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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

20 de septiembre de 2015

Judíos, subversivos, terroristas, delincuentes...

La despolitización del otro

El "enemigo" se configura de maneras específicas, según las sociedades y los momentos históricos. Sin embargo hay una matriz, un formato al que se recurre para eliminar esa supuesta amenaza. En este ensayo, la politóloga argentina traza un recorrido para comprender cómo opera esta construcción que facilita el acto de excluir a determinados grupos sociales como sujetos ciudadanos primero, como sujetos de derecho después y finalmente como sujetos morales.

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Las fotografías corresponden a la muestra El presente del pasado de Natalia Calabrese que se exhibe en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti

Cuando los investigadores de la Escuela de Frankfurt emprendieron el estudio del autoritarismo, iniciaron su trabajo con una investigación específica sobre el antisemitismo. Sin embargo, según el propio Adorno, fueron cambiando su foco de atención para centrarse de una manera más general en la construcción del prejuicio dirigido a cualquier grupo considerado minoritario; es decir, observaron cómo se realiza la construcción del Otro a excluir y eventualmente eliminar.

Según su estudio, ese proceso inicia con la creación de un “enemigo imaginario”, un estereotipo del Otro, que tiene poca o ninguna relación con lo que efectivamente es, dentro del que se inscribe implacablemente una multiplicidad de “otros” a los que, siendo diversos, se los trata como si conformaran en conjunto una masa homogénea. Este Gran Otro, genérico y falso, se presenta como un enemigo despreciable y peligroso a la vez. Ambas cualidades, una sobre la otra, intentan justificar el deseo y la supuesta necesidad de destruirlo. La condición “amenazante” del Otro se incrementa por una suerte de ubicuidad -ya que puede estar en cualquier parte- y por cierta intrusión -dado que penetraría insidiosamente en el mundo “decente”-, así que su destrucción se presenta como imperiosa para evitar que Él nos destruya a Nosotros. Este enfrentamiento entre los “otros” y “nosotros” organiza todo el campo social, a la vez que invierte la relación, haciendo ver como un peligro para la sociedad al grupo que, en verdad, es el que está siendo amenazado. En consecuencia, se responsabiliza a la víctima del castigo, que supuestamente merece, y que nunca es suficiente.

Estas serían las características principales de una especie matriz general para la construcción del Otro, en términos genéricos, que se ha configurado de maneras específicas, según las sociedades y los momentos históricos en los que se ha recurrido a este “formato” para la eliminación de un grupo social.

Los nazis construyeron al Otro, en torno a la figura del judío, lo cual no quiere decir que sólo los judíos fueran objeto de extermino sino que en El judío se concentraron todos los rasgos de “lo otro” considerado despreciable y peligroso por el nacionalsocialismo alemán.

Enzo Traverso señala que los nazis no vieron a los judíos como un pueblo atrasado o salvaje, sino como un enemigo, que podía guiar a una especie de “internacional de subhombres”, como los eslavos, en contra de la civilización. Los consideraban como el cerebro de un posible Estado de esos “subhombres”, reuniendo así los componentes despreciativos y amenazantes planteados por Adorno. A su vez, invertían la condición de los amenazados al presentarlos como amenaza potencial. Por lo tanto, su eliminación “adquiría la dimensión grandiosa de un combate regenerador” de lo que ellos, como muchos otros en Europa, entendían por Occidente. El objetivo de la pureza racial, asumido como válido, utilizaba un argumento y una práctica biopolítica para un clásico objetivo político-militar: la conquista de Europa Oriental. De manera que no era suficiente una política antisemita dentro de Alemania sino que la misma debía inscribirse en una situación de guerra que permitiera ese objetivo. La guerra de conquista y el arrasamiento de poblaciones enteras se potenciaba con el componente racial.

El racismo nazi se fusionó con un rasgo político central de la sociedad europea de entreguerras: el anticomunismo. Los nazis retomaron la figura del judeobolchevique, desarrollada por la cultura conservadora, para la cual el bolchevismo se “biologizó”, representándolo como una enfermedad contagiosa cuyos bacilos no eran otros que los revolucionarios judíos. De esta manera, el nazismo asimiló toda diferencia racial bajo el “paraguas” de la lucha antisemita; asimiló cualquier resistencia a su afán imperialista con el “cerebro” judío capaz de liderarla y por último asimiló la oposición política de su enemigo principal, el comunista, con el otro racial, a través de la figura del judeobolchevique. Así, en palabras del propio Traverso, sintetizó el enfoque racista de la alteridad judía y la biologización de la subversión política, ambos preexistentes, pero hasta entonces disociados, uniéndolos en una política de expansionismo imperial, ya no en el mundo colonial, sino dentro mismo del continente europeo. Es decir, articuló sus objetivos políticos, los encubrió y los disimuló dentro de una política racial que contaba con mayor consenso dentro y fuera de Alemania

Opera así una despolitización del otro que facilita el acto de excluirlo como sujeto ciudadano primero, como sujeto de derecho después y finalmente como sujeto moral.

Al realizar todas estas asimilaciones lo hizo sustrayendo del primer plano los objetivos y las identidades políticas para colocar allí al judío, como una suerte de síntesis-parapeto de otras alteridades políticas, sexuales, nacionales. Construyó un otro principalmente racial, como paraguas para eliminar simultáneamente al gitano, al eslavo, al homosexual, pero también al comunista y al disidente, todos comprendidos como casos de “degradación” de la especie. Opera así una despolitización del otro que facilita el acto de excluirlo como sujeto ciudadano primero, como sujeto de derecho después y finalmente como sujeto moral.

La despolitización del otro- Revista Haroldo
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El Otro racial, el Otro político

En este sentido, la construcción de un Otro racial –que se sobrepone al Otro político- como ocurre en el caso nazi, reconoce diferencias, en principio importantes, con respecto a la construcción del Otro disidente-subversivo, que se realizó en el contexto de la llamada “guerra sucia” en nuestro país. Como todo proceso de exterminio, el Terrorismo de Estado se sustentó en una lógica guerrera que, ante la inexistencia de una guerra como tal, la inventó declarándola: la “guerra antisubversiva”.

Es cierto que las organizaciones armadas de los setenta esgrimían también argumentos bélicos, como el de la guerra popular y prolongada, que abonaron asimismo un recorrido antipolítico, pero lo hicieron sólo como respuesta a una violencia estatal previamente desatada y siempre muy superior, desde una posición claramente defensiva y donde nunca se impuso la lógica de la eliminación sistemática e indiscriminada de un otro definido como enemigo.

El Estado, en cambio, construyó desde el discurso, pero sobre todo desde su práctica, una situación de guerra efectiva, sin cuartel, contra un enemigo irreconciliable que era preciso aniquilar, poniendo todo su potencial al servicio de esa guerra. Pudo así definir al Otro que se proponía destruir: el subversivo, considerado como enemigo interno pero “infiltrado”, es decir como alguien que representaba intereses externos: un prójimo próximo que debía ser tratado como extranjero extraño. El solo hecho de construir el problema en torno a la situación de guerra es, en sí mismo, una primera forma de despolitización del conflicto porque, si bien están claros los vínculos entre guerra y política, coloca el enfrentamiento en la lógica bélica amigo-enemigo que cierra el debate, la disidencia e incluso la insurgencia, como ámbitos propios de la política.

Es importante recordar aquí que la figura de la insurgencia es interna a la política y que la resistencia violenta contra un régimen que usurpa la soberanía popular –como fue el caso de las dos dictaduras militares- ha sido reconocida como legítima no sólo por los movimientos revolucionarios sino incluso por pensadores fundadores del liberalismo como John Locke. La insurgencia, más que una suspensión es una restitución de la política contra los regímenes dictatoriales que la proscriben y la delincuencializan.

La guerra, en cambio, implica el ejercicio puro de la violencia y se dirime por la capacidad militar de los contendientes, dejando en un segundo plano el problema de la legitimidad o ilegitimidad del orden político. Por ello impone a una despolitización de hecho de los conflictos, obligando a las partes a centrar sus esfuerzos en matar o en sobrevivir en lugar de trazar estrategias, celebrar alianzas y, sobre todo, contraponer proyectos. Así pues, la construcción del problema efectivo de la violencia política de los años setenta en torno a la figura de la guerra, marca desde el vamos una intención despolitizadora por parte del Estado

La construcción del problema efectivo de la violencia política de los años setenta en torno a la figura de la guerra, marca desde el vamos una intención despolitizadora por parte del Estado.

El hecho de inscribir la guerra antisubversiva en el contexto de la DSN marcaba un límite a estos intentos de despolitización, ya que remitía el conflicto interno al existente entre la “civilización occidental” y el mundo comunista, recolocándolo casi automáticamente en el campo político. Sin embargo, los esfuerzos por despolitizar lo que era claramente político fueron constantes.

El “enemigo subversivo” se construyó de una manera difusa, capaz de abarcar casi a cualquiera que tuviera “ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana”, en palabras del general Videla, lo que sea que esto quisiera decir. La lucha en su contra se presentaba pues como un acto de defensa civilizatoria, de la familia, de la religión, de los valores morales y, claro está, de la propiedad, que podía resumirse en el famoso “Dios, familia y propiedad”, tríada que resultó al final tan claramente triunfante, si se observa la sociedad actual, y cuya permanencia victoriosa debería tranquilizar a los irritados “cruzados” de nuestro tiempo.

Se habló de subversión política, sindical e incluso económica, alargando el concepto y haciéndolo más difuso, para que cupiera en él un espectro social amplísimo, ajeno por completo a cualquier hipótesis de guerra. A la vez, se invirtió un gran esfuerzo en tratar de introducir la dupla “delincuente subversivo”, como forma de disolver la identidad política en la delictiva. En esta misma dirección, incluso se trató de asimilar la noción de subversivo con la de terrorista, ajena por completo a los movimientos armados argentinos, que no se caracterizaron por el recurso del terror como parte de sus acciones armadas.

La despolitización del otro- Revista Haroldo
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La despolitización del subversivo mediante su asimilación a las categorías de delincuente y terrorista tuvo una amplia caja de resonancia en las esferas de poder y en los medios de comunicación de la época. Sin embargo, se trataba de un artilugio tan flagrante que no logró, ni en su propia representación ni en el discurso, aislar efectivamente el componente político. Así, de pronto, algún militar se refería, por ejemplo, a “los delincuentes terroristas marxistas leninistas”, o en sus documentos y comunicados oficiales se mencionaba a las bdsm, es decir, las “bandas de delincuentes subversivos marxistas o montoneros”, asociando fatalmente lo que intentaban disociar.

Pese a la torpeza de estos intentos, los mismos tuvieron cierto éxito. No se puede olvidar que durante muchos años, la reivindicación de los “desaparecidos” pasó principalmente por su construcción como víctimas inocentes, es decir, por su despolitización, incluso por parte de familiares y organismos de derechos humanos. Poco a poco la memoria colectiva comenzó a rescatar y reaparecer las identidades políticas, de manera que los intentos de despolitización no lograron predominar en la memoria colectiva. Esto fue gracias al desmontaje de lo delictivo primero, de lo arbitrario o casual después y a la reinstalación de la dimensión política como parte de la lucha previa y posterior al terrorismo de Estado.

Hoy podemos afirmar, con suficiente consenso social, que el subversivo que se intentó exterminar en Argentina comprendía, en primer lugar, a los miembros de las organizaciones armadas –que no terroristas- y a sus respectivos entornos, lo que alcanzaba a numerosos militantes políticos y sindicales con niveles de vinculación a  veces cercanos y a veces muy distantes de las organizaciones guerrilleras. A continuación, incluía cualquier forma de militancia política que interfiriera con el proyecto militar, como la protesta sindical o la denuncia por la violación de derechos humanos, así como toda militancia de base o proyecto de organización popular. Los marinos de la ESMA afirmaban que dieron el golpe militar “para asumir el control del aparato del Estado y ponerlo al servicio de una política de extermino de los activistas de las organizaciones populares, tanto políticas como sindicales, estudiantiles y de los distintos estratos de la sociedad que expresaran su adhesión a proyectos de transformación social, calificados por las Fuerzas Armadas como contrarios al ser nacional y al orden social natural”. Está claro pues que ese orden social natural no es natural en absoluto  y que se refiere a un orden político específico.

Se podrían mencionar muchos rasgos atribuidos al prototipo del subversivo, tal como se construyó en los setenta, que refieren a cierto aspecto físico descuidado, promiscuidad sexual, descuido de lo familiar y en especial de los hijos o ateísmo, por mencionar los más vinculados al prejuicio, siempre moralizante. El elemento antisemita no estuvo ausente de esta construcción y, también entonces, se asoció judío con bolche y con subversivo, pero lo que constituyó al Otro como tal, es decir, como eliminable fue, de manera principal, la militancia. El subversivo era el militante activo, el que movilizaba, el que organizaba, el que resistía en la práctica, detrás del cual se eliminó a familiares, vecinos, incluso víctimas casuales; hubo un ensañamiento especial con los judíos, con los más pobres, con los trotskistas, pero la figura del Otro fue una figura construida entonces y reconocible hoy como claramente política: el Otro fue el militante, en especial el militante armado al que, ayer como hoy, se pretendía desdibujar detrás de la figura del delincuente.

En el momento actual el mundo entero está subido por completo a una gran ola, supuestamente democrática, pero que nos lleva a diferentes orillas. Y existen, dentro de esa ola, las voces que proclaman nuevas guerras contra Otros subhumanos, despreciables y peligrosos.

De lo mencionado hasta aquí, se desprende que el nazismo, como experiencia totalitaria con pretensiones de dominio mundial, construyó un Otro racial para la eliminación de cualquier otro disfuncional o disidente; que el terrorismo de Estado, como experiencia autoritaria inscrita también en un proyecto de control global por parte del Occidente capitalista, construyó un Otro que, aunque claramente político intentó despolitizar. En efecto, es necesario arrebatar la condición ciudadana del otro primero, es decir su condición política, para luego eliminarlo como sujeto jurídico, privándolo de la protección de la ley y colocándolo en el margen de la excepción. Una vez que estos dos momentos se consuman se abre la posibilidad de la más radical desaparición del Otro.

Es por eso que Hannah Arendt pensaba que la democracia podía ser una suerte de “vacuna” contra el totalitarismo (y podríamos agregar nosotros, contra cualquier forma de desaparición radical del Otro). Ella consideraba que, en la medida en la que el colectivo social conservara su condición política, resultaría prácticamente imposible arrebatarle las condiciones jurídica y moral. Por eso insistió tanto en que la despolitización de la sociedad y su retracción al ámbito privado, eran condición de posibilidad para el desarrollo del totalitarismo.

Por lo mismo, Arendt adivinaba la persistencia de las “soluciones totalitarias” en un mundo de aislamiento creciente, como el posterior a la Segunda Guerra, es decir, veía la posibilidad de abolición de la política y el derecho en lo que podríamos considerar un puro y permanente Estado de Excepción. Señalaba que esto, “como potencialidad y como peligro siempre presente, es muy probable que permanezca con nosotros a partir de ahora”, pero no parece haberlo pensado como una posibilidad interna, constituyente de las democracias realmente existentes.

En este sentido, habría que hacerse varias preguntas. En primer lugar, hasta qué punto las democracias actuales lo son; en qué medida preservan u obstruyen la condición política y jurídica de la sociedad que dicen representar y si son potencialmente capaces de construir, en su seno mismo, un Otro prescindible y eliminable. En tal caso, ¿quién sería el Otro de las actuales democracias?

Como no podría intentar desarrollar cada una de estas preguntas, daré por hecho que lo que llamamos democracias debería considerarse, en muchos casos, como una variante de simples oligarquías que garantizan el gobierno de los ricos. También partiré de que esas oligodemocracias, con forma democrática y sustento oligárquico, tienden a obstruir la condición política de nuestras sociedades antes que a alentarla. Pasaré entonces a centrarme en la posibilidad de construcción del Otro, que es nuestro tema de interés, dentro de estos sistemas políticos.

Las experiencias históricas antes mencionadas -por tomar sólo dos de particular relevancia para nosotros-, nos señala que los proyectos políticos totales y autoritarios se imponen por la creación de una situación de guerra total, de exterminio, contra un Otro que se muestra a sus contemporáneos como un sujeto degenerado, criminalizado, despolitizado, incluso a pesar de la evidencia en sentido contrario. Así la máxima expresión de la desaparición del Otro ocurre cuando se ha logrado previamente su desaparición política, que allana el camino para las sucesivas desapariciones que sobrevendrán.

No podemos hablar en términos generales de “la democracia”, como si se tratara de un mismo proceso en cualquier lugar del planeta o de América Latina. El fenómeno democrático juega papeles muy distintos según las experiencias históricas específicas. En el momento actual el mundo entero está subido por completo a una gran ola, supuestamente democrática, pero que nos lleva a diferentes orillas. Y existen, dentro de esa ola, las voces que proclaman nuevas guerras contra Otros subhumanos, despreciables y peligrosos.

La despolitización del Otro - Revista Haroldo
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Sujetos potencialmente eliminables

Hay dos “guerras” en curso, declaradas por algunas supuestas “democracias”: la guerra antiterrorista y la guerra contra lo que se ha dado en llamar “el crimen organizado”. Ambas definen un enemigo vago, que se construye, como siempre, por agregación de una serie de otros. La figura del terrorista concentra 1) a los miembros de grandes y oscuras redes, como Al Qaeda o Boko Haram, en algunos casos con fuertes indicios de su relación con las “democracias” que les han declarado la guerra 2) a los integrantes de organizaciones armadas muy diversas, algunas de carácter nacional, a las que se les niega la condición de insurgentes y 3) otras de resistencia lisa y llana a la invasión de su territorio nacional, como en el caso palestino o afgano. Así, Bin Laden, un guerrillero colombiano, un hombre-bomba irakí, un miliciano palestino o un resistente afgano se asimilan bajo la figura del “terrorista” cruel, demente, despiadado, pero sobre todo, despolitizado y delincuencializado, como si todos fueran lo mismo y como si ninguno pudiera representar un proyecto político racional.

La figura del delincuente y del “crimen organizado”, también opera por una agregación malintencionada que permite incluir en la categoría de enemigo desde la bandita de desocupados que se reúne para perpetrar simples atracos hasta las grandes redes del tráfico de estupefacientes, de armas, de personas, de órganos, coludidas con las redes legales de los mismos Estados que dicen haberles declarado la guerra. Por supuesto persiguen y detienen a los primeros en el supuesto intento por atrapar a los últimos. Ambos, terrorista y narco como las figuras paradigmáticas, se construyen como sujetos menos que humanos y peligrosos, a quienes es preciso exterminar. Ambos se construyen como un enemigo general, que amenaza a la sociedad en su conjunto, haciendo recaer en ella la autorización para masacrarlos. Pero estas guerras, de tolerancia cero, contra el terrorismo o el crimen no hacen blanco en las cabezas de las redes entrelazadas con el poder político hegemónico; hacen blanco o bien sobre las terminales de las redes, sobre los pobres utilizados como instrumento, brazo ejecutor, cuerpo prescindible, nuda vida, que las hace funcionar o bien contra los enemigos políticos, incluidos por agregación dentro de tales categorías, necesariamente flexibles y resbaladizas. Una y otra están al servicio de la actual reorganización hegemónica brindando, en un caso, la justificación para toda clase de intervención planetaria y, en el otro para toda clase de intervención policiaca, a nivel internacional, nacional y local, para garantizar una concentración y apropiación global de los recursos naturales, económicos y tecnológicos, sin precedentes.

La seguridad planetaria y la seguridad nacional, planteadas como prioridad en las agendas de buena parte de las democracias globales son la contraparte de una nueva política del terror y del miedo, según sea el caso, operada por redes estatal-corporativas. Si una de las características que preceden a la eliminación del Otro es la inversión de los términos, atribuyéndole la intención que anida en el propio Estado, hoy penetrado, fragmentado y confundido con la gran red corporativa, es posible afirmar que la guerra antiterrorista no es más que un dispositivo de producción de terror y el combate contra la inseguridad conlleva la proliferación de la inseguridad en todos los ámbitos de la sociedad.

Miedo y políticas de seguridad son uno la contraparte de las otras, ambos constituyen fenómenos profundamente políticos que se nos presentan “despolitizados”, así como los supuestos enemigos “comunes”, que deberíamos estar dispuestos a enfrentar a cualquier costo. 

Frente a estas nuevas “guerras”, todos somos sujetos potencialmente eliminables, aunque también es cierto que unos lo son más que otros. La sola sospecha de pertenecer a una de esas redes, la acusación de terrorista o delincuente, en verdaderos Estados de excepción que confunden hecho y derecho, se considera “prueba” de la culpa que amerita la suspensión de cualquier protección de la ley. No es una exageración, así ha ocurrido con los secuestrados en Guantánamo, que pueden ser liberados después de años de confinamiento y torturas, por falta de pruebas, o con los desaparecidos en decenas de centros clandestinos de detención operados por la CIA, con el consentimiento de los gobiernos supuestamente democráticos. De la misma manera se suspenden y anulan los derechos de los “narcos” detenidos, torturados, extraditados en procesos irregulares e incluso asesinados en los propios centros de reclusión, sin protección alguna y sin que nadie responda por sus bienes o por sus vidas.

Pero también cualquiera de nosotros puede ser eliminado por estas mismas redes terroristas o mafiosas, manipuladas por las estructuras centrales de acumulación de poder económico y político, en la medida en la que nuestra acción o nuestra simple vida se interponga con sus objetivos. Una bomba puede hacer saltar a cualquiera en las torres gemelas o en las calles de muchas ciudades de México. Las imágenes se repetirán interminablemente en la televisión y resaltarán nuestra indefensión. Para el caso da lo mismo, ambas son funcionales para afirmar las hipótesis de guerra que dan cabida al terror que paraliza, al miedo que desplaza, a la violencia que neutraliza o anula cualquier obstáculo a esta gigantesca operación de control político y económico del planeta.

Miedo y políticas de seguridad son uno la contraparte de las otras, ambos constituyen fenómenos profundamente políticos que se nos presentan “despolitizados”, así como los supuestos enemigos “comunes”, que deberíamos estar dispuestos a enfrentar a cualquier costo. Esta despolitización, esta retracción hacia lo privado es la mayor garantía para la proliferación de pretendidas “guerras” contra Otros que somos nosotros mismos, y que resultan tan funcionales al actual proceso de concentración global. A primera vista, el totalitarismo nazi se presentaba como la politización de todos los aspectos de la vida, en el sentido de la penetración del Estado en todos los niveles de lo social, sin embargo consistió en una despolitización radical que reducía lo político y lo social remitiéndolo a su simple dimensión biológica. El terrorismo de estado, por su parte, trató de desconocer que se disputaban modelos políticos distintos y, a través del miedo, pretendió detener la política. Por su parte, el modelo de las democracias globales se evidencia abiertamente como proceso de despolitización que criminaliza los procesos sociales, asimilándolos a estas figuras de su entera creación, para justificar una violencia eminentemente política. Se evidencia así la contigüidad entre democracia y totalitarismo a la que se refirió Giorgio Agamben.

Sin embargo, podemos decir que las democracias realmente existentes hoy no se reducen a esta versión “gemela” del totalitarismo. Existe una gran presión para orientarlas en esa dirección pero se han ido construyendo también resistencias muy poderosas, en especial en nuestra región.

Las democracias globales, parientas cercanas del totalitarismo, propician: 1) el antipoliticismo –algunas de cuyas manifestaciones más evidentes son el desprestigio de la política, el descrédito y abandono del espacio público, la reducción de la política a su dimensión administrativa, la despolitización de la sociedad y el sobredimensionamiento del espacio privado- 2) el énfasis en la seguridad y las llamadas políticas de tolerancia cero, en las “guerras contra el crimen” que atemorizan a toda la sociedad, la expulsan de la calle, la colocan en posición de vulnerabilidad extrema y en verdugo de sí misma, al empujarla a reclamar la abolición de sus propias garantías y asumir prácticas policiacas para detener una inseguridad cuya responsabilidad está en la base misma del Estado 3) la aceptación del discurso antiterrorista y su priorización en la agenda de seguridad internacional, dando por buenas las nociones de guerra y de terrorismo, muchas veces ligado al narcoterrorismo para hacerlo más visiblemente apolítico, como en el caso de Colombia y, más recientemente en México.

En contraparte, es posible pensar en alternativas democráticas que se propongan: 1) la dignificación de la política como espacio referido a lo común y, en consecuencia, fuertemente ligado a lo social; 2) el rechazo a la lógica según la cual toda política es necesariamente corrupta, que tiende a confundir todas las prácticas igualándolas; 3) la refutación de las lógicas de guerra, con la consecuente construcción de enemigos, y su suplantación por la identificación de luchas políticas específicas; 4) el desmantelamiento de la paranoia social en torno a  los problemas de seguridad, junto al desmontaje de las redes delictivas protegidas por sectores del propio aparato estatal; 5) el incremento de las políticas de solidaridad con los más desprotegidos, los pobres, que lejos de ser demagógicas como se intenta hacer creer para desprestigiarlas, rompen el ciclo de doble criminalización de los sectores populares, es decir, rompen tanto el prejuicio contra los más humildes como su utilización por parte de las grandes redes delictivas.

Estas orientaciones, presentes en algunas de las democracias actuales son, en la medida de las posibilidades de nuestro tiempo, contracorrientes que nos defienden de las guerras constructoras de un Otro, detrás del cual se agrupan muchos otros, en definitiva nosotros, como blanco privilegiados de la guerra, del terror y del miedo. Ese Otro –judío, subversivo, terrorista, delincuente- se construye desde el poder pero echando mano del imaginario colectivo, de nuestro propio imaginario. Por eso, en cada momento, las sociedades tienden a dar credibilidad a la construcción mentirosa del Otro, que parece muy distante y terminan por consentir, de distintas maneras, con su eliminación. No nos damos cuenta que el terror y el miedo se dirigen a nosotros a través de los Otros.

* Politóloga. Su último libro es Violencias de Estado, Siglo XX Editores, 2012.

La despolitización del otro- Revista Haroldo

Bibliografía

  • ADORNO, Theodor W., et al. Estudios sobre la personalidad autoritaria. Adorno, TW, Escritos sociológicos II, vol. 1,  Buenos Aires, 2009.

  • ARENDT, Hannah, Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Alianza Editorial, 1987.

  • CONADEP, Nunca más, Buenos Aires, Eudeba, 1991.

  • GRAS, Martín, “Testimonio presentado ante CADHU”, mimeo, 1980.

  • TRAVERSO, Enzo, La violencia nazi, México, FCE, 2002.

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