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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

04 de abril de 2018

Las voces que se insubordinan

Ponen el cuerpo para decirle al mundo que sus padres son genocidas. No niegan ni avalan, repudian. El colectivo "Historias Desobedientes" llegó hace diez meses para sacudir las memorias y gritar a viva voz que acompañan el camino que marcaron las Abuelas y las Madres, y se ponen a disposición. La palabra de tres de sus impulsoras: Liliana Furio, Laura Delgadillo y Analía Kalinec. 

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Empezaron unas pocas. Se animaron a marchar juntas en la movilización de “Ni una menos” donde mostraron su bandera hecha a las apuradas. Quince días después, un domingo que irónicamente coincidía con el Día del Padre, organizaron la primera gran asamblea. Hoy -calculan- hay unas 80 personas que se sienten arropadas en esta red de hijas e hijos de genocidas, que salieron al mundo para “aportar una voz nueva, completar la historia y hacer todo lo que esté al alcance para acompañar a los organismos de Derechos Humanos en sus consignas de Memoria, Verdad y Justicia".

Laura Delgadillo, Ana Kalinec y Liliana Furio son tres de las mujeres que le ponen el cuerpo a Historias desobedientes y con faltas de ortografía, este grupo que vino a sacudir las memorias. O como les dijeron hace unos días al final de una charla que dieron en un centro de la comunidad judía cerca de Ezeiza: "Mírenlas, porque ellas están haciendo historia".

¿Sienten que están haciendo historia?

Laura: Es muy fuerte todo lo que nos pasó, a mí me parece que hace diez años que estamos con esto, pero son apenas diez meses. Pero es que pasaron tantas cosas en el medio: marchas, compañeros, nuevas historias. Tenemos un objetivo y vamos hacia ahí y no nos damos cuenta de cómo pasa el tiempo, de las cosas que vamos haciendo y alcanzando.

Analía: Estamos organizando todo esto porque es muy nuevo. Por ejemplo el 24 de marzo después de la marcha se comunicaron seis personas que nunca se habían contactado, algunas del interior, algunos eran nietos. Hoy somos más de 80 que estamos contactados. No todos están en el grupo, pero son personas que dejaron su mensaje, que expresan que se sienten más tranquilas desde que saben que existe el colectivo o que quieren participar desde algún lugar. Lo que nosotros asumimos es una posición de mucha responsabilidad, fundamentalmente cuando vamos tomando dimensión, una dimensión que nos la va dando el otro, que nos devuelve una nota periodística, un mensaje de Facebook, el comentario de una compañera de laburo. Y ahí es donde una se va dando cuenta de la importancia de lo que estamos haciendo. 

Dicen que tienen un objetivo ¿hacia dónde van?

Laura: Creo que se trata de aportar una voz nueva, de completar la historia de la memoria colectiva, de hacer todo lo que podamos para acompañar a los organismos históricos, en sus consignas de Memoria, Verdad y Justicia y todo lo que eso involucra. Es en ese sentido que presentamos el proyecto de ley para habilitar a las hijas, hijos y familiares de genocidas, a dar su testimonio para que podamos aportar a las causas de lesa humanidad.

Analía: En un artículo que salió en Página 12, Fabiana Rousseaux hace una lectura de lo que fue el 24, donde dice que ya no es algo sólo de los organismos sino de la sociedad argentina. Entonces, desde ese lugar, a nosotros nos toca ser parte como hijas e hijos de un genocida. Somos parte de esta sociedad que pudo avanzar, que pudo hacer juicios, que pudo dar vuelta atrás la impunidad, que pudo generar un marco legal para que estos crímenes sean condenados. También es cierto que hubo un punto de inflexión con el cambio de gobierno, porque nosotras vemos el retroceso que se intenta en materia de política de derechos humanos... Y entonces nos vimos fuertemente interpeladas y nos preguntamos ¿a dónde voy? ¿Qué hago con esto?. Y surgió este colectivo.

Liliana: A mí me parece importante destacar que Historias desobedientes no nace como un grupo de catarsis, aunque a veces pueda serlo, sino que tiene un sustento político. Entendimos cabalmente la coyuntura, el horror de lo que se venía. Y la importancia de esto que estábamos armando nos la dio todo lo que empezó a pasar casi de inmediato con la prensa, incluso con la prensa extranjera. En ese sentido, recuerdo perfectamente el día que nuestra compañera Erika Lereder llegó diciendo que estaba Telefé filmando en la esquina. Fue nuestra primera sorpresa.

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“Hola y chau”

“Yo tenía 17 años cuando tuve certeza absoluta de lo que pasaba en el país y que era lo que pasaba con la desaparición de mi tía María Ilda Delgadillo, el 22 de agosto del 77. A partir de ahí dejaron de ser un secreto muchas cosas. A partir de ese momento hubo una gran ruptura familiar. Yo con mi padre traía varios problemas, mi madre ya había intentado suicidarse después de que desapareció mi tía, hermana de mi padre, y que fue la partera de los mellizos Reggiardo Tolosa. Después, ellos se separaron en el 79. O sea que fue todo muy rápido. Me quedé con mi madre y con mis abuelos, pero seguía teniendo contacto con él, porque tengo cinco hermanos que iban a verlo, y después tuve una hija y él era su abuelo, aunque no teníamos un vínculo muy fuerte.

En mi familia en general, con mi papá nadie hablaba. Con decirte que teníamos un espejo en la habitación de mis viejos, donde dejábamos pegadas cartas con las cosas que necesitábamos o el boletín para que lo firmara. Lo veíamos solo los fines de semana y después, cuando ya fui más grande, ni siquiera los domingos porque me iba. No fue una buena persona ni cariñosa ni amable, hubo mucho maltrato de parte suya. Las únicas veces que me hablaba era para retarme. A veces, era solo un hola y chau.

Mis hermanos no me acompañan con Historias Desobedientes, pero no me lo impiden, salvo una de mis hermanas que piensa que yo odio a mi viejo, pero está equivocada, ojalá fuera así porque sería más fácil. La única que está conmigo es mi hija. El resto, nadie.

Cuando resurgió la democracia, resurgí yo también: empecé a militar en derechos humanos en La Plata, colaboraba con las Madres y estuve tres años ayudando con los juicios hasta que me empezaron a afectar a nivel personal los testimonios que escuchaba. Ahí fue donde contacté a alguien que había visto a mi tía en el 78 y eso fue tremendo porque pensaba que mi tía había estado viva dando vueltas por distintos centros, pero en 2008 aparecieron sus restos y ahí confirmamos que había muerto al mes de la desaparición. Fue un gran alivio. Después a la sentencia de La Cacha no pude ir”.

Jorge Luis Delgadillo murió en 1999. Estuvo diez años cuadripléjico. No llegó a ser juzgado por su participación en delitos de lesa humanidad, como comisario de la Policía Bonaerense.

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“¿Vos pensás que soy un monstruo?”

“Yo nací en el 79 y nunca jamás había vinculado a mi papá con la dictadura. Cuando me llama mi mamá en agosto 2005 para decirme que estaba preso, yo no entendía nada. Mi papá nos decía que era todo mentira, que estaba armado, que los zurdos habían llegado al poder. Yo le creía, teníamos un vínculo de mucho afecto. Seguí yendo a visitarlo incondicionalmente, como hacía toda la familia. Pero la verdad se impone.

Mi papá nos había dicho que nunca iban a elevar la causa a juicio oral porque no había elementos, pero lo hicieron en 2008. Empecé a dudar, leí la causa, lo googleé y me empiezo a hacer un mapa de lo que fueron los años 70. Fue un momento muy doloroso: leer lo que decían los sobrevivientes, leer el expediente, leer a Pilar Calveiro... El basaba su estrategia de defensa negando todo y nosotros por relatos intrafamiliares sabíamos que había participado y que él reivindicaba su participación. Entonces cuando leo lo que testifica me doy cuenta de que había mentido. Desolada, lo fui a ver por última vez. Le pregunté si había estado. Se puso muy nervioso y me dijo: Vos no entendés porque eras muy chica, esto fue una guerra, no fueron 30 mil. Si pusieran una bomba en un lugar donde iban a matar muchos inocentes, ¿vos no harías cualquier cosa para saber dónde está esa bomba.

Le pregunté si pretendía que justificara la tortura; fue una pesadilla esa situación. Cuando me despedí, sin haber hecho una completa lectura de la trascendencia que estaba teniendo esa charla en mi vida, él me preguntó: ¿Vos pensas que soy un monstruo?, a lo que le respondí que como papá no, pero todo lo demás lo tenía que pensar. Al otro día me llamó, estaba llorando: necesito que me digas que me querés. Yo le repetí que como papá sí, pero lo que había hecho estaba mal. Cuando llegué a casa escribí "Carta abierta a un represor", era el 30 de junio de 2008. Esa carta está por ahí. Cuando armo la página de Historias Desobedientes, lo hago en verdad para subirla. Y ahí comienzo a pensar cómo le explico esto a mis hijos y empiezo a escribir una especie de diario íntimo, porque lo que estaba pasando afectaba todos los vínculos, se estaban quedado sin abuelos, sin tíos, sin primos... Era desolador. Lo que pasó es que la familia cerró filas y yo quedé afuera. Entonces empecé compulsivamente a hablar. Ahí es cuando doy la nota para el libro Hijos de los 70 (de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny).

Con mi mamá la relación tuvo idas y vueltas. Ella cursaba una enfermedad desde hacía mucho tiempo. Tuvo dos veces cáncer de mama en esos años que mi viejo estuvo preso hasta que murió y la última etapa nos turnábamos con mis hermanas para cuidarla, con la condición de no hablar de estos temas. Mi papá no sabía que yo estaba yendo a verla. Era fuerte, porque mi papá llamaba y mi mamá le decía que estaba sola. Una vez mi hermana me contó que cuando ya estaba inconsciente, mi viejo le dijo: Si salís de esta te prometo que la perdono a Analía, le doy un beso y un abrazo delante tuyo...

Y la remato con esto: empieza la sucesión de mi mamá. Mis hermanas me dicen que todo iba ser para papá porque ella nunca había trabajado. Me entero que mi mamá había comprado unos bonos siguiendo instrucciones de mi viejo. Sale la autorización para retirar los bonos y en el medio yo ya estaba con Historias Desobedientes. Entonces mi papá y dos de mis hermanas que acompañan con sus firmas presentan un escrito para declararme indigna, para que no pueda heredar. El texto arranca diciendo que yo fui detectada por grupos activistas en la Facultad de Psicología. O sea, mi papá preso por delitos de lesa humanidad, condenado con sentencia firme, presenta un escrito para que yo sea declarada indigna y desheredarme”.

Eduardo Emilio Kalinec, alias “Doctor K”, fue subcomisario de la Policía Federal. Está condenado a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad, preso en Devoto.

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“Parece que tu viejo también”

“Mi situación es diferente de la gran mayoría del colectivo, porque mi viejo está con prisión domiciliaria y para mí esa situación es una mierda. Fue un camino larguísimo, doloroso, muchos años de vivir en un tupper y dentro de la familia militar. Mi discurso era toda esa mierda, pero con algunas críticas, estaba contenta de que había retornado la democracia y criticaba lo que significaban los golpes militares, pero en gran medida negando el horror; adherí al discurso negacionista e incluso reivindicatorio, como que en la guerra no había otra opción, que siempre había excesos. Tenía una gran ignorancia: me había casado muy joven y dedicado mi vida a criar a mis tres hijas.

Sin embargo, recuerdo que en los 90, durante esa época de banalización, de pizza con champagne, de indultos, un día mi vieja puteó a las viejas locas de Plaza de Mayo y yo le dije: No te quiero escuchar más putear a esas mujeres, porque si a vos o a mí nos hubieran desaparecido a un hijo estaríamos ahí también con los pañuelos en la plaza. Y otra cosa que recuerdo es que alguien, por la misma época, me vino a decir algo así como parece que tu viejo también, a lo que le respondí que no tenía ni idea de lo que había hecho, que me imaginaba que había formado parte de toda esa mierda, pero que no tenía ni la más mínima data. El me retrucó diciendo que había hijos que lo estaban empezando a repudiar y lo mandé al carajo, le dije que había un Estado que no condenaba, que no enjuiciaba, que indultaba y que encima me estaba haciendo cargo a mí de que mi viejo no estuviera en la cárcel.

Lo mejor que nos hubiese podido pasar era que lo llevaran a una cárcel común, porque con la domiciliaria te meten al condenado dentro de tu casa y vos transitas tu vida intrafamiliar como si nada hubiese pasado. Es un horror porque son delitos de lesa humanidad, con todo el dolor que eso me provoca.

La verdad es que no me va a alcanzar la vida para entender cómo mi madre estuvo once meses acompañando a mi padre en el juicio, viendo y escuchando todo lo que yo después leí en las declaraciones de los sobrevivientes. Y estuvo los once meses, todos los días sentada ahí. Y cuando volvió me interpeló porque yo me había pasado de bando. Hablamos más de dos horas, se fue llorando de mi casa; sé que jamás voy a poder entenderla, excepto si pienso en que las subjetividades de las mujeres de esa época la pueden haber despojado de su subjetividad real. De hecho recuerdo cuando era chiquita y ella le hacía frente y mi viejo le decía que la única que le podía hacer frente era yo, como una dualidad hasta de orgullo por mi rebeldía. Los dos se encerraban en el cuarto y había mucha violencia, él la insultaba mucho, nunca le pegó, pero había mucha violencia verbal y psicológica que ejercía sobre ella, y yo pensaba que la iba a matar y me ponía a llorar detrás de la puerta, aterrorizada e impotente. Pero eso después dejó de suceder por completo... La doblegó.

Yo soy la mayor de cuatro hermanos varones. El que me sigue murió y era el único que lo veneraba, con devoción. Los tres más chicos están a favor de los juicios, pero tramitan mejor que yo este vínculo”.

Paulino Furió fue Jefe de la División Inteligencia (G2) de la VIII Brigada de Infantería de Mendoza. Está condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad, pero goza del beneficio de la prisión domiciliaria. 

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¿Por qué no salieron a hablar antes?

Analía: Porque estaba la justicia, estaban en la cárcel, estaba encaminado.

¿Antes de Historias Desobedientes participaron de otras marchas por Memoria, Verdad y Justicia?

Laura: Desde algún lugar todos hemos estado.

Ustedes rompieron con sus familias, con los mandatos, incluso se podría pensar que rompieron con su clase ¿Cómo lo viven?

Liliana: Creo que rompimos varias cosas...

Analía: Yo creo que es un camino genuino el que estamos haciendo; es lo que corresponde, no negamos lo que pasó ni lo avalamos. Estamos haciendo lo que un ciudadano comprometido puede hacer, pero nos tocó justo ser sus hijas o sus familiares.

Liliana: Les salió el tiro por la culata, con el 2x1 -por ejemplo- en vez de conseguir impunidad, consiguieron que saliéramos nosotros. Fue hasta impensado, pero surgió con una gran potencia y de una necesidad visceral.

Analía: Habla de nosotros como emergentes de una conciencia social, de lo que fue la marcha de los pañuelos, de lo que es el 24 de marzo, de lo que fue el repudio a Etchecolatz. Ya no son sólo organismos, son personas organizadas que repudian, y nosotros, como hijas e hijos, también repudiamos. 

Liliana: Somos parte de esa humanidad lesionada también, más allá de ese vínculo. Hoy estamos muy encima de la cosa y no tenemos perspectiva, falta la distancia y el tiempo para que decanten muchas cosas.

Analía: …pero hay como un efecto dominó que se está dando en el interior de nuestras familias. Nietos que se acercan y eso interpela a los padres, los primos, los tíos y se empieza a mover todo.  

Laura: Una compañera trajo a una sobrina y a la hermana y van apareciendo hermanas y hermanos…

Liliana: En principio hacen catarsis y después se sienten contenidos y aliviados y muchas veces quieren seguir en esta participación que básicamente es por los derechos humanos, acompañando un camino que nos marcaron las Abuelas y las Madres, y nos ponemos a disposición. Esto también lo queremos decir porque hay algunos sectores, minoritarios, que no entendemos porqué, nos están mirando con desconfianza.

¿Hay experiencias como las de ustedes?

Liliana: No, por eso hicimos tanto ruido. Porque en países donde hubo grandes genocidios, como Alemania, hay hijos y nietos que han hecho público su repudio hacia ese accionar de sus antecesores pero no existe ningún colectivo. Parece que somos un caso inédito.

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