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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

26 de octubre de 2015

Brasil-Argentina-dobles desapariciones

Entre orixás y San Lorenzo

Información de imagen
Ilustración María Giuffra/ Pez

http://www.mariagiuffra.com.ar/

Nací en San Martín, a unas cuarenta cuadras de donde se crió mi padre, pero luego también viví en São Paulo, Brasil, donde nació mi madre. Pese a que hoy en Argentina soy papá de una nena de tres años, tengo doble pertenencia porque antes mi vida se distribuyó entre los dos países. En mis treinta años, cuento haber vivido en por lo menos catorce barrios distintos entre uno y otro lugar.

“Quinho” (João Maria Ximenes de Andrade), el tío de mi madre, y “Chiquito” (Juan Carlos Vega), el primo de mi padre, fueron secuestrados durante la dictadura de Brasil y Argentina, respectivamente. Ni mis padres, ni mis tíos ni mis abuelos son militantes ni nada similar. Nunca fuimos juntos a la Plaza el 24 de marzo, nada de eso; tal vez ni se sientan identificados con la lucha de las Madres o de Hijos. Mis hermanos, mis primos y yo somos de una generación posterior a la del terror, pero conocemos el relato a través de ciertos familiares. Por ejemplo, mi abuelo Joaquim y mi abuela Vera nunca se olvidaron de Quinho, por eso tengo sus testimonios desde la infancia.

Hace unos meses atrás regresé a Brasil, pero no de vacaciones ni para ir a vivir, como otras veces, sino para despedir a mi abuelo Joaquim, que falleció luego de tres años de enfermedad. Nos queríamos mucho y, antes de viajar, aproveché más de una conversación por Skype para decírselo. Le había enseñado a usar la computadora por teléfono, dadas las inminentes ganas de charlar con mi abuela y él. La pasábamos bien. Por pocas horas mi avión no llegó a tiempo para el entierro, sin embargo siento una enorme gratitud porque sí tuve la oportunidad de despedirlo, pero a mi manera. Fue antes de volver a El Palomar. Estaba en el teatro viendo Os que ficam (del portugués, “Los que se quedan”), obra sobre la experiencia de un grupo que escenificaba Revolución en América Latina, de Augusto Boal, justo cuando el teatro en Brasil era perseguido en una escalada hasta los límites del absurdo. La obra es caótica, una pesadilla para el espectador que espera una sola línea de introducción, nudo y desenlace. Pensaba entonces que en Argentina hasta la TV hoy presenta programas que se obligan a exponer el exterminio en la dictadura. ¿Pero en Brasil sucede lo mismo que en Argentina? ¿Acaso se señalizan los “Porões da ditadura” o acaso se juzga a los genocidas? ¿Por qué se los homenajea como a próceres del desarrollo? ¿Qué espacio se le consagra a la memoria en un medio donde hay una intensa propaganda a favor de un Golpe de Estado?

 

Homeless/ desaparecido

Me sentí acompañado por mi abuelo Joaquim en una escena donde el personaje interpretado por la actriz Helena Albergaria, una estrella de la telenovela borracha, va a una comisaría en busca de su compañero desaparecido.  Alrededor mío, entre los espectadores, otras personas muy conmovidas, como shoqueadas, lloraban. ¿Cuántas veces me contó mi abuelo esa historia de ir a la comisaría para recibir burlas, algo que para mi representa bastante de su vida, pues incluso en ese momento de terror él acompañaba a mi abuela, que salía a buscar a su hermano Quinho?

Mi abuelo Joaquim Pereira, que en realidad era el padrastro de mi mamá, tenía una VW Brasilia con la que a veces paseábamos de un lugar a otro por São Paulo. Con ellos, mis tres hermanos y yo íbamos a los parques, al shopping o a comer helado de choclo en la ruta rodeada de sierras. En esa Brasilia, de copiloto con sus anteojos de sol y ropa animal print, mi abuela Vera me hacía la cabeza con mi tío Quinho; por las calles y avenidas caóticas, perdidos en el tiempo del tránsito del domingo, del lado de adentro de la ventanilla, mi abuela comparaba a los homeless con mi tío Quinho. Así me lo repetía, como si se olvidara de habérmelo dicho “tal vez Quinho es un homeless y está sucio, enfermo y desorientado, pidiendo monedas, si no está frito, porque le borarron la cabeza con la tortura, de tanto que le golpearon o con descargas eléctricas”. No, no está en Rusia, ni en Rio de Janeiro, como a veces le dijeron a lo largo de décadas de rumores construidos para insultar a las familias. Quinho está desaparecido. Hoy tendría 83 años. Cuarenta años atrás, mi abuela y mi abuelo fueron a buscarlo por todo São Paulo, en vano. El resto de los familiares, con razón, temía hacer esa búsqueda.

Mi abuela Vera me hacía la cabeza con mi tío Quinho. Me repetía, como si se olvidara de habérmelo dicho “tal vez Quinho es un homeless y está sucio, enfermo y desorientado, pidiendo monedas, si no está frito, porque le borarron la cabeza con la tortura”. No, no está en Rusia, ni en Rio de Janeiro, como a veces le dijeron a lo largo de décadas. Quinho está desaparecido. Hoy tendría 83 años. Cuarenta años atrás, mi abuela y mi abuelo fueron a buscarlo por todo São Paulo, en vano. El resto de los familiares, con razón, temía hacer esa búsqueda.

Mi tío Quinho era el benjamín de su familia. Djanira, su madre, era una persona esclavizada que se casó a los 14 años con un Sr. Ximenes, 25 años mayor. Cuando enviudó, tenía ocho hijos y vivía en condiciones graves de emergencia, todos pasando hambre y juntando algodón. Quinho y sus hermanos se fueron de Minas Gerais a São Paulo siendo muy jóvenes. Pero él fue el más inteligente y el más estudioso, el más querido y generoso de todos, tanto que hasta entró en una universidad difícil como la PUC, que era un foco de resistencia contra la dictadura, invadida por el ejército en el ‘77. Lo secuestraron en el ‘74 de un bar en Vila Medeiros, zona norte de São Paulo.

Aunque algún pariente o amigo brasileño tal vez lo haya pensado, o me lo haya dicho, ni mi abuela ni mi abuelo ni mi tía “X” escondieron una indemnización debajo del colchón: tal cosa no existe porque su país se autoperdonó estos crímenes. Supuestamente, entre los años 64-85, allí "solo desaparecieron 400 personas". ¿Y si mi abuela en vez de ser pobre hubiese recibido un millón de dólares? ¿Acaso el dinero puede volver a construir una familia liquidada en nombre de las buenas costumbres? Si hasta Maurício Lopes Lima, el torturador de la presidenta Dilma todavía sigue libre, ¿qué moneda podemos pedir por un negro, comunista y  macumbero como mi tío Quinho? ¿Qué podemos pedir de un país que gasta R$ 4000 millones al año en pensiones a las hijas de los militares retirados?

 

Magia, espiritismo, libros prohibidos

En la calle, en mi casa, cuando nos sentábamos en la mesa, cuando escuchábamos a Geraldo Vandré (N. de R: cantante y compositor brasileño, uno de los iniciadores de la nueva canción) o si mirábamos la TV y había una película, se evocaba a Quinho. Gracias al relato de mis abuelos podría imaginármelo con total claridad, atravesado por  la música popular, los barrios y la familia de su época. Quería verlo y convivir con él como había convivido mi tía Fátima, quien solía pasar horas en su habitación escuchándolo. Cuando mis padres se separaron y me mudé de país, me dediqué a hojear sus libros en la pequeña biblioteca de la casa de Jaçanã, sobre todo unos relacionados con el espiritismo y la magia. Los tocaba con miedo porque para mi abuela seguían siendo “los libros prohibidos”. En la casa de mis abuelos había muchas cosas escondidas, como las velas a los orixás en el patio o las imágenes de santos detrás de la chapa oxidada, el lugar donde mi abuela hacía defumaciones y bendiciones.

Varias otras cosas de Quinho fueron escondidas por mi abuelo Joaquim en una caja casi a la intemperie: un pedido de intercambio que Quinho hizo a la Universidad de los Pueblos de la URSS, su carnet de la Facultad de Económicas de la PUC de Sao Paulo, una libreta de asistencia del colegio y anotaciones de amor en italiano en lápiz. Todos esos papeles hoy están conmigo y me sirven para recordarlo.

A los 15 años regresé a El Palomar, donde está el Colegio Militar, la Base Aérea y el Batallón 601. Un barrio al que pertenezco en gran medida, donde tuve amigos y conocí a la mamá de mi hija.  Acá desapareció Juan Carlos, “Chiquito”, el primo de mi papá, que era militante de la JP. Mi madre en Brasil y mi padre en Argentina eran chicos y no se conocían. Respecto de Juan Carlos, diré que todavía nunca hablé personalmente con mis primas, que emigraron a Italia hace décadas. Como yo soy argentino y brasileño, mis primas son argentinas e italianas. Vivieron dos partes de sus vidas en los dos países y se fueron de acá cuando mi tía -que había llegado a El Palomar de Italia- se vio perdida ante tanta injusticia. No sé cómo hizo para tener fuerzas y seguir luchando por mis primas. Juan Carlos fue hincha de San Lorenzo como el 100% de mi familia argentina, no sé si mis primas saben ese detalle, que somos todos de San Lorenzo, y hasta la gomería de mi viejo estuvo pintada con los colores del Cuervo. Sé que mi viejo y Juan Carlos iban a la cancha juntos. No crecí sabiendo alguna cosa sobre su desaparición porque mi familia argentina no lo trasmitió a las siguientes generaciones, al menos hasta estos últimos años. El miedo heló sus recuerdos porque escucharon, como yo, las explicaciones que se repetían en los colegios, las revistas y diarios, los amigos o incluso dentro la propia familia. Esos de que hay una clase de persona que merece verse privada de todos sus derechos para la satisfacción del interés de otro grupo sobre todo privilegiado.

Además, les contaría a mis primas, que un día del 2003, igual que la mayoría, yo también sentí incomodidad cuando en la secundaria (solo el último año de la secundaria, ¡y eso que fui a siete colegios, en dos países distintos!) mi profesor Hernán Nemi nos habló a mis compañeros y a mí de los desaparecidos, habló de las Madres y, para disgusto de algunos, pasó Garage Olimpo y nos llevó a ver una obra de teatro en la Boca sobre los años setenta, una obra como la que me hizo estar cerca a mi abuelo antes de regresar de São Paulo. ¿Cuánto cambió nuestra sociedad desde entonces? ¿Habremos visto la carta escondida encima de la mesa? Tal vez para otras personas haya sido distinto, para mí tuvo múltiples voces y omisiones.

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