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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

23 de enero de 2018

Sobre las cenizas del padre

Hijo de un director de teatro popular y de una artista textil, perseguidos por la Triple A, Miguel Martínez Naón nació en el exilio, vivió el desarraigo y la muerte le rondó cerca. De eso escribe en "Tumbita", su reciente libro de poemas en el que dialoga con el deterioro de una vida, el dolor y la ausencia. 

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Los hijos del exilio somos huesos rodantes

Nadie pregunte lo que soñábamos

Siempre estábamos lejos y ahora

todo

nos queda lejos.

Así comienza el poema “Hijos del exilio” de Miguel Martínez Naón, publicado en su reciente libro Tumbita, que escribió en un largo y lento proceso literario, en el que hubo encuentros y desencuentros con el género. Y dolor, mucho dolor. Pero como dice un epígrafe de Enrique Symns que Miguel retoma en su poemario “el único dolor que confiere nobleza es la tristeza”.

Hijo de un director de teatro popular, Humberto “Coco” Martínez” y de una artista textil, Noemí Naón, Miguel nació en California en 1976 y vivió hasta sus seis años en México, en el exilio de sus padres perseguidos por la Triple A. A los siete volvió a la Argentina, su familia se instaló en Carmen de Patagones, cuando pudo Miguel se fue de ahí, vivió en Neuquén un tiempo, viajó y hace ocho años se instaló en la ciudad de Buenos Aires. Repite “ocho”. A Miguel le sorprende la cantidad de tiempo que lleva en un mismo lugar, echando raíces.

Fuimos dulces bajo las palmeras

y la nieve nos hirió el idioma.

Fuimos los cassettes que cuentan ahora lo que jugábamos

o lo que comíamos

y siempre estábamos divinos en la foto

y cerrábamos los sobres

para los abuelos

con ganas de meternos adentro

como enanos

manuscritos.

"Los hijos del exilio somos huesos rodantes. Estamos rodando constantemente, hay cosas que las comprendemos desde la manada del exilio, pero que a través de la poesía, en mi caso, encontré una forma para expresarme con mayor claridad. Ese poema termina diciendo que queríamos meternos en los manuscritos, que son los sobres que les mandábamos a nuestros abuelos, tíos, primos. Pero en realidad no sabíamos lo que era tener un abuelo, un primo, una tía. Los íbamos conociendo a través de cassettes, para muchos era algo muy común: cassettes que iban y venían por el mundo con las voces de una familia que no conocíamos. Y en mi caso, fui afortunado porque mis abuelos paternos pudieron venir a visitarnos a México, pero la mayoría de los compañeros no tuvieron ese privilegio, la mayoría creció sin saber lo que era tener un abuelo y cuando volvieron al país ya no estaban", reflexiona.

El exilio y el desexilio son parte de su identidad. La muerte también. En Tumbita, su segundo libro que dedica a su padre muerto y en el que dialoga con el deterioro de una vida, el dolor y la ausencia, el poeta identifica lo que denomina "mito de referencia".

"Un maestro de teatro, Renzo Casali, un argentino que se exilió en Italia, decía que el artista siempre tiene un mito de referencia que lo va acompañar toda su vida. El mito se puede definir en una palabra pero en realidad es una búsqueda incesante, una obsesión que tiene el artista para el resto de su vida, y que de alguna manera en algún momento lo encuentra. Puede ser la muerte, la revolución, el viaje, el exilio, la infancia, etcétera. Yo creo que si bien no lo tengo claro, porque eso es el mito, en Tumbita siempre está presente la muerte".

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En su infancia y adolescencia en Patagones, Miguel visitaba velorios de personas que no conocía. Le llamaba la atención lo diferentes que eran a los de México por "lo sombrío, lo negro, lo dramático". Se subía a su "Aurorita" y se metía en los funerales como uno más para tratar de entender esa forma de despedir al muerto. A veces, también, acompañó el cortejo fúnebre hasta el cementerio. En los cementerios a Miguel también le gustaba escribir porque había silencio. "Hay una relación con la muerte muy profunda desde la infancia, desde lo cotidiano, no desde algo traumático y tiene relación con la cultura mexicana donde viví. Y desde mi adultez, desde un bagaje familiar muy fuerte y de compañeros de mi viejo. Creo que en Tumbita al hablarle a mi padre le estoy hablando a toda una generación: a los exiliados, los desterrados, hombres y mujeres que tuvieron que criar hijos fuera del país".  

Se llama Miguel por el poeta y dramaturgo Miguel Hernández, y como el autor de Cancionero y romancero de ausencias, Miguel es un poco de cada lenguaje. Escribe poesía y es actor. Su encuentro con una y otro fue, fundamentalmente, por su papá. Él le enseñó a recitar poemas de memoria, "Tuñón, Borges, Gelman, Girondo", repasa. A los 10 años, recitaba solito el larguísimo texto "El tango” de Borges:

¿Dónde estarán?

pregunta la elegía 

de quienes ya no son, como si hubiera

una región en que el Ayer pudiera

ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

Su papá, Humberto “Coco” Martínez, fue un dramaturgo emblemático del teatro popular, director de una icónica obra cuya puesta en escena fue con obreros que no eran actores. Obreros de verdad que trasladó desde Viedma a Buenos Aires. En el estreno de “Cantata Santa María de Iquique”, en el año 1972 en el Teatro IFT, estuvieron Mercedes Sosa, el Padre Carlos Mugica, Arturo Jauretche y Paco Urondo, quien al otro día escribió en el diario La Opinión que la obra era "un milagro del teatro" y destacaba: “Sin hacer obrerismo, sin mistificar -como tiende a hacer la pequeña burguesía ilustrada y de izquierda– las condiciones y posibilidades de la clase trabajadora”.

"Mi viejo ya era un personaje conocido cuando llega la represión en el 74. Empieza a aparecer en listas negras en Bahía Blanca, se viene para Buenos Aires, y en ese entonces ya se conocía con mi mamá Noemí Naón. Los dos militaban en el peronismo revolucionario. Primero se fue él a Estados Unidos y después ella. Al poco tiempo quedaron embarazados de mí", cuenta Miguel.

Apenas asumió Alfonsín, la familia decidió regresar. Miguel tenía siete y una hermana tres años más chica que él, Manuela. "Volvimos en un avión lleno de exiliados argentinos que decidieron volver de un día para el otro. Y cuando llegamos, el encuentro con la familia. Nos fuimos a comer asado a una terraza de Belgrano y ahí empezó todo: conocernos, conocer a los primos, los tíos". Estuvieron un breve tiempo en Buenos Aires y se mudaron a la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires, Patagones, el territorio natal de Coco. Ahí el desexilio se hizo sentir: "Hice el primer grado en México y allá era el rubio y cuando hice el segundo grado en Argentina aquí era el mexicano. No sabía la letra de Aurora ni el Himno a la Bandera ni que había que formar fila y tomar distancia, toda una serie de símbolos muy comunes para otros chicos. Eso generaba mucha tensión en la escuela, en la calle, yo lo sentía, y aparte vivía en un pueblo chico, todo era muy evidente.  En esa época apareció el teatro y la poesía".

Así empezó a actuar junto con su padre, un espacio donde podía liberar su creatividad. "Era algo que no podía hacer en otros ámbitos porque estaba muy inhibido. Y también empecé a escribir. La escritura fue un refugio, un espacio de amparo, de amabilidad. Escribía en cuadernos en una soledad absoluta. Un día mi vieja me entregó una carpeta con todos los poemas míos que recopiló y pasó a máquina. Esos primeros poemas los tengo bajo llaves, son como diarios íntimos, y ahí me doy cuenta del mito de referencia sobre la muerte".

De Patagones, se fue a vivir un tiempo a Neuquén. Recitó poemas en el colectivo, donde  pasaba la gorra y juntaba unos pesos que le permitieron trasladarse a Buenos Aires. "Fue en el 97- dice confiado en el año-. En ese momento me integre a la agrupación H.I.J.O.S. Fue muy importante para mí porque es ahí donde yo me reconozco con otros hijos de exiliados. En Patagones no me encontré con ningún par, el exilio no formaba parte de la vida de los otros jóvenes y cuando llegué acá para mí significó empezar a compartir experiencias similares. Me encontré con lo mucho que nos costaba adaptarnos a la sociedad, instalarnos en alguna ciudad, con vidas muy nómades, de idas y vueltas, como una particularidad de los hijos del exilio".

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En Tumbita (Lamás Médula) todo eso se cuela como una radiografía de época, una escritura que habla del desarraigo, de la muerte, de la soledad pero también de la contención, de los amigos que sostienen, marcas del exilio y del desexilio, el suyo y de sus padres. Esos elementos los identifica también en su primer libro Estación de servicio y en Tumbita continúa de otro modo pero continúa, aunque aquí la escritura pasa, como dice, "desde un lugar más maduro, donde también hay ciertas experiencias dolorosas posteriores, como la ausencia de mi padre. Tumbita es un diálogo con él desde la ausencia y es un diálogo desde la muerte".

En este, su segundo poemario, no sólo habla con su padre, también le dedica el libro.

Esta mañana le pregunté

por esos rayos de sangre en las pupilas

Son heridos de bala

hijo

no les hagas caso.

Ahora vive en México

siempre vuelve

siempre a los gritos

siempre

se vuelve a morir.


¿Cómo viviste la muerte de tu padre?

Debe ser de las experiencias más dolorosas de mi vida. Yo tuve una relación sumamente amorosa en mi infancia porque me formé con él, como actor y como poeta. Junto con mi vieja, me inspiraron y alentaron. Por un lado, esa adoración. Pero por el otro, fue un tipo que en los últimos años se transformó en un ser despreciable. Estuvimos peleados durante cinco años y se murió sin que lo despida. Él estaba muy enfermo, vivía en Misiones y cuando ya era inminente que se estaba por morir, con un cáncer en el estómago, yo estaba por viajar a verlo y no llegué. Me costaba mucho cerrar esa historia, había mucho odio. Fue un tipo que se fue quedando solo en la selva. Murió solo. Tumbita nace de poder sanar esa relación, de cerrar ese círculo de oscuridad, de angustias, de miseria y de frustaciones. Yo creo que mi viejo más que victimario es una víctima, es un tipo que viene de una vida muy dolorosa. Antes de entrar en la militancia, era un delincuente, se dedicaba al choreo, estuvo muchas veces detenido por robo a mano armada, de hecho perdió un testículo de un tiro. No me molesta contarlo, hasta lo reivindico porque él mismo decía que si no hubiese encontrado el teatro en su camino hubiese seguido esa vida de delincuente.

El arte sanador...

Si, por un lado sí, pero también con el arte muchos se pasan de rosca. Por eso, no comparto mucho esa teoría frívola del arte sanador. El arte es peligroso también. Más que sanador, diría liberador. Mi viejo sobrevivió gracias a eso: vivió la delincuencia, vivió la oscuridad, la represión, la persecución, la amenaza, el exilio y el retorno del exilio que quizá fue hasta peor que el exilio porque llegó y fue marginado. Nunca pudo tener un laburo más o menos estable. Pero no es algo que le pasó sólo a él, muchos de  sus compañeros que volvieron les pasó algo parecido. Mi viejo cargó la culpa de haber sobrevivido. Eso mató a Humberto Constantini, a Julio Huasi, a muchísimos exiliados que retornaron al país y se enfermaron o se suicidaron. Ellos volvieron a un país que no era el mismo y con 30.000 desaparecidos. La falta de los 30.000 para los sobrevivientes fue y sigue siendo muy dura.  A mi viejo lo ubico desde ese lugar y desde ahí puedo tener un diálogo y surge Tumbita como hecho poético.

Con su segundo libro cree que culmina un ciclo. A pocos días de que se publicara, supo que su compañera estaba embarazada. Más raíces echadas. Es varón y se va a llamar "León".

"León", como la poesía de Tumbita que ruge noble su tristeza.

"Pensé lo que sentiría mi viejo como abuelo. Dentro de su locura estaría feliz. El libro y el hijo son dos cosas que simultáneamente cierran una etapa de oscuridad y tristezas. Nunca de olvido".

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