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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

30 de marzo de 2019

Carlos y Cristina imaginados. Aporías y poros

Ilustración Federico Geller
Información de imagen

El principio comienza en el final: en el ahuecamiento de sus cuerpos, en la dureza de esa bala redondeada y fría, en el peso de esos ataúdes acres y desvencijados. Un punto en el tiempo y espacio que se convierte en agujero negro que lo succiona todo.

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“Los amaba, los extrañaba, los quería conocer, volver a ese instante y avisarles que venía la patota, que corrieran... Eso era cobarde. Él sería incapaz de dar su vida por lo que pensaba y quería de este mundo. Él no podía ser héroe, no quería. Por eso seguía y seguía buscando aquellos humanos defectos que rompieran el mandato. Y el mandato, sus estatuas y sus mártires, eran perfectos”.

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Pero entonces, para no quedar anclado en ese momento trágico, en ese remolino infinito, el relato pide avanzar… yendo hacia atrás: buscar en quienes los conocieron los por qué, los cómo, los para qué. Bucear en el torbellino de sus compromisos políticos y sus deudas cotidianas, de sus aciertos y errores, de sus gustos y disgustos. Luego intentar ordenar: nacimientos, escuelas, enamoramientos, militancias, discusiones, decisiones. Identificarse.

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“Porque a la hora de / comer, dormir, amar / querían encontrar / la paz / de saberse luchadores
por una felicidad que no pretendían sea eterna, / sino simplemente compartida”.

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En Florianópolis, el Argelino me contó que la última vez que se vieron estuvieron discutiendo mucho de política y que después de un largo rato mi viejo coincidió en que lo más razonable era salir del país, pero que él no lo podía hacer porque tenía a cargo la seguridad de muchos compañeros. La siesta tropical se hizo más pesada.

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Sabina dijo: “No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

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Hallar algunas narraciones familiares, un par fotos y papeles, la señorita de inglés, el traje de la primera comunión, algún enamorado, varias anécdotas de sus cumpas, las últimas cartas… y mucho silencio.

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“Cambió de teta y le susurró con palabras de ojos: te amo, si alguna vez nos separamos nunca te olvides que con tu papá te quisimos tener, con amor te hicimos, con todo el amor del mundo, a pesar que este mundo es muy injusto… si nos separamos alguna vez nos comprenderás… si nos separamos no tengas miedo, siempre estaremos ahí… si nos separamos otra pareja, tan fuerte y joven y llena de amor como tu papá y yo, te va a criar… alguna vez nos comprenderás”.

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Entonces imaginar el resto, perderse en la imaginación. Perderse. Hasta que te encuentra alguien. Una vez me crucé con un hombre en una plaza, él me había buscado ¿Sos el hijo de Cristina?... La última vez que la vi estaba embarazada de vos. Lo único que quiero decirte es que me contó que fuiste planeado y buscado”. No recuerdo su nombre, sólo que es psicólogo como ella.

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“Sentido de su ausencia” escribió Pizarnik. Presencia de su ausencia. Aporía.

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Pedacitos de esquirlas cargadas de amor y dolor. Fragmentos a los que les he demandado en vano alguna plenitud de sentido. Tejer y hacer de los fragmentos una narración, una re-composición que los re-cree en un imaginario profundamente encarnado.

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“Otras lenguas, las que se están destrabando del tartamudeo del sobre-vivir, dicen que dicen que a mis viejos les gustaba el tango, que discutían que si Edmundo Rivero era más popular que Julio Sosa o Goyeneche, que si Piazzolla era o no el mejor alumno de Troilo, que si Discepolín te llevaba a la rebelión o la resignación, que… Les gustaba discutir, quién sabe, indómita cuestión de gustos rebeldes. Eso sí, me contaron que ambos lloraron cuando murió Pichuco porque creían que su bandoneón había callado. En eso se equivocaron, la alquimia de la memoria es poderosa. La sed de justicia está intacta y sigue alimentando almas, con risas y llantos, como leche dulce”.

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Pero: ¿Cómo eran sus voces? ¿Su piel? ¿Guarda mi cuerpo memorias de sus abrazos? En el funeral de mi abuelo un primo de mi viejo se me acercó y me dijo si quería saber cómo era su voz… Lo miré tan fijo que lo único que agregó fue “escuchate”.

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Vuelve y revuelve Blades: “¿Cómo se llama a un desaparecido? Con la emoción apretando por dentro”.

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En La Perla, esa estudiante de Georgetown encontró la fisura del relato que estaba haciendo sobre qué es, para mí, la generación del ´70: “Ud. dice que las nuevas generaciones deben rescatar lo que sirve de la generación del 70 y descartar aquello que no sirve, ¿Qué es lo que Ud. descarta?” “La ética sacrificial” esbocé temerariamente. La verdad es que aún, en mi cuerpo, no aprehendí lo que implica deconstruir la idea de sacrificio. Y, aunque suene políticamente incorrecto e incoherente, me irritan mucho las personas que laburan de víctimas. Una cosa es reconocerse como tal y luchar por lo que te corresponde y otra, parecida pero muy distinta, vivir creyendo que sos tan especial que todos te deben algo.

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“Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto, los dos materiales que forman mi canto”. Violeta siempre está.

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Casualmente, mientras intento en vano armar este relato, encuentro una caja de fotos, otras: me veo bebé, niño, adolescente; me descubro riendo con los padres que, si bien no me dieron la vida, me enseñaron a vivirla; me emociono al encontrarme jugando con mi hermano o con los amigos que me escucharon y me dieron buenos consejos. Me fortalezco viendo a mis cumpas ocupando la calle, militando, aquel escrache, esa otra marcha, los juicios. Nadie se salva solo.

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Una conocida de mi compañera dijo una vez que todo hueco, para ser, tiene bordes: “Las pieles están llenas de poros, la pared tiene fisuras. Si no fuera así, la vida no fluiría.”

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Me veo viendo a mis hijos y pienso que tengo que hacer lo que pueda para que no vivan en un mundo tan desigual, tan injusto, tan mentiroso. Y así, por fin, vislumbro que no quedar anclado en ninguna imagen fija es un buen comienzo.

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18 Noviembre de 2018 – 18 Marzo de 2019

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