Saltar a contenido principal

Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

16 de septiembre de 2015

Las mujeres del paraguayo

Las cosas empiezan a estar en su lugar

Información de imagen
Ilustración María Giuffra/ De la serie Familia

http://www.mariagiuffra.com.ar/

A mi papá le decían “El paraguayo” y era obrero, lo secuestraron de nuestra casa en Ezpeleta, Quilmes, adelante de mamá y de nosotras, sus cinco hijas.

No teníamos perro, pero la vecina sí y empecé a escuchar que ladraba mucho y también ruidos de autos que cerraban las puertas y yo, que soy la más grande de las cinco hermanas, abro la puerta y veo en la calle autos y camionetas por todos lados, Falcon y camionetas grises con el furgón todo cerrado y muchas personas con armas corriendo hacia mi casa. Me asusté y cerré la puerta de golpe. Tiraron la puerta abajo y un montón de hombres de civil se metieron en mi casa. Yo tenía 10 años y mis hermanas 8, 7, 5 y 2, la menor de todas. Patearon y rompieron todo, le preguntaban a mi mamá por mi papá, ella les decía que no sabía, que hacía unos días que no estaba y comenzaron a pegarle. Destrozaron todas las paredes, los muebles y el piso, porque buscaban un sótano.

A nosotras nos encerraron en el dormitorio de mis padres, levantaron la cama, nos tiraron en el piso y nos pusieron el colchón encima sobre la tapa del sótano que teníamos en casa. Allí mi papá escondía cosas y ese era el lugar que precisamente buscaban, pero ellos no se dieron cuenta y nosotras no dijimos nada, y así nos dejaron horas y horas. A mi mamá y a mi hermana más chica las llevaron en un auto a buscar a mi padre. A la nena la tenían ellos en brazos con un arma en la cabeza y amenazaban con matarla si no encontraban a papá. Más de dos horas las tuvieron así, hasta que mi mamá no aguantó más porque gatillaban y bueno… mi papá estaba a cinco cuadras de casa trabajando, levantando una pared, y cuando vio todo y que mataban a la nena tiró la pala y se entregó.

Antes nosotras teníamos que callarnos, nos señalaban porque éramos las hijas del montonero, y ahora todos se quieren reivindicar, dicen “¡Ay, es hija de desaparecido!”. Sí… algunos te quieren usar ahora. Pero eso no me importa, que se hable claro me sirve, para que se conozca la verdad, que se sepa quiénes eran los militantes y qué hacían.

¿Cómo siguió la vida? Bastante jodida, nos rechazaban todos en el barrio porque éramos las hijas del montonero. Mi mamá se quedó al frente de todo, nunca había trabajado más que en nuestra casa, no sabía cómo mantenernos a todas, empezó a buscar trabajo y consiguió; nosotras nos quedábamos solas todo el día encerradas y con mucho miedo porque en la esquina, debajo de unos eucaliptus, siempre había gente vigilando, esperando que llegara alguien. A la noche escuchábamos que se metían en el terreno, daban vueltas, le golpeaban la ventana a mi mamá. Y siempre algún vecino se quería aprovechar, yo tenía 10 años, era la más grande; nos venían a golpear la puerta y decían que nos traían facturas y que querían tomar mate con nosotras. Y yo tenía la carga esa de ser la más grande y tener a todas encerradas, no abrirle a nadie.

Fue muy duro, una de mis hermanas todavía no lo asume, ahora tiene 44 y lo sigue esperando a mi papá, está mal psicológicamente. Yo hablo siempre con ella y le pido que vaya a hacerse la muestra de sangre para la identificación de ADN, y se niega: “Yo no quiero saber nada, porque el día que encuentren algo, ese día se termina mi vida”, me dice. Pero para mí es que si encontramos algo empieza mi vida, ese día va a empezar mi vida le digo a ella, porque voy a saber cómo terminó sus días él, cómo lo mataron, a los cuántos días. Porque es la verdad le digo. Total, si él ya no va a volver a buscarnos,  por lo menos poder saber cuántos días duró, si 15, si 20, si una semana, dónde estaba, bueno, saber todas esas cosas. Y tener un lugar adonde ir y llevarle flores. Pero ella me contesta que no, dice “Para mí ése día se termina todo y ya les dije a mis hijos que el día que yo lo encuentre me voy con él…”. Y bueno, ella quedó así.

Así pasó el tiempo…  Me pasaba que yo siempre quería saber más de mi papá, pero no me animaba o no sabía cómo, decía voy a ir a Plaza de Mayo cuando hacen las marchas… Hasta que un día mi hijo le cuenta a la directora del colegio que su abuelo es un desaparecido, porque yo a los chicos sí les contaba a veces. Ella sorprendida me pregunta y le digo que sí, que es cierto, pero que yo no hablo mucho de eso. Y me invita a ir a la escuela el 24 de marzo a contar la historia; así empecé a ir todos los años desde que se hizo feriado. Bueno, mi hijo más chico ahora ya tiene 20 años, pero en esa época iba a 6º grado y estaba contento, porque le pidieron una foto del abuelo y la pusieron en el colegio. Yo pensaba en cómo lo tomó él, recontento, estaba orgulloso de su abuelo. Y nosotras que no podíamos hablar… No, eran otras épocas. Eso me hizo sentir mejor, fue un aliciente, pensé que por lo menos mi hijo lo hace.

Un poco después empezó la convocatoria de los antropólogos sobre las muestras de sangre para la identificación de restos de desaparecidos. El día que me fui a hacer la extracción en el hospital fue todo un tema, porque yo pensaba que ya había asumido todo, que ya no tenía que llorar por nada, que no tenía más que pensar, que nada me iba a hacer sentir mal. Porque yo hasta los 18 años me despertaba todas las noches con esa imagen de que rompían la puerta y que se metían de golpe en mi casa. Sí, fue hasta que tuve los nenes, y creía que me había olvidado, que ya se me había pasado; pero el día que me fui a sacar la sangre me hicieron la extracción, todo lo más bien, y cuando estaba saliendo del hospital fue como que tomé conciencia de lo que era y me sentí tan mal, tan mal… pensé que es por estos desgraciados… y en la forma en la que estoy buscando a mi papá ahora, y quién sabe si es que lo encuentro… ¡O sea el desastre que hicieron! Me sentí tan mal, después estuve como 15 días mal, mal, mal. Cuando salí del hospital me quedé sentada en un pasillo, la gente pasaba y me miraba y yo lloraba y lloraba, fueron como dos horas, no me podía mover.

Antes nosotras teníamos que callarnos, nos señalaban porque éramos las hijas del montonero, y ahora todos se quieren reivindicar, dicen “¡Ay, es hija de desaparecido!”. Sí… algunos te quieren usar ahora. Pero eso no me importa, que se hable claro me sirve, para que se conozca la verdad, que se sepa quiénes eran los militantes y qué hacían. Pensar que yo decía que no iba a tener hijos porque tenía miedo de que me pasara lo mismo que a mi papá y que ellos quedaran solos. Me costó armar pareja y decidirme a tener los chicos, pero tuve tres que ya están grandes, bien y contentos con todo lo que pasa ahora en el país.  Con este gobierno se puede hablar, se puede todo, ves otra vez a la juventud en la calle, en la Plaza, militando, Todo eso se había perdido y ahora vuelve a aparecer. Las cosas empiezan a estar donde tienen que estar.

* Hija de Pedro Espinoza, detenido-desaparecido el 26 de enero de 1977 en Ezpeleta, partido de Quilmes.

Compartir