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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

05 de diciembre de 2017

El amoroso abrigo de la verdad

Abuelas de Plaza de Mayo anunció la restitución de la nieta 126, hija de Violeta Ortolani y Edgardo Garnier, desaparecidos en 1977. La joven, que buscó conocer su verdadera identidad, dijo que se sentía plena y feliz. "No pudieron. El amor es más fuerte que el odio. Siempre", celebró entre risas y aplausos. 

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“Con la urgencia del tiempo que corre, volvemos a hacer un llamado a la sociedad a que nos ayuden en esta búsqueda, que ya lleva 40 años. Y, a nuestros nietos y nietas, les reafirmamos que acá solo los espera el amoroso abrigo de la verdad. ¡Bienvenida, nieta 126!”, leyó Estela de Carlotto en la sede Abuelas, colmada de familiares, amigos y compañeros y de la propia joven, que ayer nomás pudo recuperar toda su historia.

Cada restitución es una fiesta. Pero la de la nieta 126 se vivió a pleno. Es que la hija de Violeta Ortolani y Edgardo Garnier, nacida en enero de 1977 durante el cautiverio de su madre, se mostró feliz de conocer su identidad. “Es la ficha que se acomodó y se armó otro rompecabezas con otra familia más grande y hermosa que me completó la vida. Es muy distinto pensar que había sido abandonada, regalada, vendida, no deseada a sentir que fui una persona muy querida, muy deseada, muy buscada, que tengo una familia hermosa, que tengo una abuela”, celebró entre risas y aplausos.

Su madre Violeta nació en la Ciudad de Buenos Aires el 11 de octubre de 1953, pero al morir su mamá fue criada por una tía en Bolívar. Fue en la Universidad de La Plata, donde estudiaba Ingeniería Química, que comenzó su militancia política y conoció a Edgardo, de Concepción del Uruguay y estudiante de Ingeniería Electromecánica.

Se casaron el 7 de agosto de 1976 cuando Violeta estaba embarazada de 3 meses: habían pensado llamar a su bebé Vanesa, si era nena; Marcos o Enrique, si era varón.

Violeta fue secuestrada el 14 de diciembre de 1976 en el Barrio La Granja de La Plata, con un embarazo de 8 meses. Desde entonces, Edgardo buscó por cielo y tierra a su mujer y luego regresó a su pueblo en Entre Ríos. Cerca de la fecha probable de parto, emprendió nuevamente la búsqueda. Se despidió diciendo que iba a buscar a su hijo y, al poco tiempo, el 8 de febrero de 1977, en La Plata, él también fue secuestrado.

Desde entonces, su familia continuó la búsqueda y fue una de las primeras en hacer la denuncia en Abuelas de Plaza de Mayo. Pero nunca se obtuvo ningún dato fehaciente y concreto sobre la pareja ni sobre la niña o niño que debió nacer en cautiverio. Hasta ahora.

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La joven supo que no era hija biológica de las personas que la criaron, cuando murieron. “Me enteré un sábado y al lunes siguiente ya estaba en Abuelas, más que nada por la fecha de mi nacimiento. Me dieron un turno y a los cuatro meses me dijeron que no había compatibilidad. Y bueno, seguí mi vida, pensando que me habían abandonado, tenía un montón de cosas en la cabeza pero no tenia certezas de nada. Pensé: tendré que aprender a vivir con esto, porque es muy difícil después de 40 años salir a buscar. No me quedaba otra que mirar para adelante y seguir”, contó. Pero su desconcierto cambió cuando recibió un llamado de la CONADI. “Me dijeron que había información que me tenían que dar personalmente y que era importante que fuera. Y a partir de ahí empecé a sospechar lo que podría ser y me puse muy, muy pero muy ansiosa. Se los conté a mis compañeros de trabajo, que me hicieron el aguante”.

Adriana -tal el nombre con el que fue inscripta- no pudo esperar a que se hiciera su horario de trabajo. Con una compañera se tomó el subte y llegó a CONADI. “Y ahí me entero de la feliz noticia”, remató el relato de cómo fue su búsqueda.  

Su partida de nacimiento falsa está firmada por la médica Juana Franicevich, quien ya había fraguado las partidas de tres nietos que fueron restituidos recientemente.

“Estos encuentros nos llenan de esperanza y nos dan fuerza para redoblar la búsqueda. Este caso vuelve a demostrar la importancia de que quienes tienen algún dato sobre un posible hijo de desaparecidos hablen con él o con ella, o nos acerquen esa información. Lejos de causarles un daño los ayudarán a vivir en la libertad que solo ofrece la verdad”, dijo Carlotto.

La Abuela Blanca Díaz de Garnier, que vive en Concepción del Uruguay, confesó a Radio 10 que “no esperaba tener esta alegría. Veía recuperar a otros nietos y me decía a mí nunca me toca. Más gozo no puedo pedir tuve 40 años de espera. Estamos con una alegría que no cabemos en nuestra persona”.

Abuela y nieta ya se hablaron por teléfono. Pronto se encontrarán. La verdad siempre sale a luz. Porque como dijo la joven: “Doy mi testimonio primero por mí, para compartir esta felicidad con todos ustedes y si puede ayudar a quien tiene dudas, bienvenido sea. Esta vez, no pudieron. El amor es más fuerte que el odio. Siempre”. A su lado, su tía Silvia Garnier lloraba de emoción.

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