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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

21 de abril de 2015

La infancia perdida

Mi secreto y mi ángel

Información de imagen
Ilustración María Giuffra/ Huesos, piel con pelos. Acrílico

http://www.mariagiuffra.com.ar/

Mi vida es como la Odisea, una vida llena de pruebas… Difícil hablar de esto. En nuestra casa y almacén de Quilmes a los 4 años yo sentía cariño y tenía una infancia feliz. Con mis hermanos teníamos amiguitos y amiguitas en el barrio y también un perro juguetón. Recuerdo el almacén que estaba en la casa que ahora recuperamos y mis caprichos y pataleos cuando lloraba tanto por los dulces. Había un nenito, Tuncho, que andaba conmigo de aquí para allá, éramos como dos hormiguitas negras buscando caramelos. En aquel entonces mi dolor de niña eran unos caramelos.

Hoy no estoy llorando por los dulces, lloro por mi mamá y hace 38 años que lloro porque el dolor es profundo.  Siento una amputación dentro de mi corazón. En 1974, cuando yo tenía 2 años, una madrugada lo secuestraron a mi papá  y a otro compañero en nuestra casa de Quilmes  Después de un tiempo nos perseguían a nosotros y la intranquilidad era terrible. Por eso vivíamos en distintos lugares, y por ultimo fuimos a la iglesia Itatí. 

En la madrugada del 14 de marzo de 1977 tuvimos el último abrazo de mi madre cuando estábamos rodeados de militares y las balas entraban por todas partes. Era terrorífico el operativo, los balazos no terminaban. Yo tenía 4 años, Carlos 5 y Mariano 2. Allí fusilaron a mi mamá y a dos compañeros más. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvimos mis hermano y yo que salir por la ventana de atrás? Y sin mi mamá. Antes de hacernos saltar nos abrazó fuerte y largo. No era un abrazo común. Era un abrazo de despedida. Recuerdo sus últimas palabras, “María, te quiero…”, igual que a mis dos hermanos.  Y también la promesa que le hicimos de cuidarnos unos a otros. Después caímos en las manos de la jueza Marta Pons, de Lomas de Zamora,  que nos hizo desaparecer como NN. 

Nos trasladaron a los tres al hogar Casa de Belén que pertenece a la parroquia de Banfield. Cuando llegamos nos bautizaron de nuevo y nos cambiaron nuestro apellido, Ramírez, por el apellido Maciel. Recibimos el apellido del milico dueño del Hogar. Los nuevos padres nos exigían decirles mamá y papá, era algo imposible. Pero cuando ya no aguantaba más los golpes, me entregué a llamarlos así a Dominga y a Manuel Maciel.

Nos pusieron padrinos militares; mi nuevo padrino me llevaba a su trabajo que era en centros clandestinos donde las paredes tenían más sangre que pintura. En una ocasión no me dejaron entrar porque había gente “trabajando" adentro, se podía escuchar la música muy fuerte, las ventanas estaban cerradas. Pero esperando ahí a mi padrino yo podía diferenciar que en el fondo de la música había gritos de personas. Gritos de dolor.

Ese Hogar era un infierno… era una cárcel para niños secuestrados y mantenidos como NN.  Allí estuvimos casi siete años, sí, éramos ocho los chicos NN.  Yo me sentía enterrada en vida, porque el trato era inhumano. Había falta de cariño y de vida. Estaba totalmente prohibido hablar entre nosotros. Siempre en silencio. No podíamos jugar, leer, dibujar, ni tener amiguitos. Sufrí mucho cuando a Carlos, mi hermano, lo tomaron como hijo propio por ser muy  inteligente. El deseo de Manuel era convertirlo en un militar. Carlos tenía también que sobrevivir e hizo cosas que hoy en día lo hacen sufrir mucho. Mi propio hermano nos hacía sufrir porque Manuel y los militares le daban instrucciones de cómo presionarnos.

La noche era otro momento terrorífico… hasta hoy me cuesta dormir. ¿Por qué?, porque en la noche la Casa de Belén funcionaba como una base operativa. Los militares tenían sus reuniones en el comedor y después pasaban por el dormitorio de las niñas. Yo no podía dormir por los abusos sexuales y por el miedo de que nos separen a nosotros tres. Diariamente había violencia física, psíquica y abusos sexuales a niñas y niños. Sí, eso era para obligarnos a olvidar a nuestros padres y todo lo que habíamos recibido de nuestra familia. Cada vez que reclamábamos por nuestros padres los castigos subían de grado. Para sobrevivir, tuve una estrategia, me decía a mi misma que a mi cuerpo lo pueden romper, pero a mi alma no. Porque allí la tenía a mamá. Ella era mi secreto y mi ángel. No era solamente Manuel, sino otros militares los que abusaban. Yo no tenía a nadie. Pedí ayuda al cura de Banfield y él me entregó a Manuel y Dominga. Y la muerte estaba siempre cerca. Todo esto era para rompernos para siempre. Ellos nos decían “no queremos que salgan como sus padres criminales, borrachos y prostitutas”. Por ese motivo sufríamos el castigo.  Mi mamá siempre aparecía como un ángel en la oscuridad. Ella me daba cariño y me hacia recordar cuánto me quería. Y yo hoy le sigo dando las gracias por el amor que me dio durante los cuatro años que permanecimos juntas. Sin eso, sería difícil encontrar la vida y la fuerza para sobrevivir.

Mi padre sufrió siete años en la cárcel y desde allí nos buscaba. La búsqueda fue muy larga y con mucha ayuda pudo ubicarnos. Cuando salimos en libertad en 1983 tuvimos que ir a Suecia a encontrarnos con papá que se había exiliado cuando salió de la cárcel. Ahí estamos ahora radicados. Y yo sentí otra crisis porque no podía comprender mi libertad. No lo recordaba a papá, no recordaba su rostro por más que me esforzaba.

Mi padre sufrió siete años en la cárcel y desde allí nos buscaba. La búsqueda fue muy larga y con mucha ayuda pudo ubicarnos. Cuando salimos en libertad en 1983 tuvimos que ir a Suecia a encontrarnos con papá que se había exiliado cuando salió de la cárcel. Ahí estamos ahora radicados. Y yo sentí otra crisis porque no podía comprender mi libertad. No lo recordaba a papá, no recordaba su rostro por más que me esforzaba, pero tenía la certeza de que lo habíamos visitado en la cárcel. Tenía falta de confianza, no confiaba en nadie. Y en él tampoco, desconfiaba de si realmente era mi padre. La jueza Pons y Manuel y Dominga me habían dicho muchas cosas contra mi padre, que él era el mismo diablo. Durante mucho tiempo dormí con un cuchillo bajo la almohada porque le tenía miedo.

Años enteros estuve perdida, como una ciega sin bastón. Y no solamente ciega, también con una condena que no me dejaba respirar. La crisis de identidad y la amargura de perder tantas cosas, mi infancia, mis  juguetes, mi familia, mi país y mis posibilidades. La salvación fue el apoyo familiar, pero al mismo tiempo me caía de miedo. Y fue empezar a estudiar, a pintar y a tener ayuda profesional. Sin esa ayuda seguiría como una persona sin identidad y estando presa en libertad. Hoy tengo de nuevo el cariño de mi padre y mi familia y puedo ver el rompecabezas en grandes partes. Pero estoy consciente de que faltan piezas, estuve muy rota. La pintura me ayuda a vivir. También hice la carrera de enfermería para aferrarme a la vida, a pesar de todo. Esta es mi tarea para poder vivir, y no sobrevivir.  Mi mamá es una heroína como muchos compañeros de aquellos años. Yo estoy orgullosa y comparto con mis padres la lucha por ser libre y estar en contra de toda injusticia. La lucha sigue hasta hoy en distintas formas. Hoy queremos juicio y castigo para los responsables de la Casa de Belén y que lo hecho con quienes estábamos ahí sea reconocido como crimen de lesa humanidad.  

Por suerte no he perdido la esperanza. Gracias a  los compañeros que me consiguieron ayuda profesional en la Argentina para integrarme nuevamente con la historia, pude fortalecerme. Venir a la Argentina para mí era una tortura, había quedado con un trauma muy grande. Las profesionales del Centro Ulloa fueron mis ángeles que me acompañaron y contuvieron durante un año, pude volver a confiar. También me llevaron al Parque de las Memoria. Allí encontré más paz, encontré a mi mamá y a mi padrino, me impresionó lo concreto y lindo que es el Parque. Y de allí sembré una semilla de esperanza. Y después de casi 25 años de odisea al fin regresé a mi casa natal en Quilmes. Es ahí donde el amor de mi madre me reencuentra con mi padre y vuelvo a sentir el amor que sentía de niña y a recuperar mi identidad.

* Hija de Julio Ramírez, preso político entre 1974 y 1981, y de Vicenta Orrego Meza, paraguayos; ella fue fusilada en Rafael Calzada, Almirante Brown, el 14 de marzo de 1977.

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