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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

04 de mayo de 2017

"Me lo arrebataron de los brazos"

Juan Ángel Zoplas fue asesinado el 29 de agosto de 1991 por la Policía Federal. El crimen sigue impune, pero su madre pudo encontrar algo de paz en la escuela del barrio YPF, donde aprendió qué significa “violencia institucional”. “Los profes llenos de amor te dan fuerza ánimo valor. Me enseñaron mucho: que no somos objetos, somos personas con valor", escribió en su cuaderno. 

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Cuando terminó la clase, Angélica le dijo a la maestra que, en algún momento, quería hablar con ella a solas, sin la presencia de las demás chicas. Julieta le dijo que confiara, que iban a ver cómo la podían ayudar.

Ese día llegó, no mucho tiempo más tarde. Angélica y Julieta se sentaron a hablar. Y Angélica, finalmente, pudo contar aquello que había guardado durante tantos años.

***

Angélica es la mamá de Juan Ángel Zoplas, asesinado el 29 de agosto de 1991, por la División Belgrano de la Policía Federal.

Hace casi un año, el 23 de junio de 2016, día en que Juan Ángel hubiese cumplido 44 años, trabajadores del Espacio Memoria (ex ESMA) y los docentes y estudiantes del Programa de Alfabetización, Educación Básica y Trabajo (PAEByT) del Comedor Padre Mugica (Tapia) pegaron una gigantografía con su rostro en uno de los paredones del Barrio YPF, Villa 31 de Retiro. La casa de Angélica está ahí enfrente, cruzando la calle de tierra en diagonal.

Sus compañeros del PAEByT leyeron unas palabras: “Exigimos justicia. Queremos visibilizar estos hechos para que no queden impunes”. Luego cantaron el feliz cumpleaños mirando la gigantografía de Juan Ángel pegada en el paredón y, cuando la canción terminó, alguien gritó: “¡Justicia para Juan!”.

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Angélica del Valle nació hace 62 años en Formosa. Su padre era ferroviario. Cuando ella tenía dos años, la madre la abandonó. A los cinco, el padre entregó a Angélica a una señora. Y Angélica nunca más los volvió a ver: ni al papá, ni a la mamá.

La señora que la crió, Marta Palacio, tenía 82 años. Vivían en Tres Lagunas, una pequeña localidad ubicada 134 kilómetros al norte de la capital formoseña. “Era una persona vieja, analfabeta, pero yo me crié bien con ella: gracias a Dios, me trató como una hija”, cuenta.

Cuando Angélica cumplió 17, Marta le dijo que ya estaba grande y que no podían seguir estando juntas, que tenía que hacer algo con su vida. Pero ella no quería estudiar, no quería hacer nada. Marta la envió a Formosa, a trabajar de niñera con una de sus cuatro hijas. Pocos años después, Angélica comenzó a salir a bailar y un día se escapó con un novio: Ángel Zoplas. Tuvieron siete hijos. Él trabajaba en una tienda que se llamaba Iñiguez.

Luego del nacimiento de Noelia, la séptima hija, Ángel los abandonó y Angélica tuvo que decidir qué hacer, porque él había vendido la casa y lo poco que tenían. Una cuñada vivía en Buenos Aires y la hija cumplía quince años. Otro familiar iba a viajar para el festejo y le sugirió a Angélica que, si quería, los llevaba y les conseguía la plata para que se quedaran. Les prometió que en la Capital “iban a tener más vida”.

Angélica llegó a Buenos Aires en 1986, con los siete chicos, sin tener dónde alojarse. Se hicieron de una casita, de un ranchito, acá, en el mismo lugar donde ahora recuenta su vida y repasa una y otra vez el mantel con sus manos, intentando que no tenga ninguna arruga, como si así también repasara sus recuerdos, para que no queden pliegues ocultos.

Llovía, vivían en el barro, se mojaban las cosas donde dormían, era un desastre. Después de dos años, cuando sus hijos ya estaban más grandes y las dos nenas más chicas comenzaron a ir a un hogar escuela en San Telmo, Angélica volvió a trabajar: primero en empresas de limpieza, luego cuidando a una señora grande, luego cocinando y limpiando en una casa de familia.

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En el cuaderno Laprida de tapa verde que usa Angélica para sus clases en el PAEBYT se lee:

7/3/2016

Los profesores del PAEBYT son Juan y Julieta. Los días de estudio son los lunes, martes, jueves y viernes de 14.30 a 18.30.

Primera actividad: Responder ¿Qué espera de la escuela?

Para mí la escuela es educación, responsabilidad, aprender, respeto, ser buena persona.

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Angélica acaba de volver del médico, le hicieron unos estudios, le dijeron que está anémica. Ella guarda, ordena, tiende el mantel. Desde el fondo de la casa, se escucha el arrullo de un bebé. Tiene doce nietos y cuatro bisnietos. La que trata de dormir es Loana, la más chica de la lista, de un año.

Ya no trabaja, porque hace también seis meses le salió la jubilación. Tal vez por eso decidió sumarse al PAEBYT. Tal vez, no. Tal vez fue la insistencia de la profesora Julieta. Fue ella la que se acercó a su casa, la que habló con su hija. Entonces, Angélica se encontró ante un hecho consumado. Su hija le dijo: “Te inscribí en una escuela”.

Había hecho hasta cuarto grado, allá en Tres Lagunas. Y se resistía a volver a la escuela: tenía vergüenza. “¿Quién te mandó a hacer eso? Yo no voy a ir”, le respondió a la invitación/exigencia de la hija.

Una tarde no muy lejana, en marzo del año pasado, Angélica estaba recostada y su hija le avisó que la buscaba una señora. “¿Quién será?”, se preguntó. Era la profesora.

-Vengo a buscarte para ir a la escuela

-¿Qué? ¡No! ¡Váyase! Más tarde voy…

Pero Julieta sabía que no iba a ir. Entonces le respondió:

-No, no, yo la espero. Cámbiese y vamos.

Angélica fue a su pieza, se cambió y, luego de más de cincuenta años, volvió a ir a la escuela.

 

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El 14 de marzo de 2016, escribió en su cuaderno Laprida verde:

CARTEL

Sres. Vecinos:

Los invitamos a las clases para pasarla bien y aprender a conocernos, disfrutar.

Bienvenidos a PAEBYT donde los profesores son excelentes y agradables.

Lunes, Martes, Jueves y Viernes de 14.30 a 18.30

Invitamos a todos y todas las personas que quieran estudiar la primaria.

Para mayores de 14 a 100 años (o más).

En el comedor de Tapia. Barrio YPF. Frente a Correo Viejo. Calle 12. Manzana 27. Los esperamos. Serán bienvenidos.

 

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El PAEBYT le encantó. Angélica cree que los profesores Julieta (Saint Girons) y Juan (López) son personas que ayudan mucho a la gente. Que a ella la ayudaron muchísimo. Les cuenta sus problemas, y ellos la escuchan y les dan consejo. Angélica dice que hubiese querido ir antes a la escuela, pero no tenía tiempo. Ahora lo tiene. Y va a ir a la secundaria y va ir por todo. Se ríe. “Ahora ya puedo”, dice. Pero le costó, las primeras veces no fueron fáciles. Le costó integrarse con las otras estudiantes, porque pensaba que la miraban de reojo. Sentía que no iba a poder aprender nada, que era una persona muy analfabeta. Faltó dos días y pensó en no ir más, porque creía que los profesores se habían enojado con ella. Pero se dijo: no. Se levantó y fue y la recibieron tan bien, tan bien, que ahora no le gusta faltar. Quiere estar ahí con ellos, y que los profesores le hablen y le enseñen.

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31/3/2016

BIOGRAFÍA

Hola, yo soy Angélica. Nacida 10.4.1954.

Hace treinta años que llegué a Buenos Aires con mis hijos. Pasé muchas cosas lindas, también cosas feas, porque llegué con los chicos y no tenía donde vivir.

No tenía casa. No tenía trabajo. Luché mucho por maltrato. Después conseguí trabajo.

Luego llevaba dos nenas chicas. Me iba a las cuatro de la mañana. Corrí el peligro de robo, de que me arrebaten mis hijos. No tenía quién me defendiera porque los chicos eran todos chiquititos. Trabajé. Salí adelante porque pude hacer mi casa. Crié a mis hijos. Son siete chicos.”

 

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En una de las clases del PAEBYT, Julieta les habló de los casos de violencia institucional. Angélica le preguntó qué quería decir eso, a qué se refería con violencia institucional. Julieta le explicó de los casos de gatillo fácil, de los apremios ilegales de los policías, del maltrato en las cárceles. Fue en ese momento, cuando terminó la clase, que Angélica le dijo a Julieta que quería hablar con ella a solas, que necesitaba contarle algo que la agobiaba desde hacía mucho tiempo.

 

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JUEVES 21_4_2016

“El hombrecito verde y su pájaro”

Mi vida era como el pájaro verde. Era una mujer sin palabras, sin decisión. Otro decidía por mí hasta que me di cuenta que mi vida era un títere. Pero cuando me di tiempo, empecé a cambiar. De colores. Como el pájaro. 

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Juan Ángel, su hijo mayor, era un chico muy bueno, muy sano, comenta Angélica. Había nacido en Formosa y tenía catorce años cuando llegaron a Buenos Aires. Acá terminó la escuela primaria y después hizo varios cursos, se recibió de dactilógrafo. Pero no hizo el secundario. “Yo no sabía nada de eso. Yo trabajaba, para pagar la comida, los gastos del colegio, y no tenía tiempo para ellos. Llegaba a la casa y tenía que lavar la ropa, cocinar”, dice.

En la pieza del fondo de la casa, arriba del televisor, hay una fotografía de Juan Ángel. Está sobre un espejo, protegida por un folio transparente. Tiene puesta una corbata. Se lo ve feliz, brindando con una copa de sidra, hay una torta sobre la mesa.

El retrato -el mismo de la gigantografía pegada en el paredón de enfrente- es de cuando cumplió 18. Angélica le dijo que le iba a festejar el cumpleaños y le hizo una tortita y fueron algunos amigos y la familia. Nada más.

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Eran los años noventa, la tasa de desocupación juvenil llegaba al 13,4 por ciento, y Juan Ángel hacía changas, trabajos de albañilería, ayudaba a algún vecino a levantar la casa.

Uno de los agentes de la comisaría 46 de Retiro le había recomendado a Juan Ángel que se separara de los demás chicos del barrio porque iban a hacer una razzia muy grande. Le dijo que los otros se iban a salvar. Y que él iba a morir.

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Escribir unas palabras sobre violencia institucional:

La violencia me trajo la oscuridad y dolor. Para una madre no hay hijo malo ni feo. Yo traté de darle la mejor educación. Juan era un chico muy callado, muy bueno. Acá en el barrio todos lo querían porque él ayudaba a los chicos, a los ancianos. Hasta que llegaron los policías gatillo fácil y lo arrebataron de mis brazos.

 

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Ese 29 de agosto de 1991, a las cuatro de la mañana, Angélica se levantó para ir a trabajar y Juan Ángel no estaba en la cama. Y no venía, no venía. Lo que más la asustó fue el cañonazo que escuchó media hora más tarde. Fue un ruido que despertó a todo el barrio.

Ella salió a correr. Descalza. Su hijo no estaba en la cama. Ella corría y corría, por todo el barrio, preguntando. Nadie lo había visto. Hasta que a las seis de la mañana un vecino le dijo: “Te traigo malas noticias”. Y la llevó hasta el lugar y lo vio a Juan Ángel.

Lo único que Angélica sabe, dice, es que cuando se despertó estaba en el Hospital Fernández. Internada, con suero.

 

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El certificado de defunción está fechado el 30 de agosto de 1991. Describe a Juan Ángel Zoplas como soltero, masculino, argentino. De profesión: peón de albañil. Dice que vivía en el Barrio YPF, que era hijo de Ángel Zoplas y Angélica del Valle y que había nacido en Patria, provincia de Formosa, el 23 de junio de 1972.

Consigna que el hecho ocurrió el 29 de agosto de 1991, a las 5.00, en Playa Saldías, estación Retiro de FFCC Gral. Belgrano.

Registra una herida de bala cráneo y cerebro. También dice que “se obra en virtud de la autorización de la madre del fallecido, que se archiva”.

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Angélica salió del Hospital Fernández y fue a reconocer el cuerpo de Juan Ángel en la morgue. Hasta hoy tiene ese sonido de la máquina de la morgue en su cabeza, aún no puede escuchar ese chiquichiqui, no puede entrar a un lugar con el sonido de la morgue, con toda la maquinaria esa. No puede dormir con la luz apagada.

Sí pudo sobrellevar el asesinato de su hijo y salir de la tristeza, de la angustia.

Tenía todos los chicos chicos. Uno de ellos, de nueve años, decía que ya no quería vivir más. Angélica trabajaba en un departamento sobre la calle Lavalle, en el décimo piso. Limpiaba y limpiaba, planchaba y planchaba, cocinaba y cocinaba, hasta que se dijo a sí misma que no valía la pena seguir, que se iba a tirar a la calle.

El patrón la encontró en la ventana.

Una de las hijas de la familia para la que trabajaba era psicóloga y la llamaron urgente y la atendió y la llevaron al Fernández, otra vez al Fernández, y la medicaron los psiquiatras. Estuvo mucho tiempo tomando lexotanil y todas esas macanas.

-¿Qué vas a hacer ahora? ¿Te vas a querer morir? ¿O vas a pensar en los demás hijos? Tenés seis chicos más que están esperando que te recuperes para seguir luchando –le dijo el psiquiatra unas semanas más tarde.

-Yo quiero vivir con mis hijos –respondió Angélica.

 

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La policía la perseguía. Iban a caballo hasta su casa. Tenían un tejido de alambre, y ellos apoyaban ahí los caballos y le decían: “Si no levantás la denuncia que hiciste en Tribunales, vamos a prender fuego a vos y a tus hijos”. En otras ocasiones, le prometían cosas, que le iban a llevar verduras, que le iban a llevar frutas, para que no le faltara nada ni a ella ni a sus hijos, pero le pedían que frenara la denuncia. “Que vas a hacer sola, si no tenés quién te ayude, si no tenés quién mantenga a tus hijos si te pasa algo”, le repetían.

Ella había ido sola a Tribunales a hacer la denuncia, pero no podía estar todos los días ahí, porque era en horario de trabajo, y tenía que cuidar a los hijos, y se le hacía muy difícil poder hacer un seguimiento de la causa.

Las amenazas siguieron y siguieron hasta que incendiaron su casa. Fue en 1993. O en 1994. Angélica sí recuerda que tiró una frazada y logró salvar un poco su hogar, porque era todo de madera. Todos los papeles de la denuncia se quemaron, perdió muchas cosas. Pudo rescatar la foto de Juan Ángel y el certificado de defunción, ese que ahora guarda en una carpeta celeste.

La policía dejó de perseguirla, nadie más le dijo que la iban a matar. Nunca más la citaron del Juzgado. Y Angélica pensó: “Aquí me rendí, no puedo hacer nada”. Después de eso no pudo hablar con nadie sobre el asesinato. No quería tener más persecuciones, que le golpearan la puerta o que le pegaran a sus hijos o a sus nietos.

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28 de junio

El homenaje fue lo mejor que sentí acompañada por mis compañeras. Fortalecida, acompañada por todas. Vino mucha gente a pesar de que el día no estaba lindo. Pero yo me sentí muy bien. Los profes llenos de amor te dan fuerza ánimo valor. Me enseñaron mucho: que no somos objetos, somos personas con valor. Siempre yo me tiraba abajo. Pero ahora sé que valgo mucho. Gracias PAEByT. Gracias Juan y Juli.

 

***

Angélica dice que el homenaje que hicieron sus compañeros del PAEBYT y los trabajadores del Espacio Memoria le hizo bien. Que se siente en paz con ella. Y con él. Creía que le debía algo a Juan Ángel, sentía que no había cumplido como madre. Ese día, el del homenaje, por fin sintió que había hecho algo. Ahora se siente como entera y ya no con todo ese vacío, así, que le generaba la sensación de que le faltaba un pedacito. Pero no lo hizo sola, reconoce: hubo muchas personas que la ayudaron.

Después del homenaje, de ese 23 de junio de 2016, Angélica pudo dormir tranquila. Descansó tan bien que ni siquiera recuerda si soñó o no esa noche.

Cada año, cuando estaba por cumplirse el aniversario del asesinato de Juan Ángel, le agarraba una angustia enorme. Tenía fiebre. Pero el 29 de agosto de 2016: no. No se sintió abatida. Se angustió, sí, como cada vez que recuerda a su hijo. Pero, a las cuatro de la mañana, a esa hora en que lo mataron, se levantó y cruzó la calle y se tomó un café frente al retrato de su hijo. Como un homenaje.

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