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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

30 de agosto de 2015

La Cacha, el EAAF y la búsqueda infinita

“Esto no nos lo quita nadie”

Información de imagen
Ilustración María Giuffra

http://www.mariagiuffra.com.ar/

“Samy, tenés que irte del país”
“¡Samy, tenés antecedentes políticos, hacé las valijas!”
“¿Samy, todavía no te fuiste?”

Amigos, colegas y compañeros que llegaban a casa, en La Plata, para avisarle, pedirle que se fuese y mi padre Samuel Slutzky ni pensaba en irse.
“A mi no me va a pasar algo”.


Semanas antes del secuestro, el 22 de junio del 77, apareció su nombre en la lista de miembros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en la revista Somos.

-Samy, qué haces acá todavía?

- No nos vamos.


La noche del secuestro me desperté con los frenazos de los coches y la avalancha de violencia que en segundos llenó la casa. Esa noche y mucho tiempo después me pregunté que pasaría por la cabeza del señor que a los niños, en la casa, nos apuntaba mientras conteníamos el aire por miedo. ¿Acaso pensaba que yo sacaría un cuchillo de abajo de la almohada y me avalanzaría sobre él? ¿O que al apuntarme lo borraría de mi memoria?

Entre tanto, otros se dedicaban a buscar algo de valor para robar. Enojados por no encontrar nada tiraron los libros al suelo. Mientras,  yo escuchaba el interrogatorio. La voz  finita y suave de mi padre era irreconocible.

-¿Me puedo vestir?-
-A donde te creés que vas hijo de puta, contestaron y se lo llevaron.

Los autos se fueron, el miedo quedó en el barrio. Desde esa noche los amiguitos con quienes jugábamos nos obviaron. Nos miraban con miedo, terror que sus padres les transmitían porque “por algo había sido”. También familiares se refugiaron en el miedo, escondiéndose de nosotros, los leprosos.
Hubo, empero, señales de solidaridad. Amigos de mi padre trajeron una caja enorme de arroz con salsa de tomate y eso fue el menú cotidiano durante meses. Los vecinos de enfrente nos servían pasta,  de vez en cuando carne, y nos permitieron bañarnos cuando cortaron el agua por falta de pago.
Mi padre había sido prisionero político desde el 68 al 73, en la cárcel de Devoto y en la U9 de La Plata. Había sido guerrillero de las FAP y cayó preso en Taco Ralo, Tucumán.  Desde las cárceles nos escribía hermosas cartitas sobre lo importante que es sentirse libre, ser solidario y vivir en justicia. Todo en vocabulario para niños y con letra legible, no con su verdadera ‘letra de médico’.  
Esas cartas las recuperé hace unos años junto con un cuaderno de él con algunas anotaciones de otros compañeros, escrito entre el 69 y el 73. Estaban seguros de que llegarían al poder y ya pensaban en las prioridades del futuro gobierno revolucionario:

1. Sanidad
2. Educación
3. Vejez
4. Mujer
5. Viviendas
6. Ministerios de Parques y Flores

Etc.

Cuando salió de la cárcel fuimos a vivir con él en La Plata. Fueron años alegres, aunque sus sermones sobre el limón, el ajo y comer sano no era lo que yo en esos años quería escuchar. Ni tampoco eso de “respiren profundo que aquí hay aire puro”, cuando íbamos de camping. Me enseñó a coser: “tenés que ser independiente siempre”.

El cuarto y sexto punto eran algo típico de él,  aunque no creo que haya llegado a convencer a muchos compañeros acerca de esos dos puntos.

Cuando salió de la cárcel fuimos a vivir con él en La Plata. Fueron años alegres, aunque sus sermones sobre el limón, el ajo y comer sano no era lo que yo en esos años quería escuchar. Ni tampoco eso de “respiren profundo que aquí hay aire puro”, cuando íbamos de camping. Me enseñó a coser: “tenés que ser independiente siempre”.

Después del secuestro nos escondimos en Buenos Aires, pensando vagamente que un buen día aparecería. Pero la represión no parecía tener fin. Salimos ilegalmente a Brasil,  llegamos a Rio de Janeiro y en la oficina de Naciones Unidas nos dijeron: “Tienen asilo político en Holanda”.
Años pasaron, estudios y carreras profesionales fueron hechos. La vida en un país con un estado de bienestar social, socialmente muy liberal y transparente, brindaba tranquilidad.
Argentina seguía tirando. En el 95 estaba en el país del “no me acuerdo” y “por algo habrá sido” cubriendo las elecciones generales para un medio holandés y haciendo reportajes. Tomé contacto con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) para un reportaje.


-¿Tenés algún familiar desaparecido?, me preguntó Alejandro Incháurregui del EAAF, el antropólogo forense que más sabe de los años de plomo en La Plata, había atendido la llamada. El apellido Slutzky le dijo inmediatamente algo.
-Euh, sí, mi padre.
-Vení que te tengo que mostrar algo.

El EAAF ya en ese entonces tenía una impresionante base de datos con información sobre víctimas: donde habían sido visto, cuándo y cómo. Ahí me enteré de que lo habían visto en el campo clandestino de detención La Cacha, en Olmos. Ambivalente, salí de la oficina. ¿Debería averiguar más?

-Si no investigás no vas a poder dormir tranquilo, me dije.

Fue un período de buscar y volver a buscar cada vez que estaba en Argentina: en archivos de la Secretaría de DDHH y en la mente de todo aquel que pudiese contarme algún detalle sobre el destino de mi viejo. Recomponer la historia de a pedacitos:  localicé a sobrevivientes de La Cacha uno a uno y algunos se acordaban de mi padre.
Le toqué timbre a un juez en La Plata, le pedí que iniciara juicio.
Me miraba con incredibilidad.

-¿Usted sabe donde está? Acá en Argentina no se juzgan delitos de lesa humanidad. A lo sumo puede declarar en el Juicio por la Verdad.

Declaré en ese juicio y con el juez Baltasar Garzón en Madrid.

-¿Cuándo vamos a tener justicia, juez?
-Cuando se anulen las leyes y decretos de impunidad en Argentina.


Hasta 2014 esperé para el juicio penal en La Plata que duró casi todo el año. Dos veces por semana escuché los relatos de familiares, sobrevivientes y testigos. Esperaba algún dato nuevo, alguien que se acordase del “doctor Samy”. Hubo nueva información, desgarradora, como esperaba.
Al declarar como querellante tuve que compartir el metro cuadrado con los 18 asesinos y torturadores, pero no me afectó gracias a la contención de los profesionales del Centro Ulloa y la ONG Codesedh. Lo que me afectó fue ver el dolor de otros familiares ante nueva información sobre sus seres queridos. Los veía y pensaba en el libro "Ante el dolor de los demás", de Susan Sontag, donde describe el impacto de esas situaciones.
El día de las sentencias: 15 represores recibieron cadenas perpetuas, otros largas condenas. La sala se llenó de emociones paradójicas: tristeza y alegría nos invadían  y nos mareaban. En la puerta del recinto abracé a un amigo, sus padres fueron llevados a La Cacha y él tampoco recuperó los restos.

-Esta noche me siento más huérfano que nunca, me dijo.

-Al menos desde hoy tenemos justicia, un poco de paz para nosotros. Y este sentimiento no nos lo quita nadie.

 

* Hijo de Samuel Leonardo Slutzky, detenido-desaparecido el 22 de junio de 1977.

 

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