ejército que se reconocía subordinado a la Constitución Nacional y a los poderes civiles y alejarlo del legado del “Proceso de Reorganización Nacional”, esto es, marcar una separación entre los oficiales democráticos de ese presente y los comandantes golpistas del ayer.

El discurso de Balza no sólo tomó distancia del relato denegatorio de la desaparición de personas y admitió la ilegitimidad de los actos perpetrados, sino que también se alejó de la interpretación castrense que concebía el tema de los derechos humanos como una campaña instrumentada por los subversivos derrotados y montada desde la prensa para desacreditar a la institución. Además, focalizó en la conducción del operativo represivo la responsabilidad por la violencia cometida e impugnó el argumento de los excesos cometidos por los subordinados. Balza buscó también fortalecer la imagen de un ejército que se reconocía subordinado a la Constitución Nacional y a los poderes civiles y alejarlo del legado del “Proceso de Reorganización Nacional”, esto es, marcar una separación entre los oficiales democráticos de ese presente y los comandantes golpistas del ayer.

A pesar del “balance positivo” que diferentes sectores hicieron del discurso de Balza, este en verdad mantuvo cierta continuidad con la narrativa de la “lucha contra la subversión”. Por una parte, la violencia represiva era concebida como una respuesta a la violencia “iniciada por el terrorismo demencial”. Y si bien no utilizaba el término guerra, la figura “lucha entre argentinos” le permitió no sólo distanciarse del concepto de terrorismo de Estado sino también equiparar a los muertos de “unos y otros” con el propósito de instalar el reconocimiento para los oficiales muertos por las organizaciones armadas. Por otra parte, el jefe del ejército negó la existencia de listas de desaparecidos en la fuerza que comandaba y no se pronunció explícitamente sobre el carácter sistemático del plan de desaparición de personas, a la vez que retomó una demanda central de la comunidad militar: la reconciliación.

De vencedores a víctimas- Revista Haroldo
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Formación militar durante la Dictadura, 1981. De la serie "Violencias". http://www.eduardolongoni.com.ar/

Hacia finales de la década del 90’, fue el general Ricardo Brinzoni (1999-2003) quién hizo pública la consigna “Memoria Completa” que permitió institucionalizar el recuerdo de la “lucha contra la subversión” a partir de la evocación de los oficiales muertos. Durante los años de Brinzoni, se realizaron actos de homenaje a los camaradas caídos en diversos intentos de copamiento a guarniciones militares como el Regimiento de Azul, el Regimiento de Monte de Formosa y el Batallón 601 Viejobueno, y también se descubrieron placas en los aniversarios de las muertes del coronel Larrabure, el coronel Gay, el teniente coronel Ibarzábal, el mayor Leonetti, entre otros.

La consigna “Memoria Completa” reforzaba la imagen de una institución victimizada y damnificada por la violencia del pasado y relativizaba y obliteraba lo actuado por los cuadros del ejército durante el terrorismo de Estado. De  este modo, el ejército se presentaba como una víctima más de la violencia de los 70’. Aunque para ello, fue necesario desterrar de los recuerdos de la institución y de sus prácticas conmemorativas tanto a los hechos como a los oficiales que propiciaron el golpe de estado y, de este modo, continuar evocando la “lucha contra la subversión” a partir de la figura de los oficiales caídos en manos de las organizaciones armadas. En otras palabras, la consigna “Memoria Completa” produjo un cambio en el discurso institucional del ejército, reemplazando el relato triunfalista y glorificante que de la “la victoria en la guerra antisubversiva” por un relato dramático del sufrimiento y dolor de los oficiales y sus familias como víctimas de una “guerra fraticida”.

El primer volumen del libro In Memoriam (2008) dirigido por el general Ramón Diaz Bessone marcó en este sentido un punto de inflexión. Se trató de un libro homenaje a los “muertos por la subversión” que sentó las bases para la consigna de “Memoria Completa”. En sus páginas, no sólo se construyó una lista de oficiales muertos y se describieron los padecimientos y martirios que les acaecieron, sino que también se destacaron los secuestros, ataques a regimientos y asesinatos cometidos por las organizaciones armadas. Asimismo, en la reivindicación de las víctimas militares que se proponía realizar la “Memoria Completa”, la trayectoria del general Pedro Eugenio Aramburu resultaba demasiado contradictoria, fuertemente connotada por las disputas entre peronistas y antiperonista y muy ligada a la imagen golpista y antidemocrática del ejército para continuar siendo la primera y más destaca víctima de la “guerra revolucionaria”. Aramburu representaba una figura problemática para la construcción de la imagen respetable y virtuosa de los oficiales del ejército que “murieron por la patria en la lucha contra la subversión”. En su lugar, fueron destacadas las figuras del mayor Larrabure y del teniente coronel Ibarzábal, quienes luego de los ataques a la fábrica militar de Villa Maria y al regimiento de Azul y, tras pasar meses secuestrados fueran asesinados. Estos oficiales, que se recuerdan como mártires que “cayeron en defensa de la patria”, han reemplazo también como militares memorables a los “generales del Proceso” como Videla, Viola, Galtieri o Menéndez, quienes resultaban un obstáculo simbólico para la construcción del ejército como víctima de la violencia “terrorista subversiva”.

En el pasaje de vencedores a víctimas, la consigna “Memoria Completa” ayudó a instalar una narrativa de la víctimización que permitió a la fuerza resaltar determinados hechos, personas y períodos del pasado reciente y ocultar, minimizar y disimular otros.

La política de “Memoria Completa” no negaba la existencia de desaparecidos ni lo actuado por los cuadros del ejército durante la represión ilegal, sino que permitía relativizar ambas cuestiones, reflejando y contraponiendo los oficiales “muertos por la subversión” a los desaparecidos y las “acciones terroristas” a los “excesos cometidos por la dictadura”. De modo tal que la equiparación no sólo se producía en el plano de las violencias sino, y  sobre todo, en el de las víctimas.

En el pasaje de vencedores a víctimas, la consigna “Memoria Completa” ayudó a instalar una narrativa de la víctimización que permitió a la fuerza resaltar determinados hechos, personas y períodos del pasado reciente y ocultar, minimizar y disimular otros. Con este nuevo discurso, el ejército buscó no sólo salir del ámbito cerrado de la memoria corporativa para entrar en el escena pública con un discurso verosímil y disputar los sentidos sobre el pasado que se cristalizaron en torno a la memoria de los desaparecidos, sino también renovar su deteriorada imagen con nuevas justificaciones y argumentos sobre lo actuado con el propósito de apuntar al fortalecimiento de una memoria interna de la institución.

En junio de 2005, cuando la Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, abrió el camino para los procesos judiciales contra militares sospechados de la comisión de delitos de lesa humanidad. El posicionamiento del jefe del ejército, general Roberto Bendini (2003-2008), frente a la suerte que pudiesen correr cientos de oficiales retirados, quedaba de manifiesto cuando afirmaba, un día después del fallo de la Corte, “que todas las secuelas de la década del 70 deben tramitarse a través de la Justicia”. El general Bendini, al igual que su antecesor, aspiraba a “cerrar las heridas del pasado” y a la “reconciliación entre los argentinos”. Sin embargo, a diferencia de aquel, éste consideraba que el único camino posible para que ello sucediera era la Justicia.

Si bien el recuerdo de los camaradas muertos continuó siendo el relato central a través del cual el ejército rememoró la década del 70’, sin embargo, a partir de la conducción del general Bendini se produjo no sólo una pérdida de centralidad de estas conmemoraciones sino también un cambio en el modo de narrar y dar sentido a ese relato hegemónico. Estos actos fueron perdiendo progresivamente la centralidad que habían adquirido durante la conducción del general Brinzoni. A los aniversarios de los ataques a regimientos y cuarteles no sólo dejaron de concurrir autoridades del Ejército sino que en los mensajes –enviados por las autoridades para ser leídos en los actos- se produjo una pérdida progresiva de la especificidad de los hechos políticos y militares. Esta pérdida de especificidad quedó plasmada en las placas, mármoles e inscripciones que exhiben la memoria institucional del ejército: por ejemplo, en un mármol del hall de entrada del Edificio Libertador donde se leía “Murieron en la lucha contra la subversión”, ahora se lee “Murieron para que la patria viva”.

En suma, se produjo un cambio en el modo de enmarcar narrativamente y políticamente el pasado de la institución. La memoria institucional del ejército continuó recordando a las víctimas militares pero fue diluyendo la identificación de la “subversión” como principal responsable de la violencia en la figura mas inespecífica de los “enfrentamientos internos”. De igual modo, en los discursos alusivos en los aniversarios, el jefe de ejército hablaba de “lucha por la libertad”, “víctimas de violencia”, de “mártires de la democracia” o de “pasado triste” para referirse a hombres y acontecimientos que fueron objeto de definiciones mas marcadamente políticas por conducciones anteriores. A cambio de este retraimiento de la memoria del pasado reciente, el ejército comenzó a revalorizar figuras y acontecimientos de su historia que le devolvían a la institución un rol estratégico en el desarrollo nacional. Las figuras de los generales Savio y Mosconi, incluso el general Perón, comenzaron a ser revalorizadas para destacar el rol de ejército en el desarrollo científico, tecnológico y productivo de la nación. Esta estrategia de desvincular al ejército actual del ejército del pasado fue percibida como una posibilidad de recuperar los lazos con la sociedad civil y el prestigio institucional perdido. Si bien el recuerdo de los camaradas muertos permaneció como el relato central para rememorar el pasado reciente de la institución, la conducción del general Bendini buscó reemplazar la memoria del pasado reciente por un pretérito anterior y, con ello, reconstruir un lazo con la historia de la nación resignando el recuerdo institucional de la “lucha contra la subversión”.   

*Doctora en Ciencias Sociales. Investigadora CIS-CONICET/IDES/UNTREF/UBA.

 

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