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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

02 de diciembre de 2015

Pocos recuerdos y ningún juicio

No tengo registro de sus ojos

Información de imagen
Ilustración María Giuffra

http://www.mariagiuffra.com.ar/

No tengo recuerdos de mi papá y hay muchas cosas que no sé. Cuando lo detienen, en agosto 1975, tenía 29 años y yo tenía 2. El estaba con el “Barba” Gutiérrez, yo no recuerdo en qué lugar de zona sur los detienen juntos y creo que en principio la causa fue por tenencia de armas y panfletos. Mi papá estuvo un tiempo en la brigada de Quilmes, mi familia no sabía adónde estaba, hasta que después lo pusieron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, PEN, y le avisaron a mi mamá. Ahí estuvo un mes, sufrió torturas y después lo pasaron a la Unidad 9 de La Plata donde permaneció un año y meses en lo que se llamaba el “Pabellón de la muerte”.

En enero de 1977 lo mataron a él y a Ángel Georgiadis. Hay una historia de que lo cambiaron… Mi papá era el delegado del pabellón, portavoz de todos sus  compañeros y preguntó por qué se los habían llevado a Ángel y a Julio César Urien, pero había un guardia cárcel que le tenía especial bronca; mi papá además era judío, y lo llevaron a lo que se llamaba “los chanchos” o las celdas de castigo y desde ahí lo trasladaron al Regimiento 7 de Infantería para interrogarlo. En ese Regimiento es donde hacen el cambio con Urien cuya mamá era conocida de Albano Harguindeguy, creo, había alguna relación familiar y lo cambian a mi papá por Urien. Eso también me lo cuenta Urien, me dijo que vio a mi papá cuando lo bajaban del camión y ya no se supo más de él. Después, por error, así se cree, le entregaron el cuerpo a mi mamá. Tenía signos de tortura. Ella había reclamado e insistido mucho y la amenazaron y le dijeron que lo enterrara en Chacarita sin hacer ningún tipo de velatorio ni publicarlo en ningún lado. Así que lo llevaron de La Plata a Chacarita y lo enterraron. Mi mamá no militaba, lo acompañaba ideológicamente pero nunca militó. Nosotras nos quedamos en el país. Y conmigo hubo mucho silencio y mentiras.  

La de mi papá era una familia judía, de mucho dinero, en contrapartida con la de mi mamá que era católica, humilde. Mi abuela materna vivía en Once y mis abuelos paternos en Recoleta, arriba del Café de la Paix. Mis abuelos se ocuparon siempre de mí, yo estoy plenamente agradecida. Y mi abuela materna fue mi mamá. Supongo que para mi mamá, Susana, no fue una época muy fácil. Yo estaba dos días por semana y los dos del fin de semana con mis abuelos paternos y el resto con mi abuela materna, pero bueno, es como que formalmente vivía con mi mamá. Ella era una mujer muy joven y cada uno resuelve las cosas como puede, ella se quedó acá, tuvo que callarse mucho… Mi abuela Aída, la materna, hablaba más, ella se ocupaba de llevarle flores a mi papá al nicho de Chacarita. Pero para mis abuelos paternos lo de mi papá fue un cimbronazo espantoso, no podían entender, sabían que él militaba, pero nada más. Tenían idea de que había empezado a militar en el Nacional Buenos Aires y después en Arquitectura, pero si hubieran sabido más no hubieran entendido. Ellos tenían otra mirada de la vida, vivían en un mundo de excentricidades, de superficialidades, de viajes, de jugar bridge. Mi abuelo podía hablar de cuando mi papá era chico, no más que eso, con mi mamá no tenía buena relación. Y mi abuela Berta, su mujer, tuvo un accidente cerebro vascular que le afectó el habla y no podía comunicarse.

Pero bueno, yo no me acuerdo de nada, es muy impresionante. Mis recuerdos están ligados a mis abuelos. De mi papá no recuerdo nada, y eso que fui con mi mamá varias veces a verlo a la cárcel cuando yo tenía 3 años, pero no se hablaba nada, no pudieron. Yo creo que mis abuelos en su ambiente sentían hasta como vergüenza por lo que le había pasado al hijo.

Mi abuelo falleció cuando yo tenía 18 años, creí que no iba a poder vivir sin él, justo empezaba la facultad. A medida que iba creciendo me fui haciendo cargo de mi abuela, ella vivió 18 años más; yo siempre pensaba que iba a ser al revés, ella era tan frágil. Yo a los 16 me fui a vivir con ellos porque tenía muchas diferencias con mi mamá en lo cotidiano. Cuando murió el abuelo, mi abuela y yo nos mudamos, elegimos un departamento entre las dos y viví con ella. Yo soy casada, tengo cuatro hijos, me recibí de médica. Es decir, me casé una primera vez, tuve dos hijos y me divorcié. Después volví a casarme y tenemos dos hijos más.

Pero bueno, yo no me acuerdo de nada, es muy impresionante, mis recuerdos están ligados a mis abuelos, de mi papá no recuerdo nada, y eso que fui con mi mamá varias veces a verlo a la cárcel cuando yo tenía 3 años, pero no se hablaba nada, no pudieron. Yo creo que mis abuelos en su ambiente sentían hasta como vergüenza por lo que le había pasado al hijo; ellos nunca me dijeron eso, pero es algo que yo siento ahora. Mi abuelo negó toda la vida y no entendía, ni cómo era que mi papá iba a una villa, ni qué tenía que hacer ahí. Él era ingeniero y mi papá arquitecto y lo había imaginado como la continuidad de la empresa, era su hijo mayor y sentía por él una particular afinidad.

En el colegio yo decía lo que me habían dicho que dijera, que se había muerto en un accidente. Iba al Liceo Francés que es un mundo aparte, con una estructura europea, ahora es como de élite. Pero en aquél momento, con la llegada de la democracia, fue el receptáculo de muchos hijos de exiliados, y eso para mí fue interesante. Entre mis mejores amigas está Clarisa Martínez, su mamá era francesa y está desaparecida en El Vesubio y a su papá lo mataron en zona sur, creo. Y lo más fuerte fue encontrarme con María de la Paz Georgiadis que llegó de Suiza con su mamá en 1983, nacimos las dos en 1973, pero es como la contracara de lo que viví yo, porque creció en libertad, con una mamá que reivindicó la memoria de su papá. Cuando nos conocimos ella estaba muy contenta de que yo fuera la hija de Horacio, nuestras madres se conocían de antes, para ella eso tenía todo un significado, pero yo había crecido de otra manera… Ella fue mi memoria, yo vivía en una especie de limbo, ajena, iba con mis abuelos al Hindú Club. Después pasó que yo ya no quería ir al club, ni tampoco a Punta del Este, ni nada de eso, fui creciendo y diciendo lo que no quería. Pero fue María el motorcito de que yo empezara a buscar, yo no entendía nada. Igual mi búsqueda fue bastante acotada, nunca me hundí de lleno en la historia… siempre por miedos, es como un círculo, no quiero saber porque me duele, pero me duele igual… Sí.

Y así fue, mi abuelo se ocupó íntegramente de nosotras, de mi parte emocional, a mi mamá la bancó, también económicamente. A mí lo que me queda de mi abuelo es fundamentalmente el amor, más allá de que me dieron de todo. Es el amor lo principal. Y mi mamá… no debe haber podido. Ahora que yo soy mamá todavía me resulta difícil entender, cómo no pudo hablar de mi papá, tratar de sembrar en mí el recuerdo, el amor que ella sintió por él. En cambio María de la Paz se acuerda de todo, y eso tiene que ver con el ejercicio de la memoria, de lo que le contaba su mamá a medida que crecía, de lo que vivía y de las respuestas que tenía. Con ella tenemos una relación de cariño muy fuerte, además de una historia que para ella está llena de palabras y para mí no, pero es una historia muy fuerte que nos une porque a nuestros papás los mataron juntos.

Yo después pude entrar a la cárcel, hice una visita a la 9 de La Plata, pero no me acordaba de nada. Tampoco hubo muchos compañeros que se acercaran, yo los conocí a todos ya de grandes, ellos y yo. Lo que sí puedo es hablar con mis hijos de esto, un poco, con los mayores. Santiago lo cuenta en la escuela y es todo un orgullo para él. Me emociona eso. Camila es un poco más chica, pero también. Yo estoy muy orgullosa de mi papá, no milité ni milito en ningún partido político, pero mi profesión tiene algo de búsqueda y de encuentro con la historia de mi papá. Yo elegí Medicina por esta cosa del cuidado y de la reparación, soy ginecóloga y obstetra, es una especialidad ligada ciento por ciento con la vida. Trabajo en un hospital en Capital y en atención primaria en Moreno, en unidades sanitarias. Esto lo busqué, podría haberme quedado cómoda en Capital en una clínica, pero tengo otra búsqueda, me encanta estar con la gente de los barrios, ser ginecóloga te hace estar muy cerca de las mujeres, reivindicar derechos, cuidados. Mi bandera es el delantal blanco…

Soy muy parecida físicamente a mi papá, no tengo registro en mi corazón de sus ojos, pero me veo en sus fotos. Me siento como partida, quiero ser feliz, vivir, estar con mis hijos.

El hecho de haber hablado con el “Barba” y con Urien fue muy importante y fue como el puntapié inicial de empezar o reflotar una causa judicial por la muerte de mi papá que estaba parada. En el juicio a la Unidad 9 se condenó al director de la cárcel y a todos los penitenciarios, pero la sensación que sentí ese día fue “pero yo quiero justicia por la muerte de mi papá”. Entiendo que para los compañeros que pueden estar en el juicio escuchar la sentencia es reparador, había clima de alegría. Pero yo le dije a mi marido “me quiero ir…” y uno de los compañeros de mi papá me dijo “¿estás contenta?” y yo… la verdad… Ellos sentían mucha alegría y está bien, pero yo siento que por la muerte de mi papá no se hizo justicia. Por eso retomé el juicio que estaba abandonado, la causa tiene muchos querellantes y yo estoy por mi papá. Para mí tiene que ver más con saber qué sucedió, quién mandó esa orden para que se lo lleven a mi papá al Regimiento 7 y qué es lo que pasó, ahí hay un camino y yo lo quiero seguir. Y yo esto lo hago sola, es mío, no quiero hacerlo con los demás, eso es lo que necesito.

*Hija de Horacio Luis Rappaport, asesinado en la Unidad 9 de La Plata el 28 de enero de 1977.

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