Saltar a contenido principal

Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

22 de agosto de 2016

Homenaje a Rogelio García Lupo

Periodista de una estirpe en extinción

“Es un inquieto crónico. Y a la vez dueño de una impensable paciencia. Todas las mañanas, cuando se levanta, lee los diarios, especialmente la sección de avisos fúnebres [...] Para algunos es una suerte de peligro público que hoy está en la calle Florida y mañana aparece en la avenida Mariscal Santa Cruz, en Bolivia, o en la 18 de Julio de Montevideo. Suele ser, ciertamente, un peligro que camina”, lo definió la revista Primera Plana. El recuerdo sobre el último de su clase. 

Información de imagen

Eduardo Galeano relata una anécdota en su libro Bocas del tiempo, publicado en 2004: “Aquel mediodía, todos los habitantes de Buenos Aires andaban por Florida”, como “un gentío de urbanoides que caminaban muy apurados”, cuando Rogelio García Lupo vio a un señor que venía de frente e intentaba con dificultad acercarse a él. Cuando estuvieron frente a frente en medio de la multitud apretujada -cuenta Galeano- el hombre “abrió los brazos y Rogelio fue abrazado y abrazó”. La cara del señor le resultaba nebulosamente familiar y, al terminar las efusividades, el periodista preguntó muy educadamente: “¿Quiénes somos?”.

Aparentemente despistado, García Lupo nunca manejó un automóvil, un teléfono celular, ni una computadora. Pero tenía una memoria asombrosa y a partir de 1945 fue testigo, protagonista y narrador de más de 70 años de historia argentina, que describió con tenacidad de sabueso desde sus aspectos más ocultos en gran cantidad de artículos en diarios, revistas, agencias de noticias y libros.

Hijo único de padre español y madre italiana, y conocido por el apodo de “Pajarito”, García Lupo fue parte de un quinteto de periodistas integrado por sus amigos Jorge Ricardo Masetti (1929-1964), Rodolfo Walsh (1927-1977), Gregorio Selser (1922-1991) y Horacio Verbitsky, el más joven de todos y el único que vive. En distintos momentos, Rogelio compartió con ellos salas de redacción, investigaciones, censura y persecución.

Nunca dio clases, aunque pudo haberlo hecho porque tenía una constante actitud pedagógica. Sus colegas más jóvenes y los no tan jóvenes lo consultaban permanentemente, y a todos les respondía con generosidad y lujo de detalles. Sus explicaciones, con abundantes anécdotas, equivalían a una cátedra de historia, pero estaba convencido de que “el oficio se aprende en la práctica y no en las escuelas”.

Uno de sus mejores amigos había perdido un perro y Rogelio comenzó a revisar todos los días la sección de anuncios, donde aparecían las mascotas perdidas. En esa tarea , le llamó la atención la repetición de apellidos chinos. Hizo otro descubrimiento: los chinos se enviaban mensajes en clave y denunciaban la falsa pérdida del documento, en un negocio ilegal de tráfico de pasaportes.

El historiador Osvaldo Bayer, cuya primera vocación fue la filosofía, alguna vez dijo que se había dedicado al periodismo “por culpa de García Lupo”. Fue al inicio de los años ‘50, poco después de la Segunda Guerra Mundial: Bayer vivía en Hamburgo, inmerso en el mundo académico, y Rogelio le pidió que enviara notas sobre la Alemania de posguerra para la revista Continente. A su regreso a la Argentina en 1956, el historiador se dejó convencer por su amigo de entrar al diario Noticias Gráficas. Y dos años después ingresó a Clarín, donde fue secretario de redacción hasta 1973. De ahí en adelante, Bayer se dedicó al periodismo hasta el día de hoy.

“Pajarito” era minucioso hasta el límite de la manía con fechas, nombres, fuentes y documentos. Durante décadas recopiló un archivo que rebosaba de papeles clasificados por temas, almacenados en cajas que se apilaban desde el suelo hasta el techo. Ese acervo, que contenía las colecciones completas de más de cien publicaciones en español (la revista Sur, el periódico de la CGT de los Argentinos, Confirmado, Primera Plana, Cuestionario, Crisis, El descamisado y El Periodista de Buenos Aires, junto con Marcha y Brecha, de Uruguay, entre muchas otras) fue adquirido por la Biblioteca Nacional en 2010.

En su obsesiva búsqueda de datos, desde la década del ‘60 consultaba el tedioso Boletín Oficial para conocer la creación de nuevos bancos, directorios de empresas y sociedades financieras. En una oportunidad, algunos años después, sintió curiosidad porque muchos chilenos creaban sociedades anónimas en Argentina. Indagó, descubrió que de pronto existían 80 sociedades declaradas y su olfato le indicó que se trataba de fuga de capitales desde Chile. Lo publicó y, según sus propias palabras, “se armó un escándalo de primera”.

También leía sistemáticamente las notas necrológicas de los diarios. Ahí descubría que, además de los parientes de los finados, aparecían vínculos comerciales y entrecruzamientos de empresas.

Y después pasó a la lectura de avisos clasificados. Todo comenzó por motivos ajenos al periodismo: uno de sus mejores amigos había perdido un perro y Rogelio comenzó a revisar todos los días la sección de anuncios, donde aparecían las mascotas perdidas. En esa tarea solidaria, le llamó la atención la repetición de apellidos chinos. Inició una investigación, hizo otro descubrimiento y generó un nuevo escándalo: los chinos se enviaban mensajes en clave a través de las páginas de avisos clasificados y denunciaban la falsa pérdida del documento, en un negocio ilegal de tráfico de pasaportes.

Ya en mayo de 1972 un artículo de la revista Primera Plana lo definía con estas palabras: “Es un inquieto crónico. Y a la vez dueño de una impensable paciencia. Todas las mañanas, cuando se levanta, lee los diarios, especialmente la sección de avisos fúnebres [...] Para algunos es una suerte de peligro público que hoy está en la calle Florida y mañana aparece en la avenida Mariscal Santa Cruz, en Bolivia, o en la 18 de Julio de Montevideo. Suele ser, ciertamente, un peligro que camina”.

Con toda esa inquietud, paciencia y métodos artesanales -que contrastan con las herramientas digitales de hoy- su prolífica labor informativa también se diferencia notablemente de la tendenciosa faena de los actuales opinólogos de la prensa gráfica, radial y televisiva. Rogelio García Lupo pertenece a una estirpe de periodistas en extinción, formados en una Argentina que ya no existe, donde aquellos hombres de prensa fueron suplantados por propagandistas al servicio de los intereses que él siempre denunció.

 

Compartir