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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

24 de noviembre de 2016

XXV Marcha del Orgullo LGTBIQ

La conquista del orgullo

Referente del colectivo LGTBIQ, César Cigliutti es activista de la Comunidad Homosexual Argentina, desde que se fundó en 1984. Fue parte de aquella movilización histórica de 1992, cuando lesbianas y gays se animaron a salir a la calle a hacer visibles sus derechos. Hoy, 25 años después, sigue reclamando la ley antidiscriminatoria, porque podría empezar a poner fin a la homo-lesbo-transfobia que mata. Con todo, y pese a las sombras, cree que "lo más importante es haber conquistado el orgullo”.

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Foto: Archivo Hasenberg.Quaretti

No se acuerda bien quién fue el que propuso hacer una marcha. De lo que sí se acuerda fue del intercambio de ideas: Carlos Jáuregui proponía la palabra “dignidad”; en cambio él insistía con la palabra “orgullo”. Pero sonaba fuerte. Eran los comienzos de los 90 y Argentina aún estaba lejos del reconocimiento de derechos.

La cosa se fue armando, un poco al calor de la histórica revuelta de Stonewall en 1969 en Nueva York, donde el colectivo LGTBI se puso de pie contra la represión policial y las leyes discriminatorias.

“Libertad, Igualdad, Diversidad", decía aquella convocatoria del 3 de julio de 1992 que movilizó a unas 300 personas desde la Catedral al Congreso de la Nación. Todos sabían que estaban haciendo historia, pero tenían miedo. Usaron máscaras: había que protegerse para no perder el trabajo. Una protesta de docentes en la Plaza de Mayo les dio más visibilidad.

“Creímos que no iban a ser más de 30. Fue una sorpresa al llegar a la Plaza de Mayo y ver a toda esa gente. Encima estaban los maestros, así que cuando aparecimos, los fotógrafos vinieron hacia nosotros. Fue tremenda la difusión. No la esperábamos, aunque sabíamos que estábamos haciendo algo que era muy fuerte, simbólicamente muy fuerte”, recuerda ahora César Cigliutti, presidente desde hace diez años de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), la primera organización LGTBIQ que consiguió personería jurídica en el país.

“El año próximo vamos a ser cien, después mil y después cien mil", había dicho Jáuregui con un megáfono en aquella primera marcha, que ahora cumple 25 años. Fue profético.


La lectura salvadora

Fue la lectura de La muerte de Ivan Ilich de Leon Tolstoi el salto que necesitó César Cigliutti para acercarse a la CHA. “No quiero esa vida vacía”, se dijo.

Se ríe ahora cuando recuerda que fue con su hermana mayor a ver una película de Doris Day y un galán que se le olvida. “Cuando salí le dije que el actor era lindo y ella, por supuesto, me respondió que quien tenía que gustarme era la actriz”. Después vinieron otras sensaciones hasta que se enamoró de un compañero de la escuela.

“Ese día me dije: sos un insulto”.

Enseguida piensa que a un pibe de hoy las cosas le resultan más fáciles: “porque más allá de cómo fue criado vive en una país con matrimonio igualitario, vio activistas en la televisión, está la marcha del orgullo, cada vez más multitudinaria. Nosotros no teníamos ninguna referencia, salvo Carlos Jáuregui. Era el único. Teníamos que ir a buscar a Miguel Angel, a Oscar Wilde, a Safo... ésas eran las personas con las que nos identificábamos”.

Y, entonces, fue a la CHA. Se había fundado hacía unos pocos meses en una asamblea en abril de 1984 en la discoteca Contramano y su principal objetivo fue luchar contra la represión y los edictos policiales heredados de la dictadura. “Me entrevistó Carlos Jáuregui –en ese momento era su presidente y el corazón de esa organización- y fue una sintonía absoluta. Me incorporé de inmediato a los grupos de trabajo y me enamoré del activismo”, cuenta.

En esa época estaba cursando Letras y militaba. Llegaba muy tarde a la noche por lo cual inventó una excusa para su familia bien italiana: “Estoy en una organización de Derechos Humanos”. En esos primeros tiempos se escondía detrás de un “yo no me voy a casar nunca”, una manera sutil de empezar a decir lo que finalmente dijo a su madre. “Ella pasó por todo el proceso: en qué me equivoqué; está bien pero vas a ser infeliz; estoy triste por vos; la sociedad no está preparada. Un día conoció a una pareja mía… y ahora está orgullosa”, resume el dirigente quien junto con su compañero Marcelo Suntheim fueron los primeros en casarse en 2003 en la Ciudad de Buenos Aires bajo la Ley de Unión Civil, el antecedente del matrimonio igualitario. 


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César Cigliutti, por Paula Lobariñas

“Yo también pasé por un largo proceso en estos treintipico de años. Cuando se murió Carlos, creo que como un acto de amor por él, decidí hacerme público. En ese momento estábamos en la Asociación de Gays por los Derechos Civiles –habíamos dejado la CHA por problemas internos- y estábamos trabajando con la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires para que reconociera la orientación sexual de las personas. Yo había hecho unos volantes con la cara de Carlos que decía Presente. Fuimos a una reunión con los legisladores y el diario La Nación me sacó una foto mostrando el cartel. En ese momento trabajaba en la Superintendencia de las AFJP. Cuando llegué a la oficina una compañera me alertó de que mi foto estaba fotocopiada en todos los escritorios".
Ese episodio violento no fue ni será el único en su historia. “Pero era la primera vez que me pasaba. Estaba en el diario y eso era fuerte para mí y para mi familia, porque no era que la gente andaba diciendo che, qué bueno lo que hace César. Es impresionante el camino que recorrimos porque ahora nos empujamos por estar en la foto”.

Luces y sombras

“Lo que nos falta es la ley antidiscriminatoria”, dice Cigliutti, para quien este escalón podría ser el inicio para poner fin a la homo-lesbo-transfobia que mata. Porque, aunque en materia de conquistas, el colectivo LGTBIQ argentino tiene una larga lista para mostrarle al mundo, también tiene una larga lista de crímenes de odio.
Según el informe que elabora la CHA, y que este año fue dedicado a LA activista y líder trans Amancay Diana Sacayán asesinada en su casa, se produjeron 13 crímenes: 6 personas travestis y trans y 7 homosexuales. Además dos personas decidieron poner fin a su vida a causa del acoso.

“En comparación al informe anterior, hay un aumento del 85 por ciento en el número de asesinatos. Pero no nos quedamos en el lugar de la víctima, por eso escribimos este informe, denunciamos los crímenes de odio y reclamamos la aprobación de la Ley Antidiscriminatoria. Ninguna discriminación es ingenua o inocente y la que se dirige a la orientación sexual e identidad de género va desde la burla hasta el asesinato”, denuncia.

"Que una madre nos llamara para contarnos de Luana, que eso estuviera sucediendo daba cuenta de una nueva época. Fue todo un aprendizaje para nosotros. Pero hay un marco que hace que no te equivoques: respetar su deseo de ser una niña y protegerla".

Por eso la pelea que dieron en 1996 para que la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires se pronunciara en contra de la discriminación sexual fue histórica. “Perseguíamos a los legisladores. Iban a mear y los seguíamos hasta el baño: Usted tiene que votar este artículo. ¿Perseguiste a tal?, me preguntaba Lohana Berkins”.  

Lo consiguieron: “Todas las personas tienen idéntica dignidad y son iguales ante la ley. Se reconoce y garantiza el derecho a ser diferente, no admiténdose discriminaciones que tiendan a la segregación por razones o con pretexto de raza, etnia, género, orientación sexual, edad, religión, ideología, opinión, nacionalidad, caracteres físicos, condición psicofísica, social, económica o cualquier circunstancia que implique distinción, exclusión, restricción o menoscabo”, dice el artículo 11.

Fue la primera vez que Argentina se pronunció a favor de la orientación sexual.

Luego vino la Unión civil en la Ciudad de Buenos Aires; la ley de Educación Sexual integral que incorporó manuales en los que se trata la diversidad y la homofobia; la pensión por fallecimiento; la ley de matrimonio igualitario, que ubica a Argentina entre la veintena de países del mundo que otorga este derecho; la ley de identidad de género; la inclusión de parejas del mismo sexo en la Ley de Reproducción Asistida y, acaso, el mojón más sensible: la identidad de género para una niña de 6 años.

“Que una madre nos llamara para contarnos de Luana, que eso estuviera sucediendo daba cuenta de una nueva época. Fue todo un aprendizaje para nosotros. Valeria Paván, la terapeuta de la CHA que llevó el caso, se preparó mucho, leyó todo lo que se había publicado a nivel internacional. Pero hay un marco que hace que no te equivoques: respetar el deseo de Luana, de ser una niña, y protegerla. Ahí no puede haber error. Me pasa que cada vez que estoy con Gabriela, la mamá, lloro. Me parece increíble lo que hizo, su acompañamiento en el deseo”, resume este hecho inédito en el país y en el mundo que permitió que la nena obtuviera a los 6 años su DNI con su verdadera identidad de género sin judicializar el trámite.

Con este escenario de luces y sombras, Cigliutti tira las cartas sobre la mesa, recorre de nuevo la lista de éxitos y dice contundente: “De todo esto, de todas estas conquistas, lejos, la más importante es haber conquistado el orgullo. Ahora, vamos a la marcha, bailamos y ponemos el cuerpo”.

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