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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

14 de abril de 2017

El exilio en primera persona

Desterrados

Exiliado político forzado y formal, el autor recuerda aquellos años en Suecia, piensa en los que no pudieron irse, en los desplazados por el hambre que ni siquiera tienen la esperanza de volver y en los miles de ahogados en el Mediterráneo: un mar que pretendió ser cuna de civilizaciones y hoy es tumba de esperanzas y de sus portadores. No es tiempo -piensa- para el estimulante uso de la palabra exilio como metáfora.

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Estocolmo,1981

Archivo personal del autor

Sería octubre, noviembre de 1980, tal vez febrero o marzo del 81. En la Konserthuset –literalmente, Casa de Conciertos- de Estocolmo se presentaba Atahualpa Yupanqui; el rasgueo de su guitarra encordada al revés, su exigencia de respeto –“a ver si la cortan con las maquinitas”, por los flashes que lo enceguecían-, y de entrada nomás la sentencia bajo las formas de una coplita pergeñada por Cortázar:

el árbol ya cortado

el río que discurre

y el hombre desterrado

caro lo están pagando.

Y sentir la mirada del hijo en la mirada acuosa de uno, y percibir que aquella es una mirada de azoro por las lágrimas –hasta en el exilio se sabe que los hombres no lloran- y de dolor porque la mano, de común protectora, que envuelve sus deditos, ahora los estruja sin explicaciones. Es que no hay, m’hijo, explicaciones. “El exilio, vamos, ya se sabe”, diría Semprún, y agregaría: “y si no se sabe, mejor”.

Dejemos para mejor ocasión el estimulante uso de la palabra exilio como metáfora –tan bello aquello del poeta como exiliado voluntario de su espacio y hasta de su tiempo-; también la idea de los exilios fronteras adentro, imagen de una realidad seguramente más sufrida y arriesgada que la de quienes pusimos mares de por medio. Mares, sí, porque el destierro durante la última dictadura tuvo esa diferencia cualitativa con los tantos otros exilios que esta patria nuestra supo engendrar incluso desde antes de que se llamara Argentina. Cuando a mediados del 76 mis circunstancias en el país se tornaron, digamos, insostenibles, tuve un encuentro con mi viejo quien seriamente me dijo: “vas a tener que cruzar el charco”, refiriéndose al río –ancho, pero río al fin- que nos separa de la República Oriental. Argumentó que su padre había tenido que hacerlo a principios de siglo y que antes, bastante antes, tres de mis bisabuelos habían nacido en el Uruguay; no sé si sería cierto: mi viejo, cuando una buena causa –o una buena broma- lo exigía, no era de atenerse demasiado a la verdad. Y si no era el río, tierra: tuvimos famosos exiliados en la Asunción, como Artigas; en el Perú, como Monteagudo; en el Brasil, como Hernández e incluso en tierras de tránsito difícil como Chile, donde se cobijaron Sarmiento y Alberdi. Es verdad que hubo ilustres desterrados mar de por medio: el Libertador en Francia, el Restaurador en Inglaterra, pero hasta 1976 –quien dice 1975, incluso 1974- no se había producido una diáspora tan amplia y tan lejana de compatriotas, cientos de miles desparramados por el mundo.

Cada quien habla del baile según le fue en él; la imagen del exilio en Suecia bien pudiera ser la de masticar un pan con una gruesa capa de caviar encima. Y sin embargo, sospecho que en cualquier latitud siempre se trataba del amargo pan del destierro: no en vano Lamadrid, exiliado al menos diez veces en su vida, allí donde le tocaba recalar se entregaba –para la subsistencia familiar- al amasado con leche de un pan dulzón, al que soñaba acompañar con una rodaja de queso de Tafí del Valle. Nimiedades, como la nostalgia de la yerba o el dulce ‘e leche. O no tanto: de antiguo saben los hombres del espanto del desarraigo, como que en algunas polis griegas se daba a elegir a los ciudadanos condenados entre la muerte y el destierro, considerando al destierro como otra forma –módica, en cuotas- de la muerte.

"Así convivimos hoy con el horror de los nuevos campos de concentración, de los miles de ahogados en el Mediterráneo: un mar que pretendió ser cuna de civilizaciones y hoy es tumba de esperanzas y de sus portadores".

Exiliado político forzado y formal –reconocido como tal por el país de acogida y por las Naciones Unidas-, conocí a muchos que habían abandonado sus patrias por motivos que consideraba subalternos: los había corrido el hambre, la falta de de un futuro en sus países devastados por el colonialismo, por la así llamada acción civilizatoria de Occidente. Cuando la vida hizo que se me aflojaran las entendederas y cediera mi sistema de prejuicios, comprendí que no era mucho lo que nos separaba: ellos también vivían el trauma del destierro porque su teórico poder volver a casa carecía de sentido, y su destierro era a veces más duro que el del exiliado político, porque si nosotros soñábamos con el fin de las dictaduras para regresar a nuestras patrias –por mucho que las sospecháramos arrasadas-, a ellos no les quedaba ni esa esperanza. Ellos tampoco se adaptaban: se resignaban, cosa posible entonces porque los centros del mundo, los ricos de la familia humana, vivían tiempos de estado de bienestar y sociedad de consumo. Mano de obra barata, pase.

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Lo que ha cambiado es que esos primos ricos son ahora mucho menos ricos; en la era del capitalismo salvaje unos pocos se quedan con todo o casi todo y ningún país precisa inmigrantes porque, como decía Mafalda, en todos lados se cocina con la misma receta y nadie se atreve a acogotar al cocinero. Así convivimos hoy con el horror de los nuevos campos de concentración, de los miles de ahogados en el Mediterráneo: un mar que pretendió ser cuna de civilizaciones y hoy es tumba de esperanzas y de sus portadores. En Underground, una película de Kusturica, un personaje quería volver a Yugoslavia; el problema era que el país había dejado de existir. ¿Acaso es posible volver hoy a Siria, a Costa de Marfil, a Etiopía, a Libia?

Y una última reflexión o aflicción a propósito del destierro, más reciente, más cercana. En este país nuestro, que durante más de una década se proclamó –hasta en el texto de su ley inmigratoria- como parte de una Patria Grande y consideró de hecho la condición de nuestroamericano como una ciudadanía común, hoy nos han brotado pretores –y pretoras- que han redescubierto la diferencia, el abismo que nos separa de bolivianos, paraguayos o peruanos. No vinieron aquí a construirse una vida como habíamos creído, no; los racistas y xenófobos de última generación les atribuyen la dedicación –así sea en grado de secreta tentativa- al delito que conmueve a la sana conciencia de los argentinos que pagan los impuestos, bien que blanqueo de por medio: ¡vienen a narcotraficar, vamos a expulsarlos! Y aunque no los expulsen –al menos no a todos: alguien tiene que levantar nuestras casas, alguien tiene que limpiarlas-, lo que ya han logrado es que esos hermanos se sientan extraños, ajenos. Sí alguna vez creyeron en lo de la casa común, ahora ya saben de que se trata, ya intuyen que son: desterrados. Y el destierro, vamos, ya se sabe.

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