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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

13 de noviembre de 2017

Paco sigue vivo

El periodista y escritor recuerda a su compañero de redacciones, Francisco Urondo, al que define como el mejor de su generación. "Le tocó vivir y también desaparecer en una época en la que no siempre las palabras representaban lo que eran capaces de decir", escribe sobre este hombre asesinado por el Terrorismo de Estado a los 46 años pero que en ese corto tiempo protagonizó una cantidad de hechos "equivalentes a dos o tres vidas".

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Oso Smoje, Jun Gelman, Paco Urondo (Diario Noticias, 1973)

Fotos: Agencia Paco Urondo

Me parece muy pertinente y elogiable recordar a Urondo que jamás desdeñó el Paco, porque como alguna vez se lo dije a Javier, su hijo: Urondo fue el mejor de todos de una generación que creyó en el cambio posible y que se puso en acción para que ese cambio se concretara.

Al lado de esa generación crecí. Soy un privilegiado: conocí a Miguel Brascó, a Mario Trejo, a Alberto Vanasco, a Edgardo Da Mommio, a Milton Roberts y a muchos más. Traté a Urondo, estuve cerca suyo, le tuve afecto (y creo que esa corriente fue mutua), compartí trabajos pero no fuimos amigos. Acerca de su impresionante frase “tomé las armas buscando la palabra justa” jamás hablé con él, pero sí puedo jurar que hablamos de comidas y bebidas; también hablamos de cine, teatro y literatura, de chismes de actores y de actrices, de ropas y frivolidades y especialmente hablamos de amores, de mujeres y de esa revolución eterna y a veces inasible que es la vida. Con constancia de bon vivant Urondo monitoreaba nuestras elecciones gastronómicas en el restaurante El Pulpito, justo debajo de la redacción de La Opinión.

Pero sí, decía, fue el mejor, por amable, por gentil, por no tomarse nada a la tremenda aún en momentos tremendos, por lo que expresaban sus silencios, por su sentido del humor. De todas sus militancias (de las que debidamente nos pusieron al tanto Gelman, Walsh o Verbitsky con mucho más conocimiento) yo solo puedo hablar de una: de sus condiciones de tipo gozador de la vida, gustador de ricos platos, finas bebidas y bellas mujeres.

Pensaba en estos días cuándo y dónde conocí a Urondo. Creo haberlo visto por primera vez en una fiesta en el departamento de Pirí Lugones en el edificio del Hogar Obrero, a metros de José María Moreno y Rivadavia. Eran los tiempos en que todos -bah, casi, menos yo-fumaban. En aquella noche pasada por humo, alguien a quien nunca había visto dijo una frase que primero me costó bastante descifrar y que después jamás olvidé: “Yo soy de la generación cagada por Frondizi”.

En ese momento veinteañero pensé: "Qué arrogante, mirá si un presidente puede tener el poder suficiente como para cagarle la vida a una generación entera". Los años me permitieron entender eso y mucho más del daño que puede hacer un presidente y al que la frase de un tal Paco Urondo representaba. Eso dijo con una copa de vino en una mano y el enésimo cigarrillo de la noche en la otra. Generación cagada por Frondizi: los que querían cambiar el mundo, los peronistas proscriptos desde el 55, los radicalizados que no querían saber de nada con la UCR, la muchachada de la izquierda nacional, muchos de ellos votaron en 1958 por este hombre que una vez en el poder hizo casi todo lo contrario de lo que prometió. Así le fue.

También puedo hablar de su obra. Lo siguiente que recuerdo vinculado a Urondo es la excelente Pajarito Gómez, una película estrenada en 1965, en pleno auge de la nueva ola musical y en cuyo guión participó junto con el director Rodolfo Kuhn y con Carlos del Peral. Para mi primer libro, Palito Ortega indagación de un ídolo, de fines del 68, lo consulté a Urondo: ahí figura su testimonio y varias reproducciones del guión de la película, acotaciones críticas, satíricas, feroces, acerca de la condición del ídolo.

Lo siguiente: años 1966, 1967, los porteños de la vida en blanco y negro frecuentábamos una catedralita imposible de soslayar, el boliche Gotán, que el querido Tata Cedrón había instalado en Talcahuano, cerca de Corrientes. Allí siempre se encontraba algo que mejoraba la noche. En ese recinto, que anticipó en una punta de años la moda de los café concert de principios de los 70, Urondo estrenó Sainete de variaciones, unos sketchs que mezclaban aguafuertes costumbristas, música y humor urbano en el que trabajaron los por entonces muy jóvenes Federico Luppi, Pepe Novoa, Luis Brandoni y Zulema Katz. Ahí estuvo el primer Urondo, que venía de Santa Fe en donde había sido funcionario del área cultural del gobernador Carlos Silvestre Begnis.

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Más adelante compartimos momentos en varias redacciones, empezando por una increíble: la corresponsalía en Buenos Aires de El Diario, de Mendoza, otra aventura que en 1969 desarrolló Jacobo Timerman en esa provincia y que duró muy poco. Al frente de ese grupito estaba Horacio Verbitsky. De esos días, así como los de Panorama mis recuerdos no son tan nítidos. La mayor cercanía la desarrollamos en La Opinión. Trabajábamos en la sección de Cultura y Arte y Espectáculos, una sección llena de referentes deslumbrantes: el gordo Soriano, Roberto Jacoby, Agustín Mahieu, Felisa Pinto, Tununa Mercado, Juan Gelman, Ricardo Halac, Jorge Andrés, Miguel Bonasso, Carlos Tarsitano y varios que me estoy olvidando. Como el diario no aparecía los lunes, nuestra tarea concluía los viernes, cuando dejábamos lista la edición del domingo. Pero igual íbamos los sábados porque en el piso 9 de La Opinión se armaban unas tertulias fenomenales, memorables. También recuerdo cómo se paseaba, tranquilo, tranco lento, por la redacción de Noticias.

Tal vez, como se dice, la procesión le corría por dentro, pero con cada uno con el que se cruzaba tenía una frase amigable, una palmada estimulante, una mirada esperanzada aunque en ese sitio permanentemente parecía que todo volaría por el aire al segundo siguiente, cosa que finalmente ocurrió cuando una bomba se devoró un ala del edificio. Alguna vez escuché que allí era el comisario político. Probablemente fuera así, pero podría dar fe que de comisario no tenía ni media jineta.

Esta semana revolví papeles vinculados con Paco. Ese Paco que vivió apenas 46 años y que en tan corto tiempo protagonizó una cantidad de hechos equivalentes a dos o tres vidas.

Ese Paco al que la dictadura le quitó su vida y la de su compañera Alicia Raboy y también la de su hija Claudia y la de su yerno. Y que antes, ya enrolado en la lucha armada, cayó preso.

Ese Paco que no está, pero que sigue vivo en homenajes y en textos difíciles de superar como La Patria Fusilada, la entrevista a Berger, Haidar y Camps, sobrevivientes de la matanza de Trelew, grabada la noche anterior al 25 de mayo de 1973.

Sí: Paco sigue vivo en la actividad notable de periodismo militante de la Agencia de Noticias Paco Urondo, uno de los colectivos de comunicación que defiende los trapos del mejor periodismo, en una etapa muy muy muy desdichada de nuestro oficio. Y está presente en el libro que cuenta su obra periodística que hace un tiempo editó Adriana Hidalgo y respira gracias a proyectos como el del legislador de la ciudad Pablo Ferreira que procura poner su nombre a la estación Puán del subte A, vecina a la Facultad de Filosofía y Letras en donde en algún momento fue director de la carrera de Letras y en donde su nombre tiene repercusión de símbolo político y poético.

Paco está vivo también hasta en algunos poemas (en especial uno, muy bueno, de un muchacho de apellido Robino) cuya autoría las redes sociales le adjudicaron erróneamente. Y vive en la recuperación de su obra poética que hacen artistas como la indoblegable Cristina Banegas. Y su espíritu de conocedor también se replica en el restaurante que en un lugar del Caballito profundo supo instalar su hijo Javier. Y devuelve apreciable vitalidad en un impecable documental que dirigió hace unos años Daniel Desaloms (Paco Urondo, la palabra justa, 2004).

A Paco Urondo le tocó vivir y también desaparecer en una época en la que no siempre las palabras representaban lo que eran capaces de decir. La sobrevida de Urondo queda cabalmente expresada en lo que es hoy esa muchacha espléndida y valerosa llamada ahora y para siempre Ángela Urondo Raboy http://www.revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=221.

Ella con su fascinante búsqueda y encuentro de su verdadera identidad y con sus libros, en especial el extraordinario Quién te crees que sos, aparta del imaginario funesto la presunta muerte de Urondo hace 41 años en Mendoza y deja todo listo para su inmortalidad. Para mí, muchas de las palabras justas y tantas de las injustas, las encontré en Caer no es caer, este poema de Ángela Urondo Raboy. 

Chupar no es chupar

Cita no es cita

Dar no es dar

Caer no es caer

Soplar no es soplar

Pinza no es pinza

Fierro no es fierro

Máquina no es máquina

Capucha no es capucha

Submarino no es submarino

Personal no es personal

Parrilla no es parrilla

Apretar no es apretar

Quebrar no es quebrar

Cantar no es cantar

Volar no es volar

Dormir no es dormir

Limpiar no es limpiar

Guerra no es guerra

Cuerpo no es cuerpo

Desaparecer no es desaparecer

Ser no es ser

Yo, nada.

...

*El 17 de junio de 1976, Francisco "Paco" Urondo fue asesinado en Mendoza en una emboscada llevada a cabo por Fuerzas Armadas de la última dictadura cívico-militar. 

*Carlos Ulanovsky es escritor y periodista. Lleva publicados 23 libros, 20 de ellos investigaciones históricas sobre la radio, la televisión y los diarios y revistas en la Argentina, ensayos, biografías, análisis del lenguaje cotidiano, crónicas y una novela.

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