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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

30 de octubre de 2017

Encontrar al Che

De él no debía quedar nada. Ni sus huesos. Y así fue durante casi 30 años. Hasta que en junio de 1997 un equipo de expertos cubanos encontró sus restos ocultos en Vallegrande, donde junto con el Equipo Argentino de Antropología Forense los buscaban desde 18 meses antes. Esta es una crónica que remite a aquel momento cuando en aquella fosa por un rato largo sólo hubo silencio y sonidos secos.

 

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Hace 50 años, el 8 de octubre de 1967, Ernesto Che Guevara fue herido y capturado en Bolivia por el Ejército de ese país y asesinado al mediodía siguiente en la escuelita de La Higuera. Esa misma tarde llevaron su cuerpo a Vallegrande y lo exhibieron en la lavandería del hospital local hasta la noche del 10 al 11 cuando lo hicieron desaparecer. Del Che no debía quedar nada. Ni sus huesos. Y así fue durante casi 30 años. Hasta que el 28 junio de 1997 un equipo de expertos cubanos encontró sus restos ocultos en Vallegrande, donde junto con el Equipo Argentino de Antropología Forense los buscaban desde 18 meses antes. Este texto transmite el relato de “Maco” Somigliana y Alejandro Inchaurregui al entrevistarlos en julio de 1997, tras su intervención en la exhumación e identificación de los restos del Che. 

...

Durante el día el sol pegaba fuerte en Vallegrande, nada que ver con las noches, tan frías, a 2.100 metros de altura. Cuando comenzaron a trabajar en la exhumación, se turnaban para dormir ahí mismo, en la fosa, sobre un escaloncito. No podían dejar el lugar. Como si algo incierto, fantasmagórico, amenazara esos huesos. Muy cerca estaban las dos carpas de milicos y allá más lejos, en el poblado, la gente en sus casas, con los altarcitos y las fotos , siempre prendiendo velas, primero para que no lo encontraran y luego, cuando lo hallaron, para que no se lo llevaran.

Los argentinos del Equipo -Patricia Berardi, Maco Somigliana y Alejandro Incháurregui- habían llegado durante ese fin de semana, cuando recibieron el aviso, apenas se descubrieron restos óseos bajo la vieja pista de aviación. Los cubanos estaban eufóricos, no paraban de contar lo ocurrido. La investigación que les llevó meses había señalado una franja de nueve mil metros cuadrados sobre la pista, detrás del cementerio, como el lugar posible. Allí delimitaron tres puntos a excavar. "Si lo enterraron aquí, él está en uno de los tres sitios, chico, y lo encontraremos”, decían. (Maco evoca ahora aquel empeño, cuánto le fascinó la voluntad de los cubanos, un tesón que desconocía el desaliento). Pero habían cavado en los tres lugares y nada, no aparecía nada, y el tiempo apremiaba, los plazos tocaban fin y, decían, llegaría Félix Rodríguez1, ese hijo de puta de la CIA a marcar un sitio, a hacer un circo. Era el viernes 27 de junio, y el geofísico cubano y otro científico se pasaron toda la noche estudiando qué hacer, hasta las cuatro de la mañana devanándose los sesos… Y entonces deciden volver a cavar en el primer sitio de los tres, aquél donde la dureza del suelo horadaba la esperanza. Y recomienzan por la mañana. Pasan una vez la máquina y nada, la tierra siempre igual y desafiante, y entonces hacen otro intento y esta vez sí, es que ahí están los huesos, los ven y no pueden creerlo, pero sí, qué duda cabe son ellos, son los siete de la lavandería y él, seguro, él tiene que estar ahí.

Encontrar al Che- Revista Haroldo
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Medios de prensa del todo el mundo dieron cobertura al hallazgo.

Gentileza: Consulado de Bolivia

La búsqueda

La historia venía desde antes. Por lo menos desde noviembre de 1995, cuando el ex general Vargas Salinas aseguró que el cadáver no había sido quemado como decían algunos sino que estaba enterrado bajo la pista vieja de aviación de Vallegrande. Se formó entonces la Comisión Ministerial y a instancias de Loyola Guzmán3 llamaron al Equipo. El primero en viajar a Bolivia fue Alejandro y, apenas llegado, se abocó a buscar información entre los pobladores. Hasta que en una hermética pieza de hotel logra encontrarse con aquel hombre de anteojos negros y gorra hasta las orejas, el maquinista. “Es que hace treinta años hice el pozo para ese enterramiento”, le dice éste y le cuenta que todo fue muy rápido, que sólo estaba quien lo convocara, el general Seldich, y que los cuerpos habían sido arrojados al pozo bajo la pista y cubiertos con tierra a las apuradas, porque empezó a llover. A Alejandro el tipo le pareció confiable y más aun al corroborar que en 1967 había sido destinado a Vallegrande como sargento del ejército y que era el único que allí sabía manejar la pala mecánica. Pero le creyó aun más cuando otro testigo le relató cómo treinta años atrás cuando era un pibe, escondido detrás del cementerio vio cómo llevaban los cuerpos en un remolque y los tiraban allí, a cuarenta metros del sitio señalado por el maquinista. “Primero tiraron tres y luego cuatro, el último el de Willy Cubas4" le dijo.

Ante tales atisbos de certezas, se decidió que viajaran otros miembros del Equipo. Cavaron en la pista, a pico y pala durante 22 días seis pozos de dos por dos y tres y medio de profundidad. No hubo resultados. Sí los hubo cuando cavaron a cinco kilómetros de allí, en Cañada de Arroyo, donde encontraron los restos de tres guerrilleros muertos en el combate de los Cajones el 12 de octubre del 67. "Esto, que fue en febrero del año pasado renovó el entusiasmo -relata Alejandro-. Entonces llegaron los cubanos y resolvimos trabajar en conjunto: ellos harían la investigación previa y la excavación, nosotros regresaríamos cuando aparecieran los restos... Ellos trajeron a una historiadora, María del Carmen Ariet, que se recorrió toda Bolivia viendo gente, juntando testimonios que consolidaron la hipótesis de la pista vieja, y con esta hipótesis en enero de este año se instalaron en Vallegrande bajo el mando de Jorge González Pérez, el director del Instituto Médico Legal de Cuba y comenzaron a relevar con georadar la franja sospechada. Siguieron hasta marzo, cuando debieron  interrumpir por dos meses. El 19 de junio retoman y cavan sin interrupción por diez días hasta el hallazgo del sábado 28. "

–¿Y entonces viajan nuevamente ustedes?

-Sí, tal como estaba convenido, nos llamaron para la exhumación y la identificación. Viajamos enseguida. El hallazgo había sido sólo a algo más de un metro de donde habíamos cavado la primera vez, un año y medio antes. 

Esa frente

Ya ese lunes los miembros del Equipo y dos cubanos comenzaron a exhumar los esqueletos, a levantarlos de la tierra, trabajando apurados, contrarreloj, con gente alrededor y cámaras en acecho. Y así siguieron. Eran las cinco de la tarde cuando Alejandro comenzó a despegar la campera verde con capucha, a despegarla de la tierra y de los huesos, de ese cuerpo recostado sobre la izquierda que era el de él, seguro, hasta que quedó el cráneo al descubierto y el antrópologo forense Héctor Soto, negro y cubano dice "no lo puedo tocar" y él murmura que "hay que seguir" y entonces Soto se levanta, da la vuelta, y le toca la frente, prominente, como corroborando que era él, y le hace una especie de reverencia, según relató luego Alejandro, que no sabe si fue ver tanta devoción o qué, pero entonces se dio cuenta que no veía nada porque lloraba a lo bestia, que era la primera vez en la vida que le ocurría y se quedó ahí casi inmóvil, tocando a ciegas esa cabeza y ese mechón del pelo y entonces lo miró a Jorge Gonzalez, parado sobre el borde de la fosa, mudo, sacando una foto tras otra y que también lloraba. Y que no sabe cuanto tiempo siguió pasando el pincel por el cráneo, haciendo como que trabajaba, cuestión que no se le viera el llanto, y que por un rato largo sólo hubo silencio y sonidos secos hasta que levantaron el esqueleto de la tierra y lo depositaron dentro de una caja…..

...

Y al día siguiente nomás fue la locura del viaje a Santa Cruz de la Sierra, cuando los sacaron de allí a escondidas por órdenes del gobierno, a las cinco de la mañana en diez jeeps (“una puñalada a los vallegrandinos”, dice Alejandro) y allí trabajaron sin descanso en la identificación hasta el viernes inclusive, para que el 12 de julio, tarea cumplida, se lo llevaran a Cuba en un avión. Esto relata y habla de las ofrendas, las velas, las flores alrededor del Hospital. Y de que al llegar aparecieron diez médicos empujando una carretilla con un enorme ramo de flores y una carta donde todo el personal médico de Santa Cruz agradecía "a nuestro colega, Dr. Ernesto Guevara", poder retomar el idealismo, y recuerda que eso decían todos los mensajes y carteles. El idealismo, qué cosa, pensé al escucharlo, otra vez el Che y el idealismo, ése que hace treinta años, cuando teníamos veinte, nos empujaba tras su rastro, y que ahora emergía al contacto con sus huesos, enterrado y exhumado como su campera verde o como el tabaco que ahí estaba, intacto, en la tabaquera de plástico guardada en la campera… Y pensé que quizás había sido precisamente el idealismo lo que motorizó esa búsqueda tenaz logrando lo que en tantos años pareció imposible: encontrar al Che, recuperar sus huesos. 

*Nota publicada en la revista “El Caminante” (Buenos Aires, julio de 1997). Al texto se le han agregado referencias para  contextualizarla en el marco histórico en que se produjo.

 

Notas

    1. Félix Ismael Rodríguez, cubano-estadounidense y agente de la CIA asignado a Bolivia con la misión de atrapar y matar al Che. Fue quien dio al sargento boliviano Marió Terán la orden de ejecutarlo.
    2. El general Mario Vargas Salinas, partícipe de la lucha contra la guerrilla en 1967,  afirmó en noviembre de 1995 que el Che había sido enterrado en ese lugar. La noticia dio la vuelta al mundo.
    3. Dirigente de la Asociación de Familiares de detenidos desaparecidos de Bolivia. Estuvo presa y exiliada por su pertenencia a la guerrilla del Che.
    4. Simeón Willy Cubas, sindicalista y guerrillero boliviano. Fue capturado junto con el Che,  asesinado y arrojado a la misma tumba.

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