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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

18 de enero de 2019

Delia, la lucha de una libélula

Delia Giovanola afrontó la desaparición de su único hijo Jorge Ogando y su nuera Stella Maris Montesano, embarazada de 8 meses, en octubre de 1976. A los pocos meses, se incorporó a la lucha de Madres y Abuelas y fue una de las 12 fundadoras del grupo. En 2011 su nieta mayor Virginia se suicidó. En noviembre de 2015, después de 39 años de búsqueda, Abuelas de Plaza de Mayo restituyó la identidad de su nieto Martín, nacido en el Pozo de Banfield y apropiado.

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Febrero de 2016. Delia Giovanola festeja sus 90 años. Entra disfrazada de libélula a un salón repleto de familia y amigos. Alguien la guía hasta su regalo, una caja enorme. Le dicen que es una heladera. La idea de recibir un electrodoméstico no le gusta para nada pero se presta al juego porque los invitados animan la escena, aplauden y cantan. Va sacando los papeles que envuelven la caja y en un momento se queda dura. Dentro de ese paquete, no hay una heladera sino que está Martín, el nieto que acaba de recuperar y que es la luz de sus ojos. Es la segunda vez que lo ve desde que Abuelas le restituyó su identidad, en noviembre de 2015, después de 39 años de búsqueda.

Delia es vital, pura energía. Recibe a Revista Haroldo en su departamento de Villa Ballester, un hogar pequeño y luminoso, repleto de fotos de sus nietos y bisnietos. Su atención es múltiple: responde las preguntas pero al mismo tiempo se fija que el mate no se lave, muestra fotos, envía y recibe WhatsApps como una millenial y cuenta chistes. Tiene un ringtone único y especial para los mensajes de Martín. No es una mujer de 90 y pico convencional: no le gusta hablar de enfermedades ni de dramas. Afirma que su vida es un “impulso”.

Tres meses antes de llegar a los 90, en noviembre de 2015, las Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron la restitución de Martín: el segundo nieto de Delia, el 118 que recupera la identidad gracias al organismo. Treinta y nueve años antes, en octubre de 1976, el terrorismo de Estado había secuestrado y desaparecido a su único hijo Jorge Oscar Ogando (“Jorgito” para ella) y su pareja, Stella Maris Montesano, embarazada de 8 meses. La pareja ya tenía a Virginia, de 3 años, que fue criada por Delia y su marido.

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El jueves 5 de noviembre de 2015 Delia se había comprometido a ir a un acto en el CCK. En las reuniones de los martes, las Abuelas leen las invitaciones que les llegan y entre ellas se organizan para participar. Poco después del mediodía, se subió al auto que la llevaría al centro y apenas dio la vuelta para subir a General Paz le sonó el teléfono celular.

-Delia tenés que venirte a Abuelas – le dijo una secretaria.

-No puedo ir, estoy yendo al CCK.

-Cambiá y venite para Abuelas – insistió la colaboradora.

-Te digo que está el acto, que me comprometí a ir – explicó Delia.

- El acto se suspendió – inventó sobre la marcha la trabajadora.

A la altura de la iglesia de la Virgen de la Medalla Milagrosa, cerca de Constitución, desde Abuelas llamaron de vuelta a Delia.

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- ¿Dónde estás?

Delia explicó que le faltaba un poco. -¿Pero qué pasa? – consultó.

- Nada, te estamos esperando para almorzar.

- Almuercen, yo comí en casa.

- Bueno, te esperamos para el postre.

Entró a Abuelas sin saber ni sospechar nada. Todos estaban serios. Preguntó qué pasaba. Estela y Claudia Carlotto [titular de la Conadi] y Abel Madariaga [secretario de Abuelas] estaban sentados y no decían nada. “Bueno, me voy”, amagó Delia. Pero se quedó. Sin más trámite, le anunciaron que habían encontrado a Martín. Se largó a llorar desconsoladamente. Enseguida llegaron las preguntas: dónde está, cómo lo voy a encontrar. El hecho de que viviera en Estados Unidos la entristeció.

Delia llamó a los suyos para contarles. Uno le fue avisando al otro y así en pocas horas Abuelas se llenó de parientes y amigos de Giovanola. Se quedaron en una habitación. El resto de las abuelas los dejaron celebrando y se fueron a otra oficina. En medio del festejo, un colaborador de Abuelas apareció y le avisó que Martín estaba en el teléfono y quería hablar con ella. En la conferencia de prensa de ese día Delia dijo que salió corriendo como una libélula de 89 años.

- Martín, Martín, ¿sos vos Martín? No lo puedo creer - saludó Delia. Del otro lado del teléfono hubo un silencio “tremendo”.

- Me estás diciendo Martín y yo te estoy escuchando – le respondió su nieto.

- Uy, perdóname, ¿cómo te llamas? – reconstruye Delia.

- Abuela, vos me podés llamar como quieras, me buscaste 39 años.

El primer diálogo se extendió por una hora y media. Delia lloró varias veces, él estuvo muy emocionado también. Le pidió que le cuente sobre su mamá y su papá y sobre ella. Aún hoy le cuesta preguntarle sobre su vida. Repasa, con algo de resignación, la tristeza de no haber podido ver sus primeros pasos, de no haber podido acompañarlo en el primer día de clase, en las primeras decepciones en el amor.

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Desde chico, Martín supo que era adoptado. La pareja que lo crió no podía tener hijos, les pasaron el dato de una clínica en Wilde donde se vendían bebés y allí fueron. Eligieron, cuenta Delia, a un chico rubio de ojos celestes. Martín había nacido el 5 de diciembre de 1976 en el Pozo de Banfield; Stella Maris tuvo a su segundo hijo acostada en una puerta de metal que hacía de camilla, esposada y tabicada. Después del parto, la obligaron a baldear el lugar. Martín y su mamá estuvieron juntos por cinco días, los únicos en los que Stella Maris durmió en un colchón. En el año 2000 Delia supo que su nuera falleció de una infección post parto. “Yo, que en mi vida enfrenté todo, eso lo quise borrar, no lo podía entender”, cuenta.

Las investigaciones de Abuelas revelaron que la partera que firmó la partida de nacimiento de Martín es la misma que fraguó otras cuatro de hijos de desaparecidos. En agosto del año pasado se designó al Tribunal Oral en lo Criminal 2 de San Martín para juzgar los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos Pozo de Quilmes y Pozo de Banfield. Entre otros, están imputados el ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz y su mano derecha Juan Miguel Wolk, con prisión domiciliaria en Mar del Plata pese a haberse fugado de la Justicia.

Martín se crió en Buenos Aires y en el año 2000 se fue a vivir a Miami. Se acercó a Abuelas porque la mujer que lo crió lo acompañó e incentivó la búsqueda. Llegó hasta el organismo de derechos humanos con su partida de nacimiento y planteó que podía ser hijo de desaparecidos. Quiso dejar una muestra de sangre en ese momento, pero en Abuelas le aseguraron que iban a estudiar el caso y si hubiera certeza sobre su origen lo iban a citar. Al estar en el exterior, como sucedió con otros casos, la muestra de sangre se envió por cartera diplomática, con todas las precauciones.

A principios de abril de 2015 Martín dejó su sangre y siete meses después, en noviembre, llegó la confirmación de la filiación. La muestra se cotejó con la sangre de Delia, de los Ogando, los Montesano y con la de su hermana Virginia, que lo buscó incansablemente hasta que se suicidó, en agosto de 2011, como una consecuencia más del terrorismo de Estado.

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Jorge Ogando y Stella Maris Montesano se casaron y tuvieron a su primera hija, Virginia, en junio de 1973. Jorge trabajaba en el Banco Provincia de Capital. Stella Maris se había recibido de abogada y sus primeros casos fueron como defensora del gremio de ladrilleros y de empleadas domésticas. El departamento en el que vivía la pareja en La Plata era centro de reuniones, paraban allí amigos y compañeros.

Los secuestraron el 16 de octubre de 1976. Delia los vio por última vez una semana antes. La familia se había reunido para ir a una misa por el primer aniversario de la muerte de la mamá de Delia, la abuela de Jorge. Después del oficio religioso, se reunieron en el departamento de Jorge y Stella Maris, enfrente de la iglesia. Delia recuerda que ese día Jorgito “se ausentaba” y ahora imagina que estaría muerto de miedo. “Todo eso lo pensamos después…porque te quedan muchas cosas…una se pregunta: ¿cómo no me di cuenta?”, refiere.

La palabra miedo había aparecido por esos días en boca de su nuera. La última vez que los vieron, Stella Maris le dijo a Delia que tenían miedo porque había desaparecido Edgardo Miguel Ángel Andreu, a quien Virginia había apodado ´Bigo´ por sus bigotes y que se estaba quedando en el departamento de la pareja en La Plata. Le contó que la semana anterior había ocurrido un tiroteo en la esquina de su casa. Delia no tenía ni la menor idea de lo que estaban viviendo. Solo empezó a atar cabos una vez que secuestraron a su hijo y su nuera embarazada. A partir de los testimonios que pudo reunir en estos años, supo que Jorge había ido a la Dirección de Inteligencia de la Policía provincial –la temible DIPBA- a denunciar la desaparición de Bigo.

- Llegaron encapuchados y se llevaron a Jorge y Stella Maris también encapuchados. Quedó Virginia – le soltó Liliana, la hermana melliza de Stella Maris, a Delia por teléfono algunas horas después del secuestro.

Al día siguiente viajó a La Plata a averiguar un poco más y se llevó a Virginia con ella. El grupo de tareas que secuestró a Jorge y Stella Maris avisó al departamento contiguo que había quedado una nena durmiendo en una cuna.

La Plata, ciudad universitaria por antonomasia, fue un territorio arrasado por el terrorismo de Estado: se estiman más 3.000 detenidos-desaparecidos. Uno de ellos es Emilio Ogando, “Patato”, primo hermano de Jorge.

- ¿Qué sabía del acercamiento de Jorge y Stella Maris a la militancia?

- Acá estamos en una lucha entre lo que yo sé y los demás opinan. Un día vino Estela (Carlotto) y me dijo que Jorge y Stella Maris pertenecían al ERP, le dije que yo no lo sabía. Estela me comentó que Jorge usaba el nombre de guerra ‘Cobo’ y le dije que así lo habían llamado toda la vida, desde chiquito. Me pasé mi vida deseando que ellos hubieran tenido algo [resalta la palabra] que ver, que hubieran muerto por un ideal, que estuvieran metidos en algo que ‘justificara’ y creo que ojalá hubiera sido así. No lo encontré todavía.

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Delia Giovanola se crió en una casa de tendencia radical. Es la segunda de tres hermanos, Elsa y Mario, con los que se llevaba poco más de un año de diferencia. Eran muy apegados. Se casó con su primer novio, Jorge, a los 20 y al año siguiente nació su primer y único hijo, Jorgito. Su marido murió joven, a los 37. Trabajó como maestra; cuando quedó viuda se puso a estudiar para bibliotecaria, para complementar el sueldo. Los estudios de bibliotecología la hicieron ascender en su carrera porque tenía mucho puntaje. En 1968, mientras Jorgito hacía el servicio militar obligatorio, se volvió a casar. Se mudó con su pareja a Villa Ballester, donde él tenía una pequeña empresa. Al poco tiempo, en la nueva escuela la nombraron vicedirectora y dos años después, directora. Jorge se quedó viviendo en La Plata.

- ¿Qué le gustaba a Jorge?

- Treparse a los árboles y subirse a los techos. Mi mamá vivía frente a la estación de City Bell. Jorge se colgaba de los árboles de la casa de su abuela y le chiflaba a la gente que bajaba del tren. Se divertían así con los amigos. Jorgito, pero más Virginia, me traían cualquier bicho a casa, eran muy bicheros. En los veranos nos íbamos los tres meses de las vacaciones con mi marido y Jorgito a un chalet que teníamos en Salsipuedes (Córdoba) y salíamos a cabalgar, nos encantaba. Éramos muy aventureros. En mi casa han entrado tortugas, pájaros, esqueletos de pescados armados. Yo no compartía esos gustos pero se los permitía porque era propio de él. Virginia era exactamente igual, no hay fotos donde no esté con bichos.

Virginia llegó con 3 años a un hogar con una abuela joven y trabajadora y un marido que no había tenido hijos, pero hizo de abuelo. De chiquita decía que a sus padres se los habían llevado “a declarar”. Criada con una madre abogada, manejaba el lenguaje de Tribunales. “Hace poco me preguntaron si Virginia había reclamado. Y Virginia siempre le esquivó al tema. No preguntaba. Se escabullía. El tema de la desaparición de sus padres se le despertó con todo cuando empezó a trabajar en el Banco Provincia, a los 18”, cuenta.

Delia recuerda –y se le entrecorta la voz casi por primera vez en varias horas- el primer verano con Virginia.

- En diciembre de 1976 nos fuimos a Mar de Ajó con mi marido y Virginia. Íbamos cantando los cantitos del colegio, uno de ellos el del elefante trompita ‘que llama a la mamita’…y Virginia se largó a llorar. Son esas escenas que se te graban en la cabeza. Le dije que ya los iban a largar, que les habíamos avisado dónde íbamos a estar. Estábamos convencidos de que iba a ser así: la desaparición es algo que no se podía concebir.

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Amado Becquer Casaballe

La entrevista se extiende. Delia muestra fotos, álbumes enteros e invita a almorzar a un bar a dos cuadras de su casa donde come todo los días. Allí se siente a sus anchas, todos la llaman por su nombre y le tienen reservada su mesa.

Delia es el rostro de la célebre foto en la que se la ve a las Madres dando vueltas a la Plaza con un cartel que dice “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. Supo que había un grupo de mujeres que estaban empezando a reunirse en Plaza de Mayo a través de Adelia Atencio, la madre un desaparecido de la zona de San Martín, que la fue a ver a la escuela donde trabajaba y le comentó del movimiento, en ese entonces incipiente. Muy pronto se sumó; es una de las 12 fundadoras del grupo. El primer día frente a la Pirámide de Mayo se encontró con Azucena Villaflor: “Llegar a la plaza y encontrarme con Azucena fue sentir que me encontraba con mujeres que hablaban el mismo idioma. Y qué importante fue en mi vida y en todo el movimiento… Volví a ir todos los jueves, sentí que era mi lugar en el mundo, no podía dejar de estar ahí".

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Ella, que por entonces manejaba un rastrojero, cargaba a las madres y abuelas en la caja del vehículo e iban para todos lados: reuniones, charlas, juzgados. Aún en dictadura, presentaron hábeas corpus tanto por los jóvenes desaparecidos (sus hijos) como por los bebés (sus nietos) en los tribunales de menores.

A medida que pasaban los jueves, se iban sumando más y más mujeres. “Nos obligaron a circular y automáticamente dimos la vuelta. Es decir que nuestro movimiento lo fomentaron ellos, nos obligaron a caminar y empezamos a dar vueltas. En las primeras vueltas éramos 10 o 12, a la semana siguiente éramos 20 y después 30. Los milicos hacían de todo para disuadirnos, nos tiraban caballos y nos apuntaban con armas largas pero también con gestos, como ahora”, reflexiona esta mujer de casi 93 con la alegría a flor de piel y la agilidad de una libélula.

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