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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

21 de mayo de 2015

La noche de la irrupción

“A ver si este montonerito nos mata”

Información de imagen
Ilustración María Giuffra/El niño delincuentesubversivo. 25x35cm. lápiz. 2006

http://www.mariagiuffra.com.ar/

Desde hacía unas semanas estábamos viviendo en la casa de mis abuelos. También vivían allí mis bisabuelos, él era un capitán de fragata jubilado de más de 80 años y no veía bien a raíz de sus cataratas.

Por la noche, como de costumbre después de comer, nos sentamos en el living a mirar en la tele alguna serie argentina de aquella época. Mi hermano menor se había ido a dormir hacía algunas horas.

Antes de medianoche comenzamos a escuchar ladridos de nuestra perra. No paraba de ladrar, corría hacia la calle y luego se la escuchaba nuevamente desde atrás de la casa. Era raro.

De ahí en más, recuerdo unas escenas como de película que no habrán durado más de una o dos horas, pero que a mí me parecieron interminables.

Mientras mirábamos la televisión, mi abuela muy inquieta se levanta y sale del living hacia la puerta de adelante. Los ladridos se oían lejanos. Unos minutos después, por donde había salido ella, comienzan a aparecer, una tras otra, personas que no conocíamos, todos hombres mayores para mí que recién había cumplido 10 años.

Recuerdo esa irrupción y las voces de mando, autoritarias. Alguien me toma del brazo, y me despega del piso. Sin darme cuenta, me encuentro en la habitación de mis bisabuelos.

Estoy sentado al borde de una cama muy vieja que siempre hacía ruido; un chirrido metálico, a mi me gustaba saltar para darle ritmo a esos ruidos, y eso invariablemente venía acompañado de un reto de los adultos.

Al lado mío hay un hombre sentado y, en la habitación con muebles viejos, hay varios tipos revisando y sacando de su lugar todo lo que encontraban. Parecía una invasión, como si tuvieran permiso para hacer lo que quisieran. El miedo se mezcló con bronca e impotencia. Imposible hacer nada, solo estar ahí y esperar. Como cuando uno se tapa la nariz y se sumerge.

Uno me preguntó -y ahí recién comencé a saber de qué se trataba-: “Decinos dónde está tu mamá; contanos todo o la vamos a matar. Hablá o los llevamos a todos, pibe”.

Mis piernas comenzaron a moverse solas... finalmente me tocaba a mí ser protagonista de los relatos tantas veces escuchados de boca de mi madre y otros “tíos”, compañeros de militancia de mis padres. Ya habían fusilado en la calle a la pareja de mi mamá; ya habían hecho vomitar la pastilla de cianuro al papá de una beba que se había quedado sin padres en mi casa. Su mamá lloraba desconsolada en la cocina porque pensaba que su marido podría llegar a ser un traidor y “cantar” a sus compañeros en la tortura. Un día ella desapareció y nunca volvimos a saber nada. También habían acribillado a ese compañero moribundo que otro día trajeron a casa envuelto en una frazada vieja y lo operaron en mi cuarto salvándole la vida. Yo no tendría más de 8 o 9 años, y mi tarea junto a mi hermano fue cambiarle cada tanto las gasitas de los innumerables agujeros de bala que tenía.

Yo sabía demasiadas cosas, sabía de las torturas; de los suicidios con la pastilla de cianuro para no delatar a nadie; sabía que había lugares donde se llevaban a todos y de donde nunca volvían. Eran los “milicos hijos de puta”, “los gorilas” “la cana”.

Sabía demasiado. “Dale un arma, a ver si sabe usarla...”, le dijo uno de los milicos a otro. "Estás loco, a ver si este montonerito nos mata a todos...”, le contestó.

Recordé las veces que mis padres me mostraron las armas que tenían. Estaban orgullosos de eso. Un día la pareja de mi mamá me llama a su cuarto. Con ella estábamos limpiando una pistola toda desarmada que había puesto sobre la mesita del comedor para “enseñarme” como se hacía. Era un tema de vida o muerte tenerla siempre bien lubricada. Como alguien que tiene que decirte un secreto, Miguel me hace entrar al cuarto. Mi cara de asombro se hizo muy notoria, los dos comenzaron a reírse. Me estaban mostrando un Winchester, como ese que usaba El hombre del rifle en la serie de televisión que veíamos tomando la leche a la tarde. Cuántas veces me habrán visto jugar a que era ese personaje... Luego, casi inmediatamente, otra picardía se les veía en los ojos: “Vení, sostené esto”, dijo Miguel, y puso en mis manos un tubo metálico de no más de 10 centímetros. “Apretá bien la manija que está pegada al cilindro”, me indicó, y paso seguido retiró una clavija que la traspasaba de lado a lado, “este es el seguro. Mientras tengas apretada la manija junto a la carcasa, no pasa nada. Cuando hay que usarla, retirás el seguro, mantenés apretada la mano y la largás; hay que contar hasta cinco y estalla”, me indicó aquel día.

De pronto un empujón me hizo apoyar bruscamente la cabeza contra la almohada. “¡Yo no le pegué!”, dijo el milico que me empujó, como justificándose ante alguien, algún superior. Pensé y entonces me salió un quejido, casi un sollozo. De repente me doy cuenta (conscientemente ahora, mientras escribo esto), que ese tipo que me daba terror, al querer justificar su agresión, me abrió una puerta de escape. Ahora había otra voz que aparentemente ponía algún límite a las cosas que podrían hacerme.

Volvimos a cero: “A ver nene, ¡contame donde estuviste antes de venir acá!”

Mi cabeza iba por un lado y el cuerpo por otro. Las piernas de arriba a abajo, de derecha a izquierda y sin despegar las puntas de los dedos del piso, no paraban. Puse las manos en las rodillas y nada. Eso me ponía peor porque había aprendido que no tenía que levantar ninguna sospecha; natural e inocentemente (porque era un chico), tenía que decir las cosas.

En esas condiciones, ¿las cosas que iba a decir me las iban a creer? ¿Estar tan nervioso, no era delatar que sabía de qué se trataba todo esto?


“No sé”, “a lo mejor…” “era a una cuadras de ahí”. Todas imprecisiones. “y después vinimos acá…” Nadie dijo nada. El tipo se levantó, los demás ya no estaban. Salimos de la habitación. En la otra, donde estaba mi hermano con un tipo, nos juntaron con mi abuela.

Algo tenía que decir, no era tan chico...”Estos saben de la última casa donde estuvimos”, pensé. Esa casa donde mataron a Ramón y tuvimos que salir corriendo. Ahí estaban los documentos “legales” con la dirección de la casa de mis abuelos, y ellos ya sabían... Por eso, antes de ir ahí, con mi mamá y mi hermano estuvimos en diferentes lugares. Finalmente, luego de varias semanas, mi madre nos despidió: “No sé si nos volveremos a ver, esto va para largo. Se quedan con la abuela, ya nos comunicaremos.”

Y un día aparecieron estos tipos…

Para ser breve, en el interrogatorio dije lo que sabía que sabían. Mirando la pared, como una gran pantalla blanca, iba recordando las casas y lugares por donde habíamos pasado, pero entre palabras entrecortadas lo que decía era otra cosa. Indefiniciones, imágenes confusas; “no sé”, “a lo mejor…” “era a una cuadras de ahí”. Todas imprecisiones. “Y después vinimos acá…” Nadie dijo nada. El tipo se levantó, los demás ya no estaban. Salimos de la habitación. En la otra, donde estaba mi hermano con un tipo, nos juntaron con mi abuela.

El que siempre me hablaba bien en el interrogatorio, nos saludó. Desde abajo lo miré: “¿Ya se termina esto?”, me pregunté. Era algo que no estaba ni en mis fantasías... Sentí un indescriptible alivio, como un profundo agradecimiento... algo no estaba bien. Porque sentir agradecimiento hacia estos tipos que querían matar a mi mamá…  que encapucharon a mis abuelos y nos maltrataron a mi hermano y a mí… Estos tipos que dudaron en llevarnos, representaban el terror; habían secuestrado, torturado y matado a tantos que yo había conocido; eran los asesinos de los cuales siempre estábamos escapando.

Durante muchos años esas preguntas me persiguieron. Insistentemente.

Estuvimos mucho tiempo vigilados en esa casa. Teléfono pinchado, autos que paraban bruscamente y nos sacaban fotos, visitas de control con la directora del colegio donde íbamos...

Y lo que siguió, ya es otra historia.

Psicólogo. Director de Salud Mental y Coordinador de Derechos Humanos en Quilmes. Hijo de padres militantes en Montoneros.

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