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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

20 de marzo de 2018

Hacia la infinita riqueza del origen

Roque Orlando Montenegro tenía 20 años cuando fue arrojado al Río de la Plata en un vuelo de la muerte. Su cuerpo apareció en Colonia, donde permaneció en condición de NN. Su biografía sintetiza la historia argentina reciente, desde los horrores de la dictadura hasta el trabajo de organismos de derechos humanos, que propició la identificación de sus restos, el posterior traslado a su Metán natal y la recuperación de la identidad de su hija Victoria.

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El lunes 17 de mayo de 1976 amaneció helado en Colonia del Sacramento. Cerca del barrio histórico, tras la antigua línea de murallas, las costas lucían desiertas. A la altura de la Zona Franca, en la escollera Sur, un empleado estatal cree ver algo entre las rocas. Espera unos instantes, duda, pero la curiosidad puede más y se acerca para cerciorarse. El espanto ingresa por sus ojos y se le gana en el cuerpo. Es un cadáver más, el duodécimo contando desde diciembre de 1975 que aparece en costas uruguayas. Lo que ve nunca podrá olvidarlo, un hombre muerto, desfigurado, con una remera de lana abrochada al cuello, con desteñidos vestigios de azul, rojo y blanco a la manera de franjas, y encima jirones de una tela tipo escocesa que alguna vez fue camisa. Faltaba una hora para el mediodía en la pequeña península, ciudad puerto y ciudad fortaleza, por un siglo motivo de controversias entre portugueses y españoles. Y a esa hora los pobladores de Colonia –no acostumbrados a esos horrores- estaban ya en plena tarea a su ritmo pausado y en plena ignorancia también –empezando por quien halló el cuerpo sin vida- que en ese momento se iniciaba un camino que tardaría más de 36 años en desandarse, desde esa escollera situada 45 kilómetros al este de la ciudad porteña de Buenos Aires, a través de las aguas del Río de la Plata, hasta un cementerio de un pueblo del norte profundo, en la provincia de Salta. 

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 El cuerpo de Roque fue hallado por personal del Ministerio de Obras Públicas atascado entre unas rocas. Ese mismo día el médico forense Luis Ramondi llevó a cabo una autopsia cuyos resultados aportaron con un alto grado de certeza las causas de su muerte, el infamante proceder de sus verdugos en los días previos y la clara intención que éstos tuvieron de ocultar ambas cosas.

Montenegro estaba con vida al sufrir "contusión de rodilla izquierda y fractura expuesta de pierna izquierda (tibia y peroné)", lo que revela sin dudas que fueron lesiones provocadas por el choque contra las aguas del río tras ser arrojado vivo desde un avión. Quienes redactaron el informe, sin saberlo en aquel momento, hicieron su pequeño aporte a la abrumadora colección de registros periciales y testimoniales que dieron cuenta de las torturas y tormentos infligidos con una saña y crueldad indecibles contra los perseguidos políticos argentinos: "Nos inclinamos a pensar que se trata del cadáver de una persona que fue sometida a intensos castigos corporales antes de ser arrojada al agua".

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 Los vuelos de la muerte fueron una de las variantes más extremas pergeñadas por los ideólogos de la dictadura cívico-militar: era una manera de segar una vida con las víctimas en total estado de indefensión, y nadie es capaz de aventurar cuáles fueron las sensaciones en esos instantes finales, pues no hubo sobrevivientes. Ese recurso macabro envió a la muerte a un número de personas que según cálculos de los organismos de derechos humanos podría ser de entre 4.000 y 5.000. Carlos Somigliana, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), fue más allá al estimar en mayo de 2012 que “entre 50 y 70 cuerpos aparecieron en circunstancias que permiten suponer que fueron víctimas de los vuelos, lo que sería cerca del uno por ciento del total de las víctimas que se calcula fueron sometidas a esa metodología". Es decir, entre 5.000 y 7.000 víctimas. Así asesinaron a hombres y mujeres jóvenes, adolescentes, e incluso personas mayores, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y a la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor. Eran atontados mediante drogas como el pentotal sódico, un poderoso barbitúrico de acción ultracorta, y luego echados al vacío atados de pies y manos. En el caso de Roque Montenegro, sus asesinos intentaron tornar inhallable su cuerpo, sin éxito. La autopsia señala: "Tenía sujeta a su cintura una placa de hormigón de unos siete kilos de peso, atada con cuerda y alambre".

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El caso de Victoria Montenegro, la mujer que de niña apropió el coronel del Ejército Herman Tetzlaff junto a su esposa María del Carmen Eduartes, salió a la luz en abril de 2011, cuando declaró en la causa judicial que ventiló el plan sistemático para apropiar hijos de desaparecidos. El diario Página/12 dio a conocer su historia a través de un extenso artículo que enfatizó en la denuncia de Victoria contra el fiscal de Casación Juan Martín Romero Victorica porque le había filtrado información a Tetzlaff cuando éste era investigado por los crímenes que cometió durante la dictadura. Por ejemplo, actuó en el Centro Clandestino de Detención El Vesubio.

(Entre paréntesis, Romero Victorica renunció menos de cuatro meses después ante el riesgo de ser destituido y el procurador general de la Nación, Esteban Righi, aceptó esa dimisión en el primer día de septiembre de ese mismo año).

Hubo en ese momento un dato incorrecto, originado en dichos de Tetzlaff: que él mismo había asesinado a Roque Montenegro y a Hilda Torres en el operativo en el cual fueron secuestrados junto a ella, de entonces 13 días de vida, el 13 de febrero de 1976.

La autopsia realizada por el forense uruguayo Ramondi demuestra la falsedad de esa aseveración del apropiador en dos aspectos centrales: en primer lugar, porque indica que "no se apreciaron heridas de arma de fuego ni de arma blanca" en el cadáver de Roque, cuando Tetzlaff -al decir de Victoria- le entregó "el arma con la que los mató". En segundo término, tampoco coincide el tiempo de muerte, ya que la pericia calculó la fecha del deceso en un rango de entre 45 y 60 días contando del 17 de mayo de 1976 hacia atrás, lo que torna imposible que haya sido asesinado el día del secuestro.

Es un misterio que Tetzlaff se llevó a la tumba la razón de haberle mentido a Victoria sobre un asunto que a todas luces no redundaría en beneficio alguno a su situación procesal.

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El mismo día del hallazgo y de la realización de la autopsia, el cuerpo de Roque fue inhumado en la fosa 17/976 del cementerio de Colonia. En cuanto a su partida de defunción, obviamente en condición de NN, omitió la causa de muerte y fue inscripta  cuatro días después, el 21 de mayo, en el acta número 68 de la Primera Sección del Departamento de Colonia. Ni esos despojos ni los otros siete hallados en costas del departamento en esa época fueron arrojados al osario común cinco años después de ser inhumados, como indica la ordenanza municipal de Cementerio,  por “propia iniciativa” de la Dirección de Necrópolis, que con fecha 20 de julio de 1995 contestó en esos términos a un pedido realizado un mes antes por la Junta Departamental coloniense.

La solicitud tomaba en cuenta que la dictadura argentina provocó la desaparición de personas y pretendía “allanar el camino a la posible identificación de parte de familiares de las víctimas”.

Ese sendero comenzó a ser desandado, en el caso de los restos de Roque Montenegro, el 22 de enero de 2002, cuando el EAAF exhumó el cuerpo para llevar a cabo una segunda autopsia.

El trabajo coincidió en líneas generales con el de Raimondi, que escribió que la contusión de rodilla izquierda y fractura de pierna izquierda fue “producida en vida”. En ese mismo sentido se pronunciaron los antropólogos argentinos al entender que las lesiones ocurrieron “alrededor del momento de la muerte y que pueden ser causales de la misma”. La hipótesis del vuelo de la muerte se robustece con la causa de las fracturas, “compatible con el choque o golpe con o contra objeto o superficie dura”.

En la autopsia, el EAAF extrajo muestras óseas para análisis de ADN, y nueve años más tarde realizó estudios complementarios que fueron trasladados a la Argentina en marzo de 2011.

Cinco meses después y ante un pedido de la Justicia argentina, la jueza uruguaya Beatriz Larrieux autorizó el traslado de los ocho esqueletos hasta la sede porteña del EAAF. En cumplimiento de esa resolución, el 1 de noviembre de 2011 las urnas ingresaron a la Argentina a través de la terminal de Buquebús en Dársena Norte.

Finalmente, los restos enterrados como NN en Colonia recuperaron su identidad el 15 de diciembre de ese 2011, con un 99,998 por ciento de probabilidad porcentual de parentesco con una muestra de sangre de Victoria Montenegro, a quien la Justicia entregó los huesos de su padre Roque Montenegro.

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El arribo a las costas uruguayas de cuerpos de personas con indudables signos de haber sido torturadas y asesinadas se inició a finales de 1975 y ascendió a 31 en el año 1979. Además del hecho inhabitual de la aparición de esa cantidad de cadáveres, contribuyó a que la situación fuese indisimulable el estado en que se presentaban ante quienes fortuitamente daban con ellos en playas o escolleras: en descomposición, con fracturas expuestas, comidos en parte por los peces y en la mayoría de los casos maniatados en muñecas y tobillos con alambres y cordeles.

Tras cinco descubrimientos ocurridos en el departamento de Rocha entre el 22 y el 23 de abril de 1976, la Armada Nacional de Uruguay se vio obligada a ensayar una explicación.

Fue así que nació el cuento de los marineros chinos, tal lo expresado por el comunicado fechado el 25 de abril, falso en lo esencial y defectuoso en su redacción: “El Comando General de la Armada hace saber a la población que los cinco cadáveres aparecidos en la costa de Rocha, presumiblemente de nacionalidad china u otro país asiático y que estuvieron en el mar entre 20 y 30 días por lo cual son totalmente inidentificables. Que presentan señales de violencia y tienen las manos atadas a la espalda. Se presume que fueron arrojados al mar desde algún barco”.

Años después, Blanca Germano, que escribió el expediente sobre los cuerpos hallados en Colonia en su carácter de jueza de Paz de Colonia Valdense, dijo que ya en ese momento le pareció “un verdadero disparate” la historia “de asiáticos que se habían amotinado a bordo de un barco”.

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El comunicado de la Armada uruguaya intentando desviar la atención sobre las desapariciones en la Argentina se entiende en el contexto del Plan Cóndor, un acuerdo de las dictaduras sudamericanas de los años 70 con la CIA estadounidense cuyas acciones militares y de inteligencia tenían como objetivo destruir los movimientos que se les oponían.

No se trata de establecer comparaciones entre la dictadura argentina y la de Uruguay, que tuvo sus particularidades y lejos estuvo de desdeñar el uso de la violencia y el homicidio en su afán persecutorio, pero careció de la furia genocida que definió a los jerarcas liderados por Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera, por mencionar a un par de los más sanguinarios.

Juan María Bordaberry (Partido Colorado) asumió como presidente constitucional de Uruguay el 1 de marzo de 1972 pero al año siguiente disolvió las Cámaras legislativas y siguió gobernando al frente de una dictadura. El país oriental venía sufriendo una grave crisis política, económica y social desde el gobierno de Jorge Pacheco Areco (1967-1972) y con el golpe se anticipaba por el camino del autoritarismo en casi tres meses a lo que sucedería en Chile con Augusto Pinochet y en casi tres años al derrocamiento en Argentina de María Estela Martínez de Perón.

La dictadura que comenzó Bordaberry y continuaron los también civiles Alberto Demicheli (1976), Aparicio Méndez (1976-1981) y Gregorio Álvarez (1981-1985) dejó números pavorosos: 123 personas asesinadas por razones políticas y 192 desaparecidos, según datos actualizados en 2015 por la Secretaría de Derechos Humanos, y la impresionante cifra de entre 300.000 y 400.000 exiliados, siendo que al finalizar los gobiernos de facto Uruguay tenía poco menos de tres millones de habitantes.

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Siguiendo el relato de los apropiadores de Victoria Montenegro, María Sol Tetzlaff nació el 28 de mayo de 1976 en la clínica del Sol de San Isidro. Fue la segunda hija de Herman (Germán en la fonética familiar) Tetzlaff y María del Carmen Eduartes, apodada Mari. Su hermana María Fernanda, 10 años mayor que ella, tampoco era hija biológica de ese matrimonio. Desde siempre sintió adoración por su papá, un descendiente de alemanes de dos metros de estatura, 145 kilos de peso, ojos verdes y cabello rubio, al igual que Mari. Nunca le llamó la atención ser morocha, en todo caso se enojaba por no haber salido parecida a sus padres. Siendo una niñita nadaba en la pileta con los ojos abiertos, para que se le aclarasen, y no era raro que soñase con amanecer un día siendo rubia.

Fue criada en un ambiente atravesado por profundas convicciones religiosas, del tipo concurrir a misa en forma regular, y de hecho estudió por propia iniciativa en un colegio de monjas. La patria era también una premisa en el hogar de los Tetzlaff, y aludía a una causa nacional, la bandera celeste y blanca, su defensa contra el enemigo apátrida. No se hablaba allí de dictadura, sino de Proceso de Reorganización Nacional.

Parte de su infancia transcurrió en los monoblocks de Villa Lugano, inaugurados en los inicios de la década del 70. Ese paisaje urbano se combinaba con las arboledas del cuartel de Villa Martelli, hasta donde acompañaba a su padre. Supo lo que eran las armas, pues abundaban en su casa y en el enorme auto de Herman. Y también de ideología: aspiraba a seguir la carrera militar. Supo además de pesadillas, estados nerviosos y golpes de mamá Mari. La llegada de la adolescencia vino con el amor de Gustavo, un precoz casamiento y el nacimiento de Gonzalo, su primer hijo, a los 16 años. Fue la misma época en que se enteró que no era hija biológica de los Tetzlaff y el terror de perder su amor por ser “hija de la subversión”. Comenzaba allí un largo proceso, lento aunque irreversible, cuya deriva fundamental sería pasar de ser María Sol a ser Victoria, con un tiempo de transición. Como una superposición de tramas.

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Roque nació el 16 de agosto de 1955 siendo el menor de ocho hermanos. Morocho, de piel y de cabello, de contextura física mediana, para su familia fue antes Toti que Roque. La fotografía disponible utilizada para ilustrar documentos oficiales y las pancartas que reclamaban su aparición lo muestra con un peinado típico de los años 70, lacio, abundante y engominado, a la manera de Alfredo Zitarrosa en la portada del disco Pa’l que se va. Solo que con un rostro juvenil, de rasgos aindiados, con la nariz ancha, los labios generosos, ojos oscuros y profundos, como mirando lejos, y cejas apenas arqueadas.

Conoció en la niñez a Hilda Ramona Torres Cabrera, o simplemente Chicha, y siendo los dos adolescentes integraron un movimiento de Boy Scouts, donde comenzaron un romance cuyo itinerario los llevó pronto hacia la Juventud Peronista, el portal para ellos de la militancia política. Al igual que muchos jóvenes metanenses, se vincularon luego a Luis Eduardo Rizo Patrón, un profesor de matemáticas llegado desde Santiago del Estero que era amigo de Mario Roberto Santucho, uno de los fundadores del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organizaciones a las que los dos jóvenes se sumaron junto a varios integrantes de la familia Torres Cabrera.

En septiembre de 1974 todo comenzó a precipitarse cuando Hilda, de entonces 16 años, fue detenida en Tucumán y su madre Brígida debió viajar a pedir su liberación. Ya se vislumbraba el Operativo Independencia y con él una ola represiva sin precedentes en el norte del país. Brígida y su hija Lucía Magdalena fueron encarceladas en 1974 y solo obtuvieron la libertad ante la opción del exilio, el de la chica en 1978 rumbo a Italia y el de la madre en 1981, con salida hacia Suiza. Con los encarcelamientos, Hilda y Roque pasaron a la clandestinidad y ya no volvieron a Metán, sino que tomaron rumbo hacia Buenos Aires, donde siguieron militando. Por esa época Pedro era el nombre de guerra de Roque, y Mari el que utilizaba Hilda. Ella era rubia, de ojos azules, y destacaba por su carácter decidido, no exento de estallidos, y por una belleza que supo utilizar a favor de difundir las proclamas partidarias en acciones relámpago a bordo de un colectivo de pasajeros, por caso, típicas de esos años. Roque, en cambio, tenía una personalidad conciliadora, de tranco lento y ánimos tranquilos. La pareja se estableció en una casa de William Morris, en el partido bonaerense de Hurlingham.

El 31 de enero de 1976 nació Hilda Victoria Montenegro Torres en el Hospital Israelita de Buenos Aires y unos pocos días más tarde, el 13 de febrero, los tres fueron secuestrados en el partido de Lanús por una patota encabezada por el coronel Tetzlaff. La fecha y el destino que les aguardaba a Roque y a Hilda demuestra que el plan sistemático de exterminio llevado a cabo por la dictadura se inició antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, y los primeros años de vida de Victoria dejan a la vista que el robo de bebés como práctica irrumpió por la misma época.

La tragedia de los Torres Cabrera fue mayor aún con los secuestros perpetrados a fines de mayo de 1976, en San Salvador de Jujuy, de Juana Francisca y Pedro Eduardo, ambos hermanos de Hilda, que también permanecen desaparecidos, en su caso desde el 10 de junio del mismo año, los dos después de un traslado desde el penal jujeño de Villa Gorriti.

En cuanto a Metán, sufrió al menos 25 bajas -entre muertes y desapariciones- de militantes durante la dictadura, entre ellas la de Rizo Patrón, que en 1973 fue electo diputado provincial por el peronismo. Poco después del golpe una patota secuestró a su hijo mayor –también llamado Luis Eduardo- y para liberarlo le exigieron que se entregase él. Fue así que el 13 de julio de 1976 su cuerpo acribillado fue arrojado en la plaza de Metán, debajo del monumento al General José de San Martín, donde estuvo tirado gran parte del día a la vista de todos.

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Antes de su destino final, la urna con los restos de Roque descansó casi tres meses en la iglesia de la Santa Cruz, en el barrio porteño de San Cristóbal. Quedó allí en custodia a partir de una ceremonia celebrada por el padre Carlos Saracini, el 21 de mayo de 2012, a la que asistieron Victoria, su esposo Gustavo y sus hijos Gonzalo, Sebastián y Santiago.

No fue una casualidad. Ese templo fue durante la dictadura cívico militar, y lo sigue siendo, un bastión en la defensa de los derechos humanos. Allí están enterradas quienes en vida fueron las Madres de Plaza de Mayo María Ponce de Bianco, Esther Ballestrino de Careaga y la fundadora de la agrupación, Azucena Villaflor, junto a la militante comunista Ángela Auad y la monja francesa Léonie Duquet. Esas cinco mujeres y otras siete personas, entre quienes estaba la también religiosa gala Alice Domon, tuvieron en común que fueron secuestrados entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977 en una verdadera cacería gestada en el momento en que fueron marcadas por el genocida Alfredo Astiz, infiltrado en el grupo que allí se reunía con el nombre Gustavo Niño, diciendo que tenía un hermano desaparecido. Todos fueron arrojados al mar en vuelos de la muerte. La diferencia con el destino de Roque Montenegro, lanzado sobre el Río de la Plata, fue que sus cadáveres fueron hallados en costas argentinas.

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La historia concluyó en el mismo sitio que fue origen de todas las cosas: San José de Metán. Apoyada al oeste en las yungas, hacia el otro extremo se abre la llanura chaqueña. Llegado agosto, el mes seco, ofrece un clima de temperaturas bajas. Sin embargo, el 16 de agosto de 2012, el pleno sol adelantó la primavera. Victoria llegó ese día al aeropuerto Martín Miguel de Güemes acompañada por los suyos y portando la urna con los huesos de Roque, que luego depositó junto a su familia metanense en un nicho construido con sus propias manos en el cementerio local. A la manera de una albañila revocó  las paredes y en el piso incrustó piedras recogidas en el río de las Conchas, el paseo obligado en los veranos de la niñez de su padre.

En Metán nació él y nació Hilda, que permanece desaparecida y se sospecha que fue lanzada al río en el mismo vuelo de la muerte que Roque. Allí se amaron y allí abrazaron  una causa que trascendió sus vidas, que dejó un  testimonio que recogieron los que vinieron después. Un día, entonces, él volvió, y lo abrazó un pueblo. Victoria dice que la sangre es más espesa que el agua; podría decirse que toda el agua del Río de la Plata no pudo lavar la memoria de su padre.

Existen otras miradas, otros actores, otras explicaciones. Hubo leyes y juicios, luchadores populares, voluntades políticas, que permitieron que Roque retorne a ese lugar que es uno solo pero que puede ser, a la vez, todos los lugares: el del origen, que, al decir de don Horacio Guarany, guarda la infinita riqueza. 

*El autor es periodista y escritor. Su último libro es En el Oeste (Ed. Entre Ríos)

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