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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

27 de febrero de 2018

Triste, solitario y final

Información de imagen
Foto: Julián Athos

Se murió la muerte, nuestra muerte. La muerte de nuestros viejos. La muerte de una época. No se bien que artilugios de la historia ni que hilos se movieron para que Luciano Benjamín Menéndez sea la muerte. Lo que si sé, es que los poderosos de siempre, esos que no quieren tener nombre ni rostro, lo colocaron como un protector de sus deseos. Y Menéndez hizo un genocidio para complacerlos.

Creó fabricas de muertes, organizó secuestros, torturó, robo niños e hizo desaparecer a miles de hombres y mujeres. En esos campos de concentración su odio pasó todos los limites de la condición humana. Incluso un día, temeroso de su destino decidió desenterrar a sus víctimas de La Perla y volverlas a enterrar en otro lugar perdido, un mar sin agua, para que nunca nadie pueda saber donde están.

Se murió Menendez pero la memoria obstinada ya lo había derrotado hace tiempo. Atrás había quedado esa zona de confort que le prepararon los políticos que lo paseaban por los palcos oficiales y los periodistas que lo invitaban a la televisión para una entrevista amigable, todas postales absurdas de una impunidad que banalizaba el mal y justificaba la miseria de muchos.

A las Abuelas y las Madres le debemos que Menendez no tenga una plaza con su nombre y si se lleve a la tumba 13 condenas a cadena perpetua por sus crímenes de lesa humanidad.

Menéndez quiso clausurar para siempre la posibilidad que existan ideas, sueños, revolución y pueblo. Mientras sigamos levantando la lucha de los 30.000 ese deseo maligno será imposible. Se fue el Genocida. Triste, solitario y final.

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