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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

15 de julio de 2018

Ana no duerme

Amigo íntimo de Ana Amado, una de las mujeres clave en la historia del feminismo en la Argentina, el autor la define con amorosa precisión en toda su hondura y la recuerda como una de esas personas que dejó huella en todo lo que tocó. Por esto es que María Moreno la incluyó como una de las figuras centrales de la muestra "Células Madre", que se exhibe en el Conti.

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Ana Amado es una de las mujeres homenajeadas en la muestra del Conti

María Moreno da siempre en el clavo. No: da la clave de nuestro tiempo. Llama “Células madre” a una investigación sobre prensa feminista en los primeros años de la democracia argentina, justo en el momento en que el Parlamento debate una Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que no necesariamente debería implicar la destrucción del/los embriones y que nos pone a pensar en los umbrales de lo viviente y en la potencia de las células madre (las hay totipotentes, pluripotentes, multipotentes, unipotentes y oligopotentes). En ese banco de células madre con las que María Moreno aspira a garantizar nuestra propia regeneración e, incluso, nuestra propia cura (María es curadora, pero también sanadora), Ana Amado tiene un lugar privilegiado, aunque no estoy seguro de qué clase de célula sería ni cuál su potencia: oligopotente o unipotente, con certeza no. Pero no me decido del todo entre las tres primeras potencias superiores. (http://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=310.)

Ana Amado (1946-2016) se refería a mí como “mi amigo gorila”. Yo me refería a ella como la presidente de la rama femenina del “Peronismo Paquete”. Para nosotros no existía la grieta porque el amor que nos teníamos superaba nuestras diferencias políticas (que no eran tantas, después de todo: odiábamos con la misma intensidad las doctrinas y las estéticas que avalan las desigualdades, el statu quo y la humillación del otro). Yo había conocido a Ana cuando estaba haciendo mis cursos para el doctorado. Me indicaron que debía hacer un curso de “Lectura de películas”, y la suerte quiso que lo único parecido fuera, en ese momento, la materia “Análisis de Películas y Crítica Cinematográfica” de la que Claudio España era su titular y Ana su adjunta. No recuerdo qué decía por entonces España (creo que sus clases abundaban en anécdotas y otros desperdicios), pero sigue siendo muy vívida la profunda impresión que me causó Ana: una mujer hermosa, impecablemente peinada (¡en la Facultad de Filosofía y Letras!) y que sabía todo sobre cine y sobre los métodos analíticos más contemporáneos.

Como yo trabajaba por entonces en una cátedra parecida, “Teoría y análisis literario”, estaba siempre pendiente de las patinadas que cualquier colega pudiera cometer. Ana no cometió ninguna, ni entonces, ni en los veinticinco años posteriores, durante los cuales fuimos cada vez más amigos.

El estilo hablado de Ana, que puede todavía apreciarse en algún video de Internet, era entrecortado porque cuando uno le hacía una pregunta ella realmente escuchaba y trataba de pensar la mejor respuesta (no para ella, sino para su interlocutor). Además, había nacido en Santiago del Estero, lo que le daba un peculiar matiz y una entonación deliciosa al castellano que hablaba (y que a mis oídos la colocaban en un altísimo sitial afectivo porque las lenguas y los cuerpos intervenidos por el terruño que aquí llamamos “el interior” me son siempre mucho más queribles).

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Ana había empezado a trabajar como conductora de televisión en Santiago del Estero y cuando se mudó a Buenos Aires, también lo hizo en canal 7 y después junto a César Mascetti en Telenoche. Pudo ser Mónica, pero su potencia celular la llevó muy pronto a otra parte.

El interés de Ana por el cine, del cual fue siempre la más fina analista que yo haya conocido, no era sólo académico porque para ella las imágenes tenían una potencia ética a la que no sólo no debía renunciarse: había que perseguir hasta sus últimas consecuencias. Ana ponía su talento al servicio de un material que muchas veces no estaba a su altura y que, generosamente, mejoraba con su mirada y atención al detalle.

Era una de esas personas que, como dijo Georges Didi-Huberman, a quien ella citaba, “buscan experimentar lo que no ven, lo que ya no veremos, o más bien experimentan lo que con toda evidencia no vemos (la evidencia visible)”. El cine era para Ana la patria de los gestos (y por eso mismo hizo pasar toda la política por el cine) pero también una memoria espectral, un trabajo de duelo magnificado.

Junto con su marido, Nicolás Casullo, se exilió en México, donde siguieron estudiando, dando clases y militando y donde tuvieron dos hijas. En México realizó el documental Montoneros, crónica de una guerra de liberación (1976, 117 min, blanco y negro) junto con Nicolás (lo firmaron como Cristina Benítez y Hernán Castillo, por si acaso). Es una de las pocas muestras de cine hecho en el exilio, junto con Las vacas sagradas de Jorge Giannoni (1977), cuyo original está en Cuba; Esta voz entre muchas de Humberto Ríos (1978); Resistir (1978) de Jorge Cedrón (aka Julián Calinki); y Las tres A son las tres armas, firmada por Cine de la Base (1979). En La imagen justa, naturalmente, Ana recuperó algunas de esas experiencias de articulación entre cine y política que a ella le interesaban existencialmente.

Volvió en 1983 a Buenos Aires, con un campo disciplinar de intereses ya transformado en otra cosa: las relaciones entre cine y política, desde ya, pero también la articulación entre género e imágenes. Escribió en Mora, revista pionera de crítica feminista, circulaba por Lugar de Mujer, donde se presentaba como corresponsal en Argentina de Fempress, la Red Alternativa de Prensa Feminista para América latina, fundó con Nora Domínguez y Dora Barrancos el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género.

En 1985 participó de la III Conferencia Mundial de la Mujer en Nairobi (Kenia). Fueron 15.000 mujeres que sentaron las bases del programa y plataforma de acción que se establecería diez años después en Beijing.

En agosto de 1986, Ana escribió un informe especial titulado “Aborto”. Al año siguiente, fue convocada para integrar el Consejo de Asesoras de la Subsecretaría Nacional de la Mujer.

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Sé que Ana ya no está con nosotros y por ahora soy incapaz de comprender un mundo sin ella, sin la cadencia de su voz, sin su disparatada manera de pararse frente al mundo, sin su agudeza y su sentido del humor. Nunca la escuché quejarse y la he visto realizar esfuerzos sobrehumanos, ya enferma, para asistir a una conferencia donde ella creía que iba a poder aprender algo.

Por fortuna nos quedan sus libros. Junto con Susana Checa hizo Participación sindical femenina en el Sindicato Gráfico (1999); con Nora Domínguez, Lazos de Familia. Herencias, cuerpos, ficciones; con Norma Valle y Bertha Hiriart hizo Espacio para la igualdad. El ABC de un periodismo no sexista, títulos en los que volcó algunas de sus preocupaciones militantes.

Pero es en la lectura del cine donde mejor brilla, donde mejor lucen sus interrogaciones éticas, donde más se siente su calidez, su agudeza, sus inclaudicables (y para nada ingenuas) posiciones históricas: Imagens afetivas no cinema latino-americano (2002) y La imagen justa. Cine argentino y política (2009), donde el título robado a Jean-Luc Godard le sirve para sostener una idea de justicia al mismo tiempo que la precisión formal.

En cuanto al feminismo, desdeñaba las posiciones esencialistas. Si bien reconocía que “en los años sesenta, cuando el feminismo abordó el tema de las imágenes, lo hizo de manera binaria y se centró en las desigualdades entre lo masculino y lo femenino”, el tratamiento que ella pretendía aspiraba a más, porque pensar el género supone pensar cuerpos, sexualidades, identidades (fijas o móviles).

En La Imagen justa, Ana se detiene en la “Carta a Vicky” de Rodolfo Walsh: "«He visto la escena con sus ojos», escribe Walsh, intercambiando tiempo y lugar con su hija y dentro de la lógica de un discurso político tensado al máximo por la intimidad con la muerte”.

Sí, Ana es una célula madre de nuestro tiempo. Y es de las más potentes, porque esa intimidad que ella estableció a su pesar con su propia muerte no le impidirá reproducirse en y para nosotros y mantenerse en y para nosotros indefinidamente, mientras nuestra memoria así lo permita, mientras sus libros y sus imágenes nos sigan interpelando, mientras no dejemos de amarla, con la constancia del caso, porque ella estará allí, para permitir que nos regeneremos y que y que nos curemos de la despolitización planificada del mundo.

*Células Madre, la prensa feminista en los primeros años de la democracia sigue abierta al público hasta el 29 de julio  en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. En el marco de la muestra se realizará el 21 de julio a las 18 la performance "25 feministas 25", conducida por María Inés Aldaburu.

*El autor es escritor y director en la Universidad Nacional de Tres de Febrero de la Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos y el Programa de Estudios Latinoamericanos Contemporáneos y Comparados.

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