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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

26 de octubre de 2018

Un refugio mexicano

Información de imagen
Manifestación de exiliados frente a la embajada argentina en México

Año 1981

Nos dijeron que íbamos de vacaciones, que no era necesario que lleváramos nuestra colección de revistas de Batman. La única imagen que tenía de México era la escenografía de la serie El Zorro y eso es lo que esperaba ver. Mis abuelos maternos y mis tíos fueron a despedirnos a Ezeiza. Hubo abrazos fuertes y prolongados y mi mamá lloró. Ahí me di cuenta que pasaba otra cosa y lloré también en el bus que nos llevaba al avión.

Llegamos a México DF de noche. En el aeropuerto nos esperaban Lito Marín y Cacho Pegoraro. Mis hermanos y yo estábamos encantados de ver a Lito después de más de un año. Se destacaba entre los adultos y sabía hacerte sentir bien. Tenía mucho sentido del humor y a la vez era serio. Era atento con los niños y para nada infantilizante.

Salimos del aeropuerto en dos autos camino a Cuernavaca –a menos de 100 kilómetros del DF- donde nos esperaban Cristina y las chicas, Anto y Guada. Lejos de las casas blancas, los tejados y el aljibe de El Zorro, me sorprendió ver muchos edificios modernos. Era 1º de marzo de 1977. Los Marín se habían ido en el ’75 y se instalaron en México en el ’76, después de pasar un tiempo en Europa. Fue muy grato llegar a su casa: la confianza de un lugar seguro. Hubo que romper la timidez con las chicas. Un año y medio era buena parte de nuestras vidas: Antonia tenía seis años y Guada, cinco. Mis hermanos Nicolás y Bruno tenían nueve y cinco años y yo, siete. Íbamos a dormir todos en la misma habitación. Nos sentamos en la mesa a comer algo y nos hicieron una breve introducción a México, donde en lugar de “dale” se decía “sale” o “sale y vale”. Al dulce de leche se le decía “cajeta” y se hacía con leche de cabra.

Al despertarnos vimos el enorme jardín y todo era colores. En contraste, mis recuerdos de Buenos Aires son casi en blanco y negro, como nuestras fotos de esa época. Inmediatamente empezamos a ir a la Ilnamiqui, una escuela activa donde iban las chicas, dirigida por Alejandro Chao, psicólogo piagetiano y ex seminarista dominicano. Era muy distinta a El Reformatorio, como llamábamos sin cariño a la escuela Juan Bautista Alberdi a la que íbamos en Belgrano, toda de varones y con el patio de losa. En la Ilnamiqui había un jardín enorme con pileta y árboles. Era mixto y no se usaba guardapolvo ni uniforme. Los distintos grados compartían clases y espacios. En una ocasión en que Chao nos mostraba una lámina de un feto flotando apaciblemente en líquido amniótico, alguien gritó “ es como flotar en la alberca!”, y entre gritos todos salieron corriendo en dirección al agua, desvistiéndose en el camino. No lo podíamos creer.

Nos sentamos en la mesa a comer algo y nos hicieron una breve introducción a México, donde en lugar de “dale” se decía “sale” o “sale y vale”. Al despertarnos vimos el enorme jardín y todo era colores. En contraste, mis recuerdos de Buenos Aires son casi en blanco y negro.

Algunos domingos nos despertábamos temprano e íbamos a la misa del obispo rojo, Sergio Méndez Arceo, en la catedral de Cuernavaca, de la que me impresionaba los colores de la luz atravesando los vitrales.

No todo fue una fiesta. Seis meses después nos mudamos a México DF y msi padres Lucio y Norah se separaron. Fue una alegría para nosotros que se juntaran antes de fin de año. Terminaba un período de incertidumbre y de cierta indefensión que parecía largo. Ya comprendiendo que no estábamos de vacaciones, preguntamos por nuestra colección de revistas. Mi abuela paterna, Alina, que se había encargado de vaciar el departamento de Freire y Juramento, nos escribió contándonos que “un día llegó la Mujer Maravilla y se las llevó todas”. Enseguida comprendimos que las había arrojado al incinerador. Éramos pequeños, pero no creíamos en Dios ni en superhéroes.

“Un refugio mexicano” - Revista Haroldo | 1

En el DF fuimos a la escuela Kairós, también cofundada por Chao y con una onda parecida a la Ilnamiqui. Los tres hermanos nos integramos rápidamente a la vida mexicana. En casa hablábamos en argentino y afuera hacíamos switch al mexicano, con total naturalidad. Lo argentino pertenecía a una intimidad familiar, a los fines de semana en Cuernavaca o a los veraneos en el Pacífico con los Marín y otras familias.

Vivimos los primeros años en Copilco 300, un conjunto habitacional de 17 edificios, en las inmediaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El nuestro era el número 1 y estaba alejado del resto. Estábamos en el departamento 103, primer piso, con vista a un enorme espacio vacío que años después se transformaría en una amplia avenida. Era nuestro campo de batalla y campo de deportes. Justo debajo de nosotros había una familia uruguaya: los Abdala. En el 303, dos pisos arriba, estaban los Failache, también uruguayos y amigos del músico y compositor Alfredo Zitarrosa.

Con Ernesto Abdala y Nicolás Failache, los Geller hacíamos equipo y jugábamos contra unos mexicanos que vivían en una zona de casas. Eran más chetos que nosotros y con un estilo yanqui. Eran fresas, en mexicano. Ya sea jugando béisbol o fútbol americano, los partidos eran encarnizados y podían terminar a las piñas o a las pedradas.

Un uruguayo que nos marcó fue Lucas Minello, hijo de tupas y un año mayor que Nicolás. Lucas nos bajaba línea de la lucha contra la dictadura. Estaba muy informado para su edad y nos regalaba posters y otros materiales. En su primer visita a México, el Zeide y la Bobe (nuestros abuelos), se quedaron impactados al ingresar a nuestra habitación y ver las paredes cubiertas de afiches del Ché junto a Camilo Cienfuegos, la Carta a mis Hijos, la Moneda en Llamas con las últimas palabras de Salvador Allende, un retrato de Marx y otras imágenes por el estilo, algunas de las cuales compramos nosotros mismos en las librerías de la calle Copilco. Más tarde fueron remplazadas por pósters de fútbol americano, por el que estábamos apasionados y del que nos fuimos haciendo expertos.

Otro espacio de argentinidad era el CAS o la CAS: la Casa Argentina de Solidaridad, donde se organizaban actividades culturales, festines de empanadas y sobre todo reuniones políticas.

Otro espacio de argentinidad era el CAS o la CAS: la Casa Argentina de Solidaridad, donde se organizaban actividades culturales, festines de empanadas y sobre todo reuniones políticas. Nos gustaba cuando Lucio y Norah volvían de las asambleas, comentando críticamente las discusiones y las frases más álgidas de la jornada. Recuerdo que festejaron una vez cuando Tununa Mercado terminó un altercado con “que cada uno haga de su pito un culo”. Otra vez, ya cerca del final del Exilio, llegaron molestos porque unas compañeras que volvían a la Argentina, proyectaron un corto que habían hecho para la ocasión. “No puede ser que lo único que aparezca de México son unos mariachis. ¿Dónde estuvieron todos estos años?”. Nos interesaba mucho lo que nos contaban, pero lo que más disfrutábamos era verlos a mis padres tan compinches.

Cuando tenía 9 ó 10 años, un equipo de televisión vino a la escuela para hacer un programa sobre los niños y sus anhelos. Nos preguntaron que queríamos para el año que viene. Alguien quería que lo lleven a Disneylandia. Mi amigo Damián quería que mejore Vlad, su perro bóxer atigrado que estaba enfermo. Sentí que tenía que aprovechar la oportunidad y decir algo importante. Cuando me pusieron el micrófono disparé que mi mayor deseo era una revolución en Chile y Argentina. “¿Y tú crees que puedes hacer algo al respecto?” me sorprendió el entrevistador. “Pues... no sé” contesté, y quedé ofuscado. Aguardé con ansiedad la emisión del programa. Estaba toda la familia sentada frente al televisor cuando llegó el momento. Justo se fue la luz y nos perdimos mi parte. Tal vez fue mejor así: me salvaba del escarnio de mis hermanos.

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Nos enterábamos de cosas muy dolorosas, insoportables de concebir. Circulaban por casa testimonios de tormentos mimeografiados o escuchábamos, inevitablemente, conversaciones. A cuadras de casa estaba el Centro Cultural Universitario (CUC), también fundado por curas dominicanos: veíamos todo lo que pasaban, incluyendo las películas de Costa Gavras o La Batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo. Para los chicos era natural acompañar a nuestros padres a actividades políticas: estuvimos en la festejada recepción a Héctor Cámpora en el CAS y en un acto, junto a mi madre, en la UNAM para entregarle a Julio Cortázar una carta de los exiliados en México. En algunas ocasiones nos fueron a buscar a la escuela antes de la salida para ir a una manifestación frente a la embajada argentina, como en la foto que acompaña esta nota. No sé quién la sacó. Es cerca del año '81. El bigotón que aparece a la izquierda es Cacho Pegoraro, y mirando para atrás aparece Jorge Bernetti. Entre los niños reconozco a Nicolás Pírez y al Gauchito Rosenfeld. Mi hermano Bruno (de remera rayada) y yo sostenemos la pancarta que dice "Fuera militares argentinos de Centroamérica".

Por esa época Lucio nos contó que algunos hijos de exiliados se estaban empezando a juntar para armar una agrupación: la JAE, Juventud Argentina en el Exilio. Un poco para darle el gusto y otro para ver de qué se trataba, fuimos con Nico a Villa Olímpica y tuvimos una reunión con Magdalena Jitrik, Marinés Roque y Pablo Funes. Decidimos sumarnos. Las reuniones eran los fines de semana, en distintas casas, o en el CAS. Yo era el más chico, con doce años. Los más grandes tenían veintipico. Se discutía apasionadamente. Se imprimían volantes y se hacían actividades de difusión contra la dictadura. Botéabamos, muñidos de una lata, para juntar fondos para los presos políticos de Argentina. Las latas llevaban pegado el logo de la JAE que yo había diseñado y del que estaba muy orgulloso. Participábamos pero, al mismo tiempo, nos sentíamos un poco aparte. Nuestra vida social y afectiva se concentraba en el Icarie, la secundaria a la que entonces íbamos. Al volver a casa de las reuniones nos reíamos del hecho que fueran todos tan pero tan argentinos. Y, a su vez, ellos a nosotros nos decían “los mexicanos”.

Una vez al año teníamos que renovar las visas con un trámite en la Secretaría de Gobernación. México mantenía la tradición de recibir exiliados políticos, como lo hizo con los españoles republicanos en la presidencia de Lázaro Cárdenas. Exigía, eso sí, que los asilados no participaran en luchas políticas locales, por lo cual los lazos solidarios se construían indirectamente o con recaudos. Comparado con el México actual, el de mis recuerdos parece muy tranquilo. Pero había mucha injusticia y mucha más pobreza en la calle de la que habíamos visto en Argentina.

En el estado de Guerrero, durante los años setenta, hubo una fuerte actividad guerrillera, como la del Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas, y la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, de Genaro Vázquez Rojas. Ambos eran egresados de Ayotzinapa y fueron ejecutados pocos años antes de que llegáramos a México. Los vuelos de la muerte comenzaron allí, desde Acapulco, un año antes que en Buenos Aires, y continuaron mientras estábamos nosotros. De eso me enteré muchos años más tarde.

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